He venido aquí a hablar de mi libro

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 04.07.2010, en la categoría Del leer y del escribir
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El triste, tristemente desaparecido David Foster Wallace escribía en su magnífico ensayo sobre televisión y ficción E Unibus Pluram: Television and U.S. Fiction1 que, siendo los escritores voyeurs por naturaleza, la televisión les sirve de concentrado observable acerca de cómo se ve a sí misma una cultura o una sociedad al completo. Los escritores, con sus manías y sus peculiaridades, rara vez forman parte de lo que cualquiera consideraría un “hogar medio”, así que si quieren asomarse a esa escurridiza y, por otro lado bastante abstracta, realidad pueden optar por encender su televisor y, aunque no tendrán acceso a la cosa misma, podrán hacerse una idea de qué cosas desea, teme, ambiciona y desprecia ese noúmeno antropológico que es el “hogar medio”. Se podría discutir acerca de la exactitud de las observaciones que caben extrapolarse de un medio como el televisivo, pero no queremos entrar a discutir este presupuesto metodológico de DFW, del mismo modo en que dejaremos para otro día la idea de si es cierto que los escritores son primariamente voyeurs o no. Hoy no nos interesa esto, sino más bien la idea contraria, fruto de una inversión de lugares entre observador y objeto observado: si es cierto que la televisión nos enseña el lugar común, la tópica sociocultural de lo mostrado, ¿cómo se nos presentan en la televisión los escritores?

De manera inmediata, se nos presentan en dos niveles distintos: por un lado el de lejanas presencias y figuras nebulosas en un mundo real que nos es inaccesible (programas culturales, entrevistas, reportajes sobre la Feria del Libro y laudatorias esquelas y panegíricos tardíos2 ), por otro el de la intimidad cercana y la cotidianidad desvergonzada de la ficción televisiva (principalmente como personajes en series o en telefilmes). Encarnados en su primera forma, son como ectoplasmas de sabiduría que ejercen esa extraña profesión que es la de “intelectual”, habitualmente en segmentos breves insertos en esos programas culturales de los que hablábamos antes y que, por otra parte, cada vez escasean más (o quizás nunca existieron realmente). Como el valor de su obra literaria es difícilmente discernible en un medio como el televisivo, nada propicio para las sutilezas, la sintaxis y la exposición calmada —y menos aún para la lectura—, suelen verse reducidos al equivalente de una nube de etiquetas, como si su discurso estuviese comprimido y concentrado. Incluso si se trata de prestar atención a su obra, se hará siempre de manera fragmentaria y en un sobrevuelo fugaz, habitualmente centrado en destacar pinceladas de argumentos novelescos o, si el escritor es cosa así como un poeta, algún verso suelto. Incluso en la feliz circunstancia de saberse en un entorno cómodo y dispuesto a la tertulia, los escritores rara vez se nos presentan como “gente”: en esos programas, las conversaciones tienden a la endogamia, la adulación y la simplificación por motivos comprensibles y evidentes como son la falta de tiempo, el deseo de ser invitado de nuevo, las obligaciones de la publicidad editorial. Por supuesto, es conditio sine qua non para esta exposición pública el ser ya un autor reconocido: nadie malgastará el precioso tiempo en antena con un mindundi o una medianía desconocida. De esta manera, el escritor irrumpe en nuestro televisor por ser célebre y su celebridad engorda con su aparición televisiva.

