El manuscrito

Publicado por Víctor Manuel Martínez el 01.09.2010, en la categoría Del leer y del escribir
01:

Que Nabokov era un grande es algo que ya sabéis, o deberíais saber: lo dijimos hace bien poco. Lolita es su libro más famoso y duele que sólo se le recuerde por ella, siendo su obra completa una de las más interesantes y poderosas del siglo pasado. En Desesperación, escrita veinte años antes que Lolita, el protagonista habla la letra con la que ha manuscrito todas sus novelas. De paso, nos regala una frase absolutamente deliciosa en la que Nabokov reflexiona, él mismo, sobre la letra manuscrita misma.

Tengo, en cifras exactas, veinticinco clases de caligrafía, la mejor de las cuales (es decir, la que uso más a menudo) posee las características siguientes: es redonda y diminuta, con las curvas agradablemente rollizas, de manera que cada palabra parece un pastelillo de fantasía recién sacado del horno; también tengo una letra que es una cursiva rápida, afilada y maliciosa, el garabateo de un jorobado garboso, con sobreabundancia de abreviaturas; y una letra de suicida en la que cada letra es un dogal y cada coma un gatillo; y la que más valoro: grande, legible, firme y absolutamente impersonal; tal como escribiría la mano abstracta que sale del sobrehumano puño de camisa que solemos ver representado en los indicadores y en los libros de texto de física.

El secreto de Dolores

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 31.08.2010, en la categoría Literatura
31:

Una vez discutí durante horas sobre Lolita —o así de larga me parece aquella discusión en el recuerdo— con alguien que detestaba aquel libro. Ahora veo que mi defensa enardecida de la novela era justa y bienintencionada, pero que le faltaba brillantez. Y la brillantez la he encontrado en este maravilloso texto de Roberto Calasso, en el que nos explica a todos cómo es eso de que Lolita no va de un pederasta obsesionado con una retorcida niña de doce años:

«Nymphe significa “muchacha preparada para casarse” y “venero de agua”. Cada uno de estos significados es la vaina del otro. Acercarse a una Ninfa significa ser presa, quedar poseído de algo, sumergirse en un elemento blando y móvil que puede revelarse, con igual probabilidad, glorioso o funesto. (…) Nada es más terrible ni más precioso que el saber que proviene de las Ninfas. Pero ¿cuál es la naturaleza de sus aguas? Sólo se nos insinúa en el paganismo tardío, cuando Porfirio, en su Gruta de las Ninfas, cita un himno a Apolo en el que se habla de las noerôn hydáton, de las “aguas mentales” que las Ninfas presentaron en ofrenda a Apolo. Conquistadas, las Ninfas se ofrecen a sí mismas. Ninfa es la estremecida, oscilante, centelleante materia mental de la que están hechos los simulacros, los eídola [ídolos]. Es la materia misma de la literatura. Cada vez que se acerca la Ninfa, vibra aquella materia divina que se plasma en las epifanías y se instala en la mete, potencia que precede y sostiene a la palabra. Desde el momento en que aquella potencia se manifiesta, la forma la sigue y se adapta, se articula según aquel flujo.

»La última celebración grandiosa y resplandeciente de las ninfas se encuentra en Lolita, historia de un nimphóleptos, el profesor Humbert Humbert, “cazador encantado”, que entra en el reino de las Ninfas siguiendo un par de calcetines blancos y unas gafas en forma de corazón. Nabokov, que era un maestro en el arte de diseminar en sus libros secretos tan evidentes y visibles que nadie los veía, expone desde las primeras diez páginas de la novela los motivos de su desgarrado, suntuoso homenaje a las Ninfas (…).

»La verdad esotérica de Lolita prefirió expresarla Nabokov en una breve frase encerrada como una astilla de diamante en el devenir de la novela: “la ciencia de la ninfolepsia es muy precisa”. No dice, empero, que esa “ciencia muy precisa” era precisamente aquella que él siempre había practicado, más aún que la entomología: la literatura».

Enamorarse de Lo es enamorarse del simulacro, de lo que parece pero no es, de la imagen de un ídolo que no puede recomponerse, de algo cuyo sentido no puede agotarse porque no puede tomar una forma definitiva. Humbert persigue dormir a la ninfa, encerrarla en una cápsula que le permita adueñarse de ella, como el poeta persigue atrapar la palabra justa y cristalizarla en el poema.

