Póngame a los pies de su señora
Preguntada Nora Barnacle insistentemente por un periodista acerca de la personalidad y las peculiaridades de Samuel Beckett —de quien había sido casi-suegra, casi-madre adoptiva y anfitriona durante años—, la viuditísima de James Joyce tuvo a bien contestar:
«He estado casada con el mejor escritor de la historia. Comprenderá usted que no tenga memoria que dedicarle a los escritorzuelos.»
Así se las gastaba la señora Barnacle, quien durante mucho tiempo recibió escandalosas cartas de dos rombos de su marido. Cosa sabida como es que esas cartas fueron prácticamente lo único que Nora leyó de toda la obra de su difunto esposo, la lógica dice que la literatura canónica ganó un gigante a cosa de la salud del género erótico. La historia de la literatura tiene aún otras cosa que deberle —siquiera indirectamente— a Nora: desde luego, haber servido de modelo para la esposa de Leopold Bloom; pero también hay que decir que Los Muertos, seguramente el mejor relato de Joyce, está inspirado directamente en un episodio triste de su vida. Siendo ella joven, su novio de la época desafió a una gran nevada para acercarse a rondarla, contrajo una pulmonía y murió miserablemente para terrible remordimiento de Nora, que no le hizo mucho caso.
Años más tarde, ella y un histéricamente celoso James visitaron su tumba.