En cualquier caso, la figura del escritor real en la televisión es secundaria. La realidad tiende a ser aburrida y falta de glamour. La ficción, en cambio, le pone rápido remedio a estas torpes limitaciones de la realidad. Además, tiene la ventaja de no permitir que lo que vemos acerca del escritor dependa de su voluntad de ser visto. Seguramente Hank Moody (Californication) o Creighton Bernette (Treme) hubiesen preferido ocultarnos bastantes de las cosas que hemos terminado sabiendo acerca de ellos, y ciertamente habrían cuidado muy mucho sus formas de haber sido entrevistados en algún programa de La 2. Pero gracias a la ficción podemos asomarnos a sus nimiedades y sus penurias, y también a sus alegrías, que alguna hay; con sutiles diferencias, eso sí. Para Moody —reconozcamos esto por más que amemos al personaje con locura— la escritura es completamente secundaria. Excusado como está de este deber suyo de escritor por su loable empeño en mantener relaciones con toda mujer que se le ponga por delante, Moody es para nosotros un escritor porque se nos dice que así es, pero no porque realmente lo veamos. Sabemos que ha publicado un libro de gran éxito, sabemos que vuelve a escribir durante la serie y que su novela es secuestrada, sabemos que tiene encargos para escribir y que los cumple o incumple según la ocasión, sabemos que llega a ejercer como profesor de escritura en una universidad (destino felizmente posible para los escritores estadounidenses, pero inalcanzable en estas latitudes nuestras). Pero la escritura como tal, no aparece en su vida, o no se nos muestra. Bernette —del que diremos poco para no revelar demasiado a quien no haya visto aún esa joya televisiva que es Treme— comparte ciertos rasgos con Moody: también escribió una novela de éxito (aunque mucho más moderado) y acabó por dar clases en una universidad. Sin embargo, sí asistimos al trabajo de Bernette como escritor. Un trabajo frustrante y lleno de obligaciones editoriales, temporales y llevado por la oportunidad. Un trabajo poco glamouroso y poco agradecido, un trabajo que le pasa factura familiar, laboral y personal.

Amamos a Moody como personaje, pero lo ignoramos todo acerca de cómo pueda ser como escritor. En el caso de Bernette, los guionistas de la serie son suficientemente atrevidos como para dejarnos ver por qué se le considera un buien escritor que puede volver. Esta decisión requiere una gran valentía: con frecuencia se nos pide como espectadores o como lectores que asumamos que un personaje es excepcionalmente bueno en lo que hace. Esta exigencia es, sin embargo una trampa para el escritor o el guionista: este personaje será mucho más interesante así, pero requiere un autor detrás suyo que sea capaz de hacerle simular esas capacidades. Si el personaje es un deportista o un broker de éxito la cosa es fácil, pero ¿qué pasa si se trata de hacerle ser un escritor excepcionalmente bueno? Si el autor quiere que el público sepa (y no solamente crea) que el personaje es un escritor fabuloso, está obligado a escribir él mismo algo realmente fabuloso que lo pruebe. Y esto es ya harina de otro costal: una de las mayores dificultades para alguien que quiera escribir algo sobre un escritor es la de conseguir distanciarse como autor del escritor que es su personaje, ser capaz de dotarle de una voz narrativa o poética propia. Hacer esto requiere ser uno mismo un autor excepcionalmente bueno.

En último término tenemos a los escritores en ciernes que pueblan la televisión: jóvenes excepcionalmente talentosos que serán las futuras figuras del mundo literario de la ficción. Por poner sólo un ejemplo, citaremos a Dan Humphrey (Gossip Girl), un chico de diecisiete años que nos es presentado como capaz de escribir relatos dignos de aparecer en la revista New Yorker. Aun queriendo otorgarle el beneficio de la duda de que tal cosa fuese posible, nos vemos obligados por los guionistas de la serie a asistir a ciertos procesos de aprendizaje y de maduración en los que enseguida nos damos cuenta de que ese personaje es absolutamente incapaz de producir nada interesante. La ilusión de que Humphrey pueda ser escritor se mantiene porque es un elemento central para el personaje pero secundario en la nube de tramas del serial. de cualquier otra manera, sería insostenible.

Pero reparemos durante sólo un instante en lo siguiente: Moody, Bernette y Humphrey no son el destilado de la tópica cultural, no son la imagen que de los escritores tiene el “hogar medio”, sino la imagen que unos escritores (los guionistas) proyectan sobre su propio oficio. Nada hay de interesante en un escritor en tanto que tal: hemos visto en ellos tres (pero también en muchos otros: Jonathan Ames en Bored to Death, Richard Castle en Castle…) que lo interesante de estos personajes es, o bien ajeno a su condición de escritores, o no lo suficientemente atractivo como para mostrarlos en pantalla durante mucho tiempo.

Otro día hablaremos de escritores que aparecen en obras literarias, pero de momento, nuestra primera impresión es que quizás los escritores en la ficción y en la realidad no son tan diferentes, después de todo.

  1. Gracias sean dadas al Excmo. Sr. D. Carlos Cerdeña por la recomendación. [volver arriba]
  2. Salvo en casos de pura vergüenza, como el que hemos podido ver hace poco con José Saramago, y del que habló nuestro también Excmo. Sr. D. Victor Manuel Martínez García en su Mondonuclear. [volver arriba]

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