De balística
El quince de septiembre de mil novecientos doce anota Kafka en su diario:
El hueco que la obra genial ha dejado al quemar lo que nos rodea es un buen lugar para encender la pequeña luz propia. De ahí la incitación que parte de lo genial, la general incitación que no solo nos induce a imitar
y establece así la correcta cronología que convierte la influencia en creatividad. Del deseo de imitar a la conciencia de la distancia entre el modelo y la copia, de la asunción de los límites propios —porque hay quien, como Perec, necesita límites externos, pero la mayoría vamos sobrados con los límites propios— al trabajo que permite intentar superarlos y que constituye el auténtico mérito del escritor: tratar de incorporar las influencias sin dejarse aplastar por ellas, tratar de llegar tan alto como los grandes siendo pequeño, siendo muy pequeño. De nuevo, funciona la metáfora de la que habla Vila-Matas por la que el escritor, como el artillero, debe apuntar alto porque sabe que la física le hará siempre quedarse corto.
Pero cuidado: si uno apunta demasiado alto, el obús puede caerle a los pies.


“Lo que se hace nunca es tan bueno como podría ser. Siempre hay que soñar y apuntar más alto de lo que uno puede apuntar.” De Faulkner.