12:

Hay que escribir más fríamente. Desconfiemos de esa vena llamada inspiración y que comprende más emoción nerviosa que fuerza muscular. Ahora, por ejemplo, me siento muy inspirado, mi frente arde, las frases acuden [...], el trabajo me absorbe cada vez más. En lugar de una idea, tengo seis, y donde haría falta una exposición sencilla, me surge una comparación. Con toda seguridad podría aguantar sin fatiga hasta mañana al mediodía. Pero conozco estos bailes de disfraces de la imaginación, de ellos se regresa sofocado, agotado, no habiendo visto más que falsedades y escrito tonterías. Todo hay que hacerlo en frío, lentamente.
Esto le dice Flaubert a Louis Colet en febrero de 1853. Son jornadas de trabajo agotador en su Madame Bovary, cuya redacción le ha ocupado ya durante más de diecisiete meses y —Flaubert aún no lo sabe, pero comienza a intuirlo— se alargará hasta 1856. En ocasiones, Flaubert pasa semanas sólo corrigiendo y puliendo el estilo: obsesionado con las repeticiones, cada cambio que desplaza el texto le obliga a revisar todo lo anterior, a la búsqueda de resonancias que le afeen el resultado total. Los diálogos le resultan particularmente duros, con todos esos obligados “dijo”, “respondió”, “comentó” salpicando la página. Cansado, quema muchas veces muchas páginas que creía definitivas, se desespera, la epilepsia ataca, la migraña acecha. «El estilo lo es todo», dice en otra carta, y también «la poesía es tan precisa como la geometría»: el buen estilo refleja la claridad de la imagen mental, «el estilo es la manera absoluta de ver las cosas».
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09:

Preguntada Nora Barnacle insistentemente por un periodista acerca de la personalidad y las peculiaridades de Samuel Beckett —de quien había sido casi-suegra, casi-madre adoptiva y anfitriona durante años—, la viuditísima de James Joyce tuvo a bien contestar:
«He estado casada con el mejor escritor de la historia. Comprenderá usted que no tenga memoria que dedicarle a los escritorzuelos.»
Así se las gastaba la señora Barnacle, quien durante mucho tiempo recibió escandalosas cartas de dos rombos de su marido. Cosa sabida como es que esas cartas fueron prácticamente lo único que Nora leyó de toda la obra de su difunto esposo, la lógica dice que la literatura canónica ganó un gigante a cosa de la salud del género erótico. La historia de la literatura tiene aún otras cosa que deberle —siquiera indirectamente— a Nora: desde luego, haber servido de modelo para la esposa de Leopold Bloom; pero también hay que decir que Los Muertos, seguramente el mejor relato de Joyce, está inspirado directamente en un episodio triste de su vida. Siendo ella joven, su novio de la época desafió a una gran nevada para acercarse a rondarla, contrajo una pulmonía y murió miserablemente para terrible remordimiento de Nora, que no le hizo mucho caso.
Años más tarde, ella y un histéricamente celoso James visitaron su tumba.
16:

