Teclead, malditos
Preguntado acerca de la afirmación de Georges Simenon “la literatura no es una profesión, sino una vocación de infelicidad. No creo que un artista sea muy feliz”, Anthony Burgess respondió:
«Sí, Simenon tiene razón. Mi hijo de ocho años me dijo el otro día: “papá, ¿por qué no escribes para divertirte?”. El presentía que el proceso, tal y como yo lo practico, me lleva a la irritabilidad y la desesperación. [...] La ansiedad que conlleva este oficio es intolerable. La recompensa financiera no compensa el gasto de energía, el daño a la salud causado por los estimulantes y los narcóticos, el miedo de que el propio trabajo carezca de valor. Creo que si tuviera suficiente dinero, dejaría de escribir mañana mismo.»
El malditismo de los escritores sin duda que podría ser tema para extensas divagaciones, pero todo se resume en una cuestión brevísima: ¿tenemos que seguir compensando la noción generalizada (y falsa) de que el escritor es un ser que no trabaja y sólo tontea, con un sentimiento de culpa exacerbado?
Fracasar es duro y habitual, por supuesto, y rara vez las cosas salen como uno quisiera. Para aquellos que fracasamos con regularidad, esto es un hecho inescapable; pero quien diga que este trabajo no ofrece recompensas —comoquiera que efímeras y leves— es un hipócrita, o un cuentista.

