21:

Excluiremos apenas las dos o tres ocurrencias del adjetivo “francés” en este delicioso texto de Julien Gracq sobre la pertinaz motivación de los autores consagrados —sea lo que fuere que quiera decir tal etiqueta—:
…porque al escritor le parece que él existe no tanto porque lo lean cuanto porque «hablen de él». Tiene que hostigar continuamente a la prensa, siempre dispuesta a amodorrarse (y no tanto a la crítica como a los ecos de sociedad, que son su suprema recompensa); hay que mantener las lenguas en vilo. Un ansioso, un jadeante «¡Aquí estoy! Que estoy aquí, que aquí sigo» es a veces lo más patético que expresan, para una mirada mínimamente avispada, las páginas de algún que otro novelista famoso, a las que, de repente, nos sentimos en disposición de desearles que la tierra les sea leve: no es nada grave, por lo demás, o, al menos, no es forzosamente, que no tenga ya nada que decirnos; pero es que es su libro anual, es que de lo que se trata es de echar las campanas al vuelo, de impedir que su presencia prescriba.
Que cada cual elija el ejemplo que más rabia le dé. Nosotros no podemos evitar pensar —actualidad obliga— en Luci y otros chicos del montón.
08:

En Los meteoros, de Michel Tournier, Jean habla con Sophie sobre La vuelta al mundo en ochenta días de Verne.
Phileas Fogg no había viajado nunca. Es el prototipo del sedentario, hogareño y hasta maniático. Sin embargo, conoce toda la Tierra, pero de una forma especial: por anuarios, horarios y almanaques del mundo entero que se sabe de memoria. Un conocimiento a priori. De él deduce que se podía dar una vuelta al mundo en ochenta días. Phileas Fogg no es un hombre, es un reloj viviente. Su religión es la exactitud. A la inversa, su criado Passepartout es un nómada inveterado que ha practicado todas las profesiones, incluso la de acróbata. A la flema glacial de Phileas Fogg se oponen constantemente las mímicas y las exclamaciones de Passepartout. La apuesta de Phileas Fogg va a verse comprometida por dos razones: las meteduras de pata de Passepartout y los caprichos de la lluvia y el buen tiempo. En realidad, los dos obstáculos solo son uno: Passepartout es el hombre de la meteorología y, como tal, se opone a su amo, que es el hombre de la cronología. Esta cronología excluye tanto el adelanto como el retraso, y el viaje de Phileas Fogg no debe confundirse con una carrera alrededor del mundo. Es lo que muestra el episodio de la viuda hindú, salvada de la hoguera donde hubiera debido compartir la suerte del cuerpo de su esposo. Phileas Fogg se sirve de ella para compensar un adelanto intempestivo sobre el horario previsto. ¡No se trata de dar la vuelta al mundo en setenta y nueve días!
(…) En realidad, el viaje de Phileas Fogg es una tentativa de dominio de la cronología sobre la meteorología. El horario debe ser respetado contra viento y marea. Phileas Fogg solo da su vuelta al mundo para demostrar que está por encima de Passepartout.
06:

Si me dijeran que todas las obras de Shakespeare deben fenecer excepto una que eligiera yo, primero intentaría matar al monstruo que me hiciera tal proposición; luego, de no conseguirlo, intentaría suicidarme; y si tampoco pudiera lograr esto, bien, después de todo, elegiría Medida por medida.
Giuseppe Tomassi di Lampedusa: Shakespeare (Nortesur, Barcelona, 2009).