Lolita es una larga y torturada carta de amor a la literatura.

La verdad no está aquí dentro

Publicado por Víctor Manuel Martínez el 09.08.2010, en la categoría Cosas que pasan, Literatura
09:

Qué manía de buscar la verdad en los libros, qué manía. Recuerdo que en la universidad me decían que en los libros estaba la verdad, que buscara la verdad en los libros y no en Internet o en otro sitio; que consultara los libros para documentarme y no Wikipedia o cualquiera de las otras miles de millones de webs que nos hablan de tantos miles y millones de cosas en Internet. La fijación de la gente por la verdad de los libros vendió millones de enciclopedias, pero en Dioptrías tenemos otra manía: nos gustan los libros que no contienen la verdad, sino la mentira, y creemos que son estos libros llenos de mentira y falsedad los que más merecen la pena; creemos que es un enorme error buscar la verdad en los libros, teniendo tantos que cuentan mentiras y cuya lectura es mucho más provechosa que la de aquellos que cuentan, insensatos, la verdad.

Son muchos los escritores que han jugado con la mentira con resultados realmente positivos. Dos ejemplos podrían ser Juan Rodolfo Wilcock y sus radicales biografías ficticias o Enrique Vila-Matas, auténtico maestro de la invención y la farsa (tanto, que hay muchas voces que no dudan en decir que Antoni Casas Ros, ese misterioso escritor catalán de educación y tradición tan francesas —esa misma tradición francesa que Vila-Matas, curiosamente, quería quitarse en su última novela, Dublinesca— que tras un accidente de tráfico que le privó de esposa y de rostro, ese escritor horriblemente deforme que se dedica a estar solo y a escribir; ese escritor que, dicen muchas voces, es Enrique Vila-Matas jugando al seudónimo, aunque él ya se haya declarado inocente), tan bien conocido, Enrique, por sus desconcertantes citas. Más reciente es el caso de Rara Avis, el libro de Ignacio Caballero y Blanca Gago que explora la mentira como mecanismo narrativo: por sus páginas desfilan momentos desconocidos de escritores bien conocidos, momentos hasta ahora invisibles y que la Fundación Rara Avis se encarga de sacar a la luz.

Así, buscando verdad nos encontramos con Jean-Baptiste Botul, filósofo nacido y muerto en Lairière en 1896 y 1947, respectivamente, y autor de un libro fascinante llamado La vida sexual de Immanuel Kant. En él, Botul incide en la vida sexual de Kant como pieza clave para comprender su filosofía. Botul, de inmisericorde tradición oral, no dejó legado literario y sólo cuando su compatriota Frédéric Pagès lo rescata del olvido dando un empujón a la publicación de sus conferencias transcritas comienza a ser conocido. Esta vida sexual es una serie de conferencias que Botul pronunció en Nueva Königsberg, pueblo de Paraguay fundado por ciudadanos emigrados de la Königsberg natal de Kant y que siguen religiosamente el legado del filósofo; una conferencia sobre algo tan sucio como la vida sexual de un filósofo tan limpio, tan metódico y rutinario como Kant no pudo ser tomada, claro está, bien en esta Nueva Königsberg paraguaya.

Aquí es cuando entra en juego Bernard-Henri Lévy. El pensador, «a laughing stock», como dicen de él en el Times, fue uno de los insensatos que buscó la verdad en un libro. Así llegó a Botul, a quien citó en uno de sus libros para cargar contra Kant. Qué sorpresa la de Frédéric Pagès, imaginamos, al ver que su criatura, Botul, era tomada tan en serio; porque Jean-Baptiste Botul no es sino un personaje creado por Pagès, una farsa muy bien elaborada y tan apasionante y literaria como los neokantianos de esa Königsberg paraguaya, igualmente inexistente. Conocemos en Dioptrías a más de un profesor de universidad que está convencido de que Botul existe, y que seguramente piensen en hacer una visita a Nueva Königsberg si van de vacaciones a Paraguay. Mala idea haber buscado la verdad en los libros, mala manía, en lugar de en Internet (donde, por cierto, se deja bien claro —¡en Wikipedia!—, que Botul es un personaje de ficción); mala manía esta fijación obsesiva por la verdad de los libros, cuando lo mejor de ellos es su infinita capacidad para la mentira. En Dioptrías, al igual que el infatigable Fox Mulder, esperamos que la verdad esté ahí fuera, bien lejos de nuestros libros.