— Miguel Ángel Serna:
Casi dos años estuvimos yendo y viniendo juntos por todo Madrid, Leopold Bloom y yo. Él llevaba una patata en el bolsillo, en mi bolsillo yo le llevaba a él y Joyce nos llevaba a todos en el suyo. En aquel entonces yo admiraba más —era joven, señor juez— a Stephen Dedalus. Le había conocido un libro antes y su estoica renuncia a todo en favor de su propio estilo me parecía irreprochable y ejemplar, así que estaba más interesado en saber qué había sido de sus proyectos personales y literarios que en este tipejo aburrido que no hacía nada más que deambular por Dublín sin hacer nada, despertando las risas y las burlas de algunos, rehuyendo y tropezándose con el amante de su mujer, con el recuerdo de su hija y pensando nada más que en chorradas y en hacer de vientre.
Y, sin embargo, ahora ya no recuerdo nada de Dedalus, o nada que no tenga que ver con Bloom. Porque Bloom se va convirtiendo poco a poco en un punto hiperdenso que lo atrae todo hacia sí. De la misma manera en que Joyce usa la narración magnética para atraer los campos semánticos de sus palabras hacia ciertos focos, Bloom mismo es un polo magnético para todo el libro, todo lo toca, todo lo filtra y todo lo anima, incluso cuando no está presente. Sus estupideces se convierten en nuestras estupideces, sus nimiedades en las nuestras, sus temores en los propios, sus vergüenzas nos sonrojan también a todos los que nos vemos atraídos hacia su paseo interminable por el Dublín que pervivía en la memoria del Joyce exiliado.
Hoy 16 de junio —la misma fecha en que sucede toda la acción de la novela—, no es Stephen Dedalus el escritor el que tiene un día para conmemorar sus hazañas, ni tampoco es el escritor Joyce el recordado, sino Leopold Bloom: el pusilánime, agotado y perdido don nadie. El Bloomsday es un maravilloso día para visitar Dublín y recorrer sus calles y tabernas, para resucitar la comitiva fúnebre de Paddy Dignam, para hablar de Joyce, para seguir asombrándonos ante el Ulises y su inacabable profundidad y para vocear canciones sobre whisky, mujeres pelirrojas y días de lluvia; pero también un día perfecto para sentirnos don nadies pusilánimes, agotados y perdidos que, aún y así, son dignos de ser recordados.
Feliz en tu día, Leopold Bloom, y en el nuestro: el año que viene intentaremos ir a verte.
— Víctor Manuel Martínez:
El Ulises debería estar más en boca de todos que nunca, gracias a Enrique Vila-Matas y su Dublinesca, esa novela en la que un editor retirado logra engañar a unos cuantos amigos para ir a Dublín y asistir al Bloomsday, y de paso dar el salto inglés que tanta falta le hace, afrancesado él. Lo cierto es que el Ulises, la inmortal novela de James Joyce, ha estado desde el día de su publicación en boca de todos dentro de los innegables y tristes límites a los que está sometida la literatura en la sociedad. Desde Borges, que opinaba que era «un fracaso» porque «en el caso de un personaje, en un libro de Stevenson, por ejemplo, un hombre puede que sólo esté presente en una página, pero se siente que lo conoces o que hay más de él por conocer, pero en el caso de Ulises te cuentan miles de circunstancias sobre los personajes», «como si Joyce hubiera pasado por ellos con un microscopio o una lupa», hasta Marilyn Monroe, tan metida en el libro que aprovechaba hasta las pausas más breves en las sesiones de fotos para leer unos párrafos, Ulises ha sobrevolado el mundo de la literatura desde hace 90 años a todos los niveles: desde los escritores, que ven en él una cima, hasta los lectores, que no pueden evitar temer su lectura, todos tienen al Ulises en mente. Y si bien leer la novela de Joyce no es sencillo, ni rápido, ni un camino de rosas, es una experiencia que merece la pena; como un enigma, como un puzzle especialmente complicado, como una prueba de resistencia: todo eso es. Hay quien denosta el libro sólo porque no consiguen leerlo; lo hayas leído o no, nunca está de más saber que el 16 de junio en Dublín hay un rincón para todos los que quieran celebrar, entre alcohol y lluvia, que no somos nadie, y que por eso tenemos todo que ganar.
— Carlos Cerdeña:
Confieso que siento cierta predilección por las novelas breves, esos libritos maravillosos de unas doscientas páginas que te alegran una tarde. Sin embargo, soy consciente de que estas son poco más que ejercicios de estilo, distracciones, altos (muy necesarios, por otro lado) en el nada sencillo camino de la literatura que te permiten coger aire antes de arremeter contra una obra de titánicas proporciones. El Ulises de Joyce probablemente sea la más titánica de todas. Su necesidad es incuestionable y su mérito absoluto, tal como defendía Bolaño: «Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.»
Feliz Bloomsday.