Literatura fantasma

Publicado por el 30.12.2012, en la categoría Del leer y del escribir
30:

No, no hablamos de Javier Marías.

Veamos qué dice Julien Gracq:

«En todas y cada una de las revueltas del libro, otro libro, posible e incluso probable con frecuencia, va a parar a la nada. Un libro sensiblemente diferente no solo en esa parte superficial que es la intriga, sino en esa parte fundamental que es el registro, el timbre, la tonalidad. Y esos libros, que van desapareciendo sobre la marcha, arrojados por millones al limbo de la literatura —y por eso tendrían importancia para el crítico que tenga empeño en explicarse a la perfección—, esos libros, que nacieron de la escritura, cuentan hasta cierto punto, no han desaparecido por completo. Durante páginas, durante capítulos enteros, fue una alucinación suya la que tiró del escritor como por un camino de sirga, la que exacerbó la sed y le estimuló la energía; a su luz, a veces, se escribieron partes enteras de ese libro. El rastro sinuoso del viaje del autor por el desierto de las páginas blancas nada más puede explicarse si se tiene en cuenta no solo el escalonamiento de los pozos en que bebió, sino también los espejismos hacia los que caminó tantas veces»1.

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  1. Gracq, J.: Capitulares, Barcelona, Días Contados, 2012, p. 27. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. [volver arriba]

El fin de la infancia

Publicado por el 23.12.2012, en la categoría Literatura
23:

«Son demasiado importantes para ser mentiras. Ficciones, quizás, pero más auténticas que la verdad.»1

Hay algunas pocas cosas con las que enseguida acaba teniendo uno montado el tinglado entero de la cultura: como saben bien los antropólogos, basta con algunas reglas —qué se come y qué no, con quién puede uno acostarse y con quién no, qué se hace con los muertos, dónde empieza y dónde acaba la casa, quién habla y quién escucha, y dónde— y poco más para tener una cultura, ese dispositivo pensado para ponerle barreras al tiempo, para levantar un muro de contención ante la naturaleza. Y quizás uno de los elementos más significativos en todas las culturas es el universo de operaciones y ritos relacionados con el tránsito de ser un proyecto de hombre a ser un hombre hecho y derecho, sustanciados en el concepto mismo de la mayoría de edad. La mayoría de edad supone casi siempre pasar por un proceso de doloroso trauma físico, un trauma cuya existencia se conoce, teme y desea durante la infancia, y cuya atroz realización se sabe puerta de entrada compartida a la comunidad de los adultos. Tatuajes, circuncisiones, escarificaciones, cicatrices, cortes, quemaduras y otras mutilaciones varias han marcado a los hombres desde que el mundo es mundo, y no sin motivo: solo a través de la marca distintiva que la cultura impone sobre la piel —la marca ha de poder sostenerse en el campo de la apariencia inmediata: aunque la marca suponga siempre un cambio interno, debe comenzar siempre siendo un cambio externo—, el niño deja de ser propiedad de su familia para ser parte de la comunidad, deja de ser un objeto privado para ser un sujeto público.

Con estas consideraciones en mente, cabe preguntarse la naturaleza de los ritos de paso a la mayoría de edad en el mundo contemporáneo. En otro tiempo reciente, estos ritos de paso tenían que ver con algunas vivencias personales relacionadas con la clase socioeconómica: ir a la universidad, encontrar un trabajo, hacer el servicio militar… Pero ahora que la vida de instituto viene a prolongarse hasta bien entrada la treintena —y no olvidemos que los treinta y tres años son una edad crucial, que marca la entrada no ya en el mundo de los adultos, sino en el de la madurez—, ¿cómo alcanzar la mayoría de edad? ¿Cuál es el criterio de lo adulto, toda vez que hemos dejado atrás las marcas visibles de la comunidad, o cuando la comunidad a la que nos adscribimos al dejar de ser niños es tan tenue como para no poder dejarnos marca alguna?

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  1. Barth, J.: Chimera, Fawcett Crest, New York, 1972, pág. 61. La traducción es nuestra. [volver arriba]

Algo a lo que nunca me puedo resistir

Publicado por el 20.12.2012, en la categoría Cosas que pasan
20:

En el segundo episodio de The Mindy Project, la serie creada por Mindy Kaling (conocida por su papel de Kelly Kapoor en The Office; también dirigió y escribió algún capítulo ahí) y estrenada hace unos meses en Fox, la protagonista, Mindy, hace una divertida observación sobre las librerías actuales:

Mindy (en off): Like anyone who goes to the bookstore, I wasn’t there to buy books. I do that on the Internet at, like, 50% off and free shipping and no tax.