Cuento de verano

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 25.07.2010, en la categoría Cosas que pasan
25:

«La última velada que pasé con Benjamin, en enero de 1938 en el puerto de San Remo, mi mujer y yo, convencidos ya entonces de la inminencia de la guerra y de la inevitable catástrofe francesa, aconsejamos una vez más a [Walter] Benjamin del modo más apremiante que intentara venir a América lo antes posible; todo lo demás ya se vería allí. Benjamin se negó y dijo literalmente “Hay posiciones que defender en Europa”.»1

Después de dos años de arrastrarse por media Europa defendiendo esas posiciones, escribiendo en cuartillas y en papeles arrugados, viviendo del dinero que Adorno le hacía llegar, Benjamin huía de la Gestapo hacia el sur, camino de España, con la esperanza de poder esquivar la decisión que había tomado en 1938 y abandonar un continente insoportablemente hostil hacia el pensamiento. Llegado al fronterizo pueblo español de Portbou, el grupo de judíos fugitivos con el que viajaba fue apresado por la policía franquista, con órdenes de ser entregados a los nazis que ocupaban el suelo francés. Benjamin, que se trataba con morfina desde hacía ya años, se sentó y escribió:

«En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse. Le ruego que transmita mis pensamientos a mi amigo Adorno y que le explique la situación a la cual me he visto abocado. No dispongo de bastante tiempo para escribir todas las cartas que hubiera deseado escribir.»

Su maleta, con los manuscritos de los últimos años, se había perdido en algún paso de montaña en los Pirineos. Pero Benjamin aún conservaba morfina suficiente como para matarse.

  1. Adorno, T. W.: Sobre Walter Benjamin, Cátedra, 2001. [volver arriba]

Para acabar de una vez por todas con el castellano

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 16.07.2010, en la categoría Cosas que pasan
16:

Siga las instrucciones que vienen a continuación para obtener resultados óptimos: encienda su televisor y apriete el botón que tiene la cifra 5 en su mando a distancia. A continuación, maravíllese con la desaparición sin rastro del subjuntivo, de las formas compuestas, de la sintaxis, de los imperativos correctamente formulados y de cualesquiera usos normales —léase: según la norma— del idioma.

De nada, querido lector. Y reciba nuestras más sinceras disculpas.

Borges y el fútbol

Publicado por Víctor Manuel Martínez el 14.07.2010, en la categoría Cosas que pasan
14:

Recordamos hoy una frase de Borges, ahora que la selección española ha ganado el Mundial, relacionada con el fútbol. No se le escapará a nadie que el escritor era un gran aficionado al ajedrez, del que dijo una vez que «nació, quizás, en la legendaria Atlántida, y muchas de sus piezas han ido cambiando de forma con el tiempo. Por ejemplo, el caballo era el caballero, y el alfil, que es una deformación de marfil, era un elefante». Termina Borges:

Es increíble cómo una cultura que se desarrollaba con juegos como el ajedrez, haya degenerado a juegos tan vulgares como el fútbol.

Cosas que pasan.

Caballo b1-c3

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 12.07.2010, en la categoría Del leer y del escribir
12:

Todo lo escrito responde a algunas preguntas. Son respuestas multívocas y casi nunca clausuradas; propuestas de respuestas, si se quiere, pero respuestas al fin y a la postre. Algunas de estas preguntas —las que nos interesan en Dioptrías— son cuestiones como “¿qué es leer?”, “¿cómo se cuenta una historia?”, “¿qué es escribir?” o “¿quién habla aquí?”. Pueden transformarse unas en otras con cierta facilidad porque en el fondo todas giran en torno a un eje invisible acerca del cual no se puede en rigor formular pregunta alguna y que dibuja la figura de algo así como el arte literario.

