Mecanismos internos

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 09.01.2011, en la categoría Del leer y del escribir
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Las ruedas dentadas que hacen funcionar el texto son las mismas que pueden triturar al lector.

Así llamó Coetzee a su libro de ensayos sobre otros escritores, y no sin motivo. Hace poco hablamos sobre quién es el protagonista de un libro y, de entre las posibles respuestas, nos encontramos con que una podría ser, quizás algo egotísticamente, el autor. Creo que esta respuesta ha tendido a alinearse con una suerte de legitimación intelectual por dos motivos: el primero, ese fetichismo del autor del que también nos hemos ocupado por aquí en alguna ocasión; el segundo, no enteramente disociado del anterior, porque el tipo de lectura y de lector que implica esta respuesta lo asimila en cierto modo al escritor. El ejercicio de lectura y análisis que hace este lector es el que suelen hacer los escritores cuando leen, un ejercicio que más que interés por el solo contenido es un interés por la forma o por cómo esta conforma el contenido mismo, en el bien entendido de que en el estilo de un escritor realmente bueno una y otro son indisociables. El lector que juega este juego quiere saber cómo está construido esto que está leyendo, quiere aprender a jugar y quiere, de alguna manera, explicitar las reglas de ese juego.

Todos sabemos que la explicitación es el asesinato de la seducción, el primer paso para que la magia se convierta en mero juego de manos, el reventarse el erotismo en favor de la pornografía. Pero también, y al mismo tiempo, sabemos que el erotismo se sostiene sobre una sacralización, sobre una mistificación, sobre la puesta en un altar cuyo desvelamiento es sacrílego, como la de la imagen velada de Saïs. Este lector que quiere mirar bajo la falda del texto, que no se conforma con la insinuación erótica, sino que quiere la explicitación pornográfica en cierta manera se alza en contra de esa fetichización del autor de la que hemos hablado al comienzo. El autor, entonces, ya no es un mago, sino un artificiero, ya no es un sacerdote, sino un hábil mentiroso —entiéndase que la diferencia entre ambos es de perspectiva, no de hecho—. Si este lector no reverencia al autor es porque, de alguna manera, se quiere a sí mismo como tal. Este elitismo es muy del gusto de los lectores que aspiran a la autoría, es una vanidad que nos permitimos todos los que aspiramos a ser escritores alguna vez.

No sé quién dijo que los novelistas leemos las novelas de los otros solo para averiguar cómo están escritas. Creo que es cierto. No nos conformamos con los secretos expuestos en el frente de la página, sino que la volteamos al revés, para descifrar las costuras. De algún modo imposible de explicar desarmamos el libro en sus piezas esenciales y lo volvemos a armar cuando ya conocemos los secretos de su relojería personal.

Gabriel García Márquez.

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