14:

Recordamos hoy una frase de Borges, ahora que la selección española ha ganado el Mundial, relacionada con el fútbol. No se le escapará a nadie que el escritor era un gran aficionado al ajedrez, del que dijo una vez que «nació, quizás, en la legendaria Atlántida, y muchas de sus piezas han ido cambiando de forma con el tiempo. Por ejemplo, el caballo era el caballero, y el alfil, que es una deformación de marfil, era un elefante». Termina Borges:
Es increíble cómo una cultura que se desarrollaba con juegos como el ajedrez, haya degenerado a juegos tan vulgares como el fútbol.
Cosas que pasan.
09:

1) «El asunto de las medias marcha bien. Tuve que largarlo a un químico haragán que tenía y hacerlo trabajar a otro inglés, con quien iré a medias.» Roberto Arlt intentó toda durante toda su vida hacerse rico con los inventos. En Los siete locos, Erdosain, el protagonista, fantasea con crear «puntillas de oro, visillos de plata, gasas de cobre, y hasta esbozó un proyecto de corbata metálica»; muy parecido a lo que el propio Arlt hizo con sus medias de goma, invento que movió por medio mundo sin demasiado éxito. «Te darás cuenta que sacándole el brillo a la goma (…) el asunto es perfecto. Tendrán que usar mis medias en invierno. No hay disyuntivas», decía él mismo en una carta a su hija; «parecen botas de bombero», opinó en cierta ocasión un amigo suyo. Murió en 1942, de un ataque al corazón; sus medias no tuvieron éxito.
2) Marcel Schwob vio su salud deteriorarse rápidamente a principios del siglo XX, y en 1901 viajó a Samoa en busca de una cura siguiendo los pasos de Stevenson, héroe y amigo. Al contrario de lo que ocurre en la literatura, Schwob no encontró ninguna cura y volvió a París peor de lo que estaba; llevaba diez años gravemente enfermo, prematuramente envejecido y angustiosamente desesperado. En 1905 murió, después de haber pasado sus últimos años encerrado; la pulmonía lo mató mientras su mujer, Marguerite Moreno, actriz y musa, estaba de gira. Paul Léautaud encontró su cuerpo. «Lo que se suele decir es cierto», dijo después, «parecía dormido.»
3) «Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche.» Los diez últimos años de su vida, Jorge Luis Borges se dedicó a recorrer el mundo con su asistenta (y posterior esposa) María Kodama. Borges vio mundo cuando ya su noche era completa, cuando no podía ver más que sombras de colores o cuando no podía ver nada; en 1986 fijó su residencia en Ginebra, se casó con María Kodama y, finalmente, murió, a mediados de junio. Vivía por aquel entonces en un apartamento de la ciudad vieja, uno de los pocos que tenían por aquel entonces ascensor, por lo cual Borges «se había mostrado muy ilusionado».
X) Borges, que veía en el estilo descuidado de Arlt «una especie de fuerza. De fuerza desagradable, desde luego, pero de fuerza», bebió de Schwob mucho; tanto, que su Historia universal de la infamia podría ser considerado una relectura, remake o revisión de las Vidas imaginarias de Schwob. Nosotros bebemos tanto de Borges, de Arlt y, en menor medida, de Schwob, somos tan dependientes, que nuestras obras tienen el peligro constante de pasar a la historia universal de lo infame. Correremos el riesgo.
28:
«Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.
Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
—Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.»