Mindy (en alto, mirando alrededor en busca de atención): Oh, my God! $28.95 for a book?

Mindy (en off): But luckily, this time, I made an exception, because if there’s one thing that I can never resist, it’s a good tote bag.

El futuro de los libros

Publicado por el 09.12.2012, en la categoría Cosas que pasan, Literatura
09:

Ah, como si esto fuese nuevo. Nosotros ya hablamos aquí una vez de este asunto, pero veamos apenas un ejemplito de alguien que se lo toma con más humor:

Se habla mucho acerca de “la muerte del lenguaje” y de la obsolescencia del libro”; ¿cuál es su opinión sobre el futuro de la literatura?
—No me importan demasiado los libros del mañana: lo único que agradecería es que en las ediciones futuras de mis obras, sobre todo en las de bolsillo, se corrigiesen algunas erratas.1

Pues eso, que igual no hay que preocuparse tanto. O sí.

  1. Vladimir Nabokov, entrevistado por Allene Talmey para el número de Navidad de Vogue en 1969. Podéis leerlo en Nabokov, V.: Strong Opinions, Penguin, Londres, 1973. [volver arriba]

Ah, el lector

Publicado por el 02.12.2012, en la categoría Del leer y del escribir, Literatura
02:

Hablábamos hace una semana de cuánto importan o dejan de importar los libros, de cuánto importa o deja de importar la lectura, y quizás nos valga para contrapear la vehemente opinión de Goytisolo un ejemplo sacado de otro escritor de fuste como es Stanisław Lem, aunque primero hay que ponernos en antecedentes: esta cita la tomamos de la preciosa edición española de su Vacío perfecto1, que es una joya metaliteraria, muy en el espíritu de Borges, compuesta de breves relatos bajo la forma de reseñas de libros que no existen. Uno de esos fantasmales libros reseñados lleva por título Do yourself a book, y en su reseña se nos cuenta la historia de cómo la editorial Universal se dedicó a publicar cajas que contenían clásicos de la literatura troceados de manera que cada lector pudiese alterar a su gusto el orden de la novela, los personajes que intervienen en las escenas o los lugares en los que estas suceden, convirtiendo la experiencia de la lectura constructiva en una especie de juego que lo mismo familiariza al jugador con las reglas compositivas de la literatura como le permite un camino de autoconocimiento no muy diferente del tarot («Dime qué hiciste con Caperucita Roja y te diré quién eres»).

Por supuesto, los críticos vieron como efecto inevitable de esta libertad —no muy diferente de la que no tarda en llenar con imágenes de penes una pared alejada de la vista o el interior de un retrete público—, la imparable aparición de todo tipo de versiones sexualmente alteradas de clásicos como Crimen y castigo o Anna Karenina, y no tardaron en poner el grito en el cielo, imaginando con qué impunidad serían vejadas las grandes instituciones literarias de nuestro tiempo. El público, imaginaron los críticos, se abalanzaría sobre este «sadismo nuevo, entendido como agresión a los valores constantes de la cultura». Sin embargo, nos dice el reseñista2 que los Do yourself a book apenas se vendían. ¿Por qué? ¿Cómo es que el público no se lanzó en masa a participar en este acto de degradación que facilitan los libros constructibles?

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  1. Lem, S.: Vacío perfecto, Madrid, Impedimenta, 2008. [volver arriba]
  2. No nos atrevemos a escribir “nos dice Lem”, porque acaso haya entre el reseñista y Lem más distancia de la que podamos asumir sin crítica en el caso de hacerles uno. Una pista de ello es que la reseña que abre el volumen es precisamente la de un libro llamado Vacío perfecto, obra de Stanisław Lem, y no es especialmente favorable. Maravillas de lo metaliterario. [volver arriba]

De la necesidad de la literatura

Publicado por el 25.11.2012, en la categoría Del leer y del escribir, Literatura
25:

Empecemos, de nuevo, con una cita —en este caso, quien habla es Luis Goytisolo (Diario de 360º, Siruela, 2010. Páginas 58-59)—:

«Si la creación literaria siempre ha sido cosa de pocos, la lectura de la obra literaria nunca ha sido cosa de muchos. El que la gente que realmente lee sea en la actualidad escasa comparada con la que se entrega a otras aficiones, no significa que su número sea proporcionalmente inferior al de otras épocas, cuando no existían ni la televisión ni el cine. El gran público siempre ha estado más familiarizado con otras artes (…). Pocos eran los lectores en épocas de las que hoy se tiene a suponer lo contrario, como el Renacimiento o el Siglo de las Luces. Y sin embargo esos pocos han sido suficientes no ya para salvar mil años de oscuridad, sino para transmitir el saber de los antiguos y generar, a su vez, nuevas formas de creación susceptibles de iluminar al ser humano acerca del significado de su propia existencia. Una tarea que brilla (…) tanto más cuanto el que lee lo hace también por el que no lee, que se beneficia, sin saberlo, de las lecturas del otro. El que se pregunta “¿de qué me sirve a mí esto?” para explicar su renuncia a conocer qué es la creación literaria, ignora que su vida no sería lo que es de no ser por las lecturas que otros han hecho».

