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Quizás en la misma línea en que su mentor Flaubert abogaba por una escritura más fría, Marcel Proust dijo en alguna ocasión que la materia para la literatura debe ser siempre la experiencia diferida (ya hablamos aquí acerca de esto, pero creemos que el tema bien merece una segunda navegación). El maestro de la memoria elevada a categoría artística subrayaba la necesidad de trabajar con el sedimento, con el compuesto macerado de lo vivido, pero decantado de lo viviente. Para Proust, la memoria es un mecanismo que selecciona lo relevante y aporta coloratura y saturación a la experiencia, cuya versión inmediata no es lo suficientemente refinada para ser origen de literatura.
De este modo, en la perspectiva de Proust, la literatura ha de ser siempre algo extemporáneo, algo siempre intempestivo. Es, también, de alguna manera un mecanismo de descubrimiento, un proceso por el cual la memoria despoja del velo del mundo la esencia del mundo mismo. Se trata de una labor de desocultación arqueológica de lo real, en la que la memoria, en vez de ser la marea confusa en la que lo vivido se escurre lentamente hacia el olvido, es el pincel que desentierra aquello y solo aquello que realmente merece ser recordado.
Por supuesto —hecha la ley, hecha la trampa—, ese proceso está lejos de ser algo acabado. Siempre queda una finísima, imperceptible ganga de accesoriedad apegada al recuerdo, siempre existe la posibilidad de llegar más profundo, de levantarle a Saïs un ulterior velo. Ese es el trabajo de la literatura.
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Hace bien poco hablábamos aquí del lector medio y sus cosas y, comentando esta entrada, llegamos a un a pregunta que nos pareció muy interesante: ¿quién demonios es el protagonista en un libro y, más exactamente, en una novela? ¿Es el argumento, el lector, el personaje principal, el estilo, el autor? Así, nos propusimos poner en claro entre los tres dióptricos cuáles eran nuestras ideas al respecto y, de paso, trasladar la pregunta a aquellos (pocos, pero buenos y muy queridos) que nos leéis. A continuación tenéis nuestras tres respuestas, siempre provisionales, y en los comentarios esperamos leer las vuestras.
— Víctor Manuel Martínez:
No sabía ya por dónde empezar a escribir sobre quién es verdaderamente el protagonista de un libro cuando una persona muy cercana a mí, y que cuenta con una inteligencia práctica diez mil veces superior a la mía, me habló de una tienda cercana al lugar donde estábamos en ese momento; le pregunté si vendían libros y me dijo que vendían libros de fotografía, de los que a ella le gustan, aunque —se lo pensó mejor durante unos instantes— también vendían libros de palabras, de los que me gustan a mí. Libros de palabras: tan sencilla era la respuesta que estaba buscando.
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12:

Hay que escribir más fríamente. Desconfiemos de esa vena llamada inspiración y que comprende más emoción nerviosa que fuerza muscular. Ahora, por ejemplo, me siento muy inspirado, mi frente arde, las frases acuden [...], el trabajo me absorbe cada vez más. En lugar de una idea, tengo seis, y donde haría falta una exposición sencilla, me surge una comparación. Con toda seguridad podría aguantar sin fatiga hasta mañana al mediodía. Pero conozco estos bailes de disfraces de la imaginación, de ellos se regresa sofocado, agotado, no habiendo visto más que falsedades y escrito tonterías. Todo hay que hacerlo en frío, lentamente.
Esto le dice Flaubert a Louis Colet en febrero de 1853. Son jornadas de trabajo agotador en su Madame Bovary, cuya redacción le ha ocupado ya durante más de diecisiete meses y —Flaubert aún no lo sabe, pero comienza a intuirlo— se alargará hasta 1856. En ocasiones, Flaubert pasa semanas sólo corrigiendo y puliendo el estilo: obsesionado con las repeticiones, cada cambio que desplaza el texto le obliga a revisar todo lo anterior, a la búsqueda de resonancias que le afeen el resultado total. Los diálogos le resultan particularmente duros, con todos esos obligados “dijo”, “respondió”, “comentó” salpicando la página. Cansado, quema muchas veces muchas páginas que creía definitivas, se desespera, la epilepsia ataca, la migraña acecha. «El estilo lo es todo», dice en otra carta, y también «la poesía es tan precisa como la geometría»: el buen estilo refleja la claridad de la imagen mental, «el estilo es la manera absoluta de ver las cosas».
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12:

Todo lo escrito responde a algunas preguntas. Son respuestas multívocas y casi nunca clausuradas; propuestas de respuestas, si se quiere, pero respuestas al fin y a la postre. Algunas de estas preguntas —las que nos interesan en Dioptrías— son cuestiones como “¿qué es leer?”, “¿cómo se cuenta una historia?”, “¿qué es escribir?” o “¿quién habla aquí?”. Pueden transformarse unas en otras con cierta facilidad porque en el fondo todas giran en torno a un eje invisible acerca del cual no se puede en rigor formular pregunta alguna y que dibuja la figura de algo así como el arte literario.
Ricardo Piglia plantea la cuestión en términos que remiten a la pregunta “¿qué es un lector?”. Responder a esa pregunta le permite analizar la poética de Jorge Luis Borges y la figura de los lectores en la historia de la literatura. Los lectores extremos constituyen un género estupendo de personajes para autores de todas las épocas, siendo insigne el caso de Alonso Quijano, pero también el de Emma Bovary o el torturado protagonista de En la Colonia Penitenciaria (al que no le queda más remedio que leer con la piel y el nervio). Pero lectores los hay de muchos pelajes, también en la vida real. Víctor nos hablo de ello hace bien poco, mencionando algunas manías y maneras de ser lector. Citó el decálogo del lector que Daniel Pennac se tomó la molestia de regalarnos en Como una Novela. De este decálogo, que es realmente interesante, quisiera rescatar principalmente dos máximas:
2. El derecho a saltarse las páginas.
8. El derecho a hojear.
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