Ricardo Piglia plantea la cuestión en términos que remiten a la pregunta “¿qué es un lector?”. Responder a esa pregunta le permite analizar la poética de Jorge Luis Borges y la figura de los lectores en la historia de la literatura. Los lectores extremos constituyen un género estupendo de personajes para autores de todas las épocas, siendo insigne el caso de Alonso Quijano, pero también el de Emma Bovary o el torturado protagonista de En la Colonia Penitenciaria (al que no le queda más remedio que leer con la piel y el nervio). Pero lectores los hay de muchos pelajes, también en la vida real. Víctor nos hablo de ello hace bien poco, mencionando algunas manías y maneras de ser lector. Citó el decálogo del lector que Daniel Pennac se tomó la molestia de regalarnos en Como una Novela. De este decálogo, que es realmente interesante, quisiera rescatar principalmente dos máximas:

2. El derecho a saltarse las páginas.
8. El derecho a hojear.

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Póngame a los pies de su señora

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 09.07.2010, en la categoría Cosas que pasan
09:

Preguntada Nora Barnacle insistentemente por un periodista acerca de la personalidad y las peculiaridades de Samuel Beckett —de quien había sido casi-suegra, casi-madre adoptiva y anfitriona durante años—, la viuditísima de James Joyce tuvo a bien contestar:

«He estado casada con el mejor escritor de la historia. Comprenderá usted que no tenga memoria que dedicarle a los escritorzuelos.»

Así se las gastaba la señora Barnacle, quien durante mucho tiempo recibió escandalosas cartas de dos rombos de su marido. Cosa sabida como es que esas cartas fueron prácticamente lo único que Nora leyó de toda la obra de su difunto esposo, la lógica dice que la literatura canónica ganó un gigante a cosa de la salud del género erótico. La historia de la literatura tiene aún otras cosa que deberle —siquiera indirectamente— a Nora: desde luego, haber servido de modelo para la esposa de Leopold Bloom; pero también hay que decir que Los Muertos, seguramente el mejor relato de Joyce, está inspirado directamente en un episodio triste de su vida. Siendo ella joven, su novio de la época desafió a una gran nevada para acercarse a rondarla, contrajo una pulmonía y murió miserablemente para terrible remordimiento de Nora, que no le hizo mucho caso.

Años más tarde, ella y un histéricamente celoso James visitaron su tumba.

Leer a medias

Publicado por Víctor Manuel Martínez el 06.07.2010, en la categoría Del leer y del escribir
06:

El otro día, hablando un poco sobre todo con un amigo, estuve pensando un rato sobre el leer a medias: leer en diagonal (como en diagonal hablaba con mi amigo), hojear los libros con desidia cuando algún fragmento no nos atrapa, ir de libro en libro como quien va a solas de bar en bar buscando a alguien aunque ese alguien no acabe de aparecer nucna. Llegué a la conclusión, ese día, de que existían tres tipos de lectura no apasionada:

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He venido aquí a hablar de mi libro

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 04.07.2010, en la categoría Del leer y del escribir
04:

El triste, tristemente desaparecido David Foster Wallace escribía en su magnífico ensayo sobre televisión y ficción E Unibus Pluram: Television and U.S. Fiction1 que, siendo los escritores voyeurs por naturaleza, la televisión les sirve de concentrado observable acerca de cómo se ve a sí misma una cultura o una sociedad al completo. Los escritores, con sus manías y sus peculiaridades, rara vez forman parte de lo que cualquiera consideraría un “hogar medio”, así que si quieren asomarse a esa escurridiza y, por otro lado bastante abstracta, realidad pueden optar por encender su televisor y, aunque no tendrán acceso a la cosa misma, podrán hacerse una idea de qué cosas desea, teme, ambiciona y desprecia ese noúmeno antropológico que es el “hogar medio”. Se podría discutir acerca de la exactitud de las observaciones que caben extrapolarse de un medio como el televisivo, pero no queremos entrar a discutir este presupuesto metodológico de DFW, del mismo modo en que dejaremos para otro día la idea de si es cierto que los escritores son primariamente voyeurs o no. Hoy no nos interesa esto, sino más bien la idea contraria, fruto de una inversión de lugares entre observador y objeto observado: si es cierto que la televisión nos enseña el lugar común, la tópica sociocultural de lo mostrado, ¿cómo se nos presentan en la televisión los escritores?

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  1. Gracias sean dadas al Excmo. Sr. D. Carlos Cerdeña por la recomendación. [volver arriba]

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