Cuento de verano

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 25.07.2010, en la categoría Cosas que pasan
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«La última velada que pasé con Benjamin, en enero de 1938 en el puerto de San Remo, mi mujer y yo, convencidos ya entonces de la inminencia de la guerra y de la inevitable catástrofe francesa, aconsejamos una vez más a [Walter] Benjamin del modo más apremiante que intentara venir a América lo antes posible; todo lo demás ya se vería allí. Benjamin se negó y dijo literalmente “Hay posiciones que defender en Europa”.»1

Después de dos años de arrastrarse por media Europa defendiendo esas posiciones, escribiendo en cuartillas y en papeles arrugados, viviendo del dinero que Adorno le hacía llegar, Benjamin huía de la Gestapo hacia el sur, camino de España, con la esperanza de poder esquivar la decisión que había tomado en 1938 y abandonar un continente insoportablemente hostil hacia el pensamiento. Llegado al fronterizo pueblo español de Portbou, el grupo de judíos fugitivos con el que viajaba fue apresado por la policía franquista, con órdenes de ser entregados a los nazis que ocupaban el suelo francés. Benjamin, que se trataba con morfina desde hacía ya años, se sentó y escribió:

«En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse. Le ruego que transmita mis pensamientos a mi amigo Adorno y que le explique la situación a la cual me he visto abocado. No dispongo de bastante tiempo para escribir todas las cartas que hubiera deseado escribir.»

Su maleta, con los manuscritos de los últimos años, se había perdido en algún paso de montaña en los Pirineos. Pero Benjamin aún conservaba morfina suficiente como para matarse.

  1. Adorno, T. W.: Sobre Walter Benjamin, Cátedra, 2001. [volver arriba]

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