12:

Hace ya algunos meses Roland Emmerich estrenó su última película, Anonymous, en la que exploraba la llamada teoría de la conspiración. En otras palabras, ¿y si William Shakespeare no escribió las obras que tradicionalmente se atribuyen a William Shakespeare? No tengo ningún problema con este punto de partida, una película de Hollywood no tiene la obligación de ser históricamente rigurosa: su único deber es ser divertida, alocada y altamente palomitera. Mi problema viene cuando Emmerich, como parte de la campaña de promoción, graba este vídeo en el que intenta hacer de su película algo que no es, y da diez argumentos para que los más incautos duden y acepten la propuesta de Anonymous como un misterio que tener en auténtica consideración. No. Mi argumento favorito es el tercero (no tengo intención de analizar el resto, pero si a los cuatro que nos seguís os apetece puedo escribir otra entrada): si William Shakespeare nació en una familia humilde, ¿por qué escribía sobre cortes y reyes?¿Cómo sabía tanto sobre las intrigas isabelinas y jacobinas?
Mi intención para la segunda parte de la entrada era dejar que otro contestase por mí. Pretendía pegar aquí un artículo de Simon Leys, pero debido a problemas logísticos (entre el libro y yo median ahora mismo unos 600 kilómetros) intentaré reproducir lo que recuerde de él. Olvidémonos por un momento de Shakespeare y pensemos en otro escritor: Patrick O’Brian. O’Brian escribió una serie de veinte novelas marítimas de gran éxito y que quizá conozcáis por la adaptación que Russel Crowe protagonizó hace unos años titulada Master & Commander. El autor inglés era reacio a dar entrevistas, arisco y poco dado a desvelar datos sobre su vida privada. Algunos años antes de su muerte, cuando ya era un venerable octogenario, O’Brian recibió una carta de uno de sus admiradores: era un magnate estadounidense que le invitaba a pasar un día con él en su yate. A pesar de su fama, y en contra de lo que el propio admirador esperaba, O’Brian aceptó la propuesta. La sorpresa fue total cuando, el autor de una aplaudida saga marítima de 20 entregas, demostró no tener en absoluto conocimientos náuticos. Cero. Ni siquiera era capaz de determinar en qué dirección soplaba el viento tras levantar su dedo humedecido. Más tarde se descubrió que Patrick O’Brian ni siquiera era su verdadero nombre: el autor había dejado atrás su familia y su identidad para dedicarse a escribir.
Ignoro si existe algún grupo de conspiranoicos que defienda la no autoría de Patrick O’Brian. En cualquier caso, dudar, ya sea de O’Brian o de Shakespeare, sólo demuestra una cosa: un pobre concepto de lo literario.
06:

Si me dijeran que todas las obras de Shakespeare deben fenecer excepto una que eligiera yo, primero intentaría matar al monstruo que me hiciera tal proposición; luego, de no conseguirlo, intentaría suicidarme; y si tampoco pudiera lograr esto, bien, después de todo, elegiría Medida por medida.
Giuseppe Tomassi di Lampedusa: Shakespeare (Nortesur, Barcelona, 2009).
24:

Si hace bien poco hablábamos por aquí del excéntrico Leopold Bloom, hoy vamos a hablar del anglocéntrico Harold Bloom. Bloom, crítico sagaz pero algo sesgado —profundo su resentimiento contra críticos marxistas, estructuralistas, de género y multiculturalistas—, acuñó el concepto de la “angustia de la influencia” allá por los primeros años setenta para desarrollar una teoría de la poesía. En un libro de longevo éxito y que conoció una segunda edición revisada en 1997 (que puede encontrarse en Trotta), Bloom da toda clase de ejemplos para explicar cómo las influencias literarias funcionan, cuando menos, en un doble sentido sobre los autores. Por un lado, los escritores asumen como propio el marco poético que heredan de la tradición y de ciertos autores, y lo hacen crecer con sus aportaciones; por otro lado, la influencia de los maestros genera cierto estrés literario, puesto que es difícil medir cuánto puede uno adherirse a ese marco, cuánto puede la propia obra recibir de ese legado sin llegar a considerarse como una mera copia. Así, los que Bloom llama los “poetas fuertes” son aquellos capaces de reinterpretar lo que la tradición les deja en herencia y de producir, sin embargo, una obra suficientemente consistente por sí misma como para ampliar el marco poético en el que se insertan. Así, la literatura es un campo de fuerzas de atracción y repulsión, de reinterpretaciones y malinterpretaciones de unos autores por otros, un terreno de disputa en el que tendremos líderes y meros seguidores.
De esta idea central a las dos líneas de fuerza de la crítica de Bloom hay sólo un paso. La primera de estas líneas viene recogida explícitamente en el título de la que seguramente es la obra más famosa de Bloom fura del ámbito estrictamente académico, El Canon Occidental. En él se afirma que hay una colección de autores centrales en la tradición, entre los que se juega el grueso del tesoro literario universal y esta colección viene encabezada por la terna de lujo (Dante, Cervantes y, por encima de todo el panteón literario, Shakespeare). Este punto de partida de la literatura moderna encaja con lo que Bloom llama “edad aristocrática” en una periodización de la historia de la literatura que va desde la teocracia de los textos fundacionales de occidente hasta el caos globalizado del siglo XX, pasando también por una edad democrática en la que hasta mujeres hay en el canon.
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03:

«Unamuno, que señaló los grandes errores de traducción de la Biblia, incurrió en otro al traducir las últimas palabras que pronunció Hamlet: “The rest is silence”. Rest es descanso y, con artículo, lo demás o lo restante. […] Unamuno en vez de traducir, como dijo Shakespeare: “Lo demás es silencio”, tradujo: “El descanso es silencio”, y sobre este error montó una de sus geniales elucubraciones: “el descanso es silencio, el silencio es muerte, la muerte es descanso, el descanso es muerte, la muerte es silencio…”»
Carlos Esplá Rizo, Mi vida hecha cenizas: diarios 1920-1965