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Pútrida Patria

Publicado por el 18.11.2012, en la categoría Del leer y del escribir, Literatura
18:

William Frazer
El título de esta entrada no hace referencia a las últimas reivindicaciones independentistas de Cataluña, no utilizo las iniciales para hablar subrepticiamente del PP ni, tampoco, como cualquier lector podría pensar en primera instancia, señalan a aquel libro de Sebald (que no he leído pero estoy seguro que es delicioso); mi intención es hablar de un tema que nos preocupa habitualmente por aquí: el juego de identidades, la máscara, la impostura… Quiero hablar, por decirlo claramente, de los escritores nómadas que renuncian a su lengua materna y se adentran en la incertidumbre de lo desconocido, de aquellos que realizan el sacrificio capital para un escritor y juntan letras en otro idioma.

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La memoria del lector

Publicado por el 11.11.2012, en la categoría Del leer y del escribir, Literatura
11:

Geoffrey Braithwaite odia a los críticos literarios, aunque se apresure a decirnos que no los odia por los motivos que se suponen habituales —motivos como el hecho de que sean los críticos, como suele decirse con inquina, creadores frustrados—. Los odia, dice, «porque escriben cosas como esta:

Flaubert no construye sus personajes, como sí hace Balzac, mediante una descripción objetiva, externa; de hecho, parece importarle tan poco su aspecto externo que en una ocasión le atribuye a Emma [Bovary] ojos marrones, en otra ojos negros y aún en otra ojos azules.

Esta acusación tan directa y descorazonadora la lanzó la difunta Enid Starkie, profesora emérita de literatura francesa en la universidad de Oxford, y su más prestigiosa biógrafa en lengua inglesa»1.

Siendo el propio Braithwaite profesor de literatura, y siendo su obsesión la figura majestuosa de Flaubert, cabe imaginar cierto grado de envidia profesional en su diatriba contra la profesora Starkie, pero enseguida se nos informa de cuál es su exacta naturaleza: para empezar, dice, esta acusación nos pone, de primeras, en contra del autor. ¿Cómo puede el maldito Flaubert ser tan descuidado? ¿Cómo puede haber escrito una obra maestra de la literatura sin ni siquiera tomarse la molestia de apañárselas para recordar el color de los ojos del personaje que da título a la novela?

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  1. Barnes, J.: Flaubert’s Parrot, Vintage, London, 2009, p. 74 (la traducción es nuestra, aunque hay edición española en Anagrama). [volver arriba]

Chasing Aby

Publicado por el 06.05.2012, en la categoría Cosas que pasan, Del leer y del escribir
06:

Aby Warburg, ese hombre. Un hombre que a los trece años le ofreció a su hermano menor cederle su derecho de primogenitura sobre la fortuna y el negocio familiares a cambio de que el pequeño le pagase de por vida las facturas de sus libros. No cuesta imaginar que, a los cuarenta y cinco años, tuviese una biblioteca personal de más de quince mil volúmenes. Imagine el lector organizar y desplazar una biblioteca así. Aby tenía su propio sistema, un sistema que valía en sí mismo más que la biblioteca: los ordenaba haciendo que su proximidad física fuese significativa. Así, un lazo invisible de sentido unía la biblioteca toda y de cada libro uno podía pasar al siguiente o al anterior en función de un nexo causal que decía tanto acerca de su contenido como del espíritu de Aby Warburg. En la biblioteca de Warburg el espacio no es homogéneo, sino peculiar: un punto del espacio no es igual a cualquier otro, sino esencialmente distinto, porque está habitado por un libro determinado y no por cualquier otro. Es un espacio de sentido.

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Sostiene Dioptrías

Publicado por el 25.03.2012, en la categoría Cosas que pasan, Literatura
25:

Que hoy Antonio Tabucchi se ha convertido en volátil. Recibe un abrazo, querido: gracias por ser mejor que todos nosotros.

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