15:

Así se titula la conferencia que Morris Zapp pronuncia casi al comienzo de El mundo es un pañuelo, la desternillante novela de David Lodge. La novela, que sigue las andanzas de un grupo de críticos literarios que coinciden en simposios, ciclos de conferencias y seminarios sobre literatura por universidades de medio mundo, está repleta de fecundas propuestas acerca de qué es leer, qué es escribir y qué hacen autores y escritores cuando, de esa manera casi mística que caracteriza su encuentro, se topan unos con otros en las páginas del libro. Por ejemplo, en el siguiente fragmento:
«Leer es, desde luego, diferente de conversar. Es más pasivo en el sentido de que no podemos interactuar con el texto, no podemos afectar al desarrollo del texto mediante nuestras propias palabras, toda vez que las palabras del texto ya vienen dadas. Tal vez sea esto lo que estimula la búsqueda de interpretación. Si las palabras quedan fijadas de una vez por todas, ¿no es posible fijar también su significado? Pues no, porque el mismo axioma —cada descodificación es otra codificación— se aplica a la crítica literaria de un modo todavía más drástico que al discurso hablado corriente, el ciclo interminable de codificación-descodificación-codificación puede concluir con una acción, como ocurre por ejemplo cuando digo: “La puerta está abierta” y alguien dice “¿Quiere indicar que le agradaría que que yo la cerrase?”, y yo digo: “Si no le importa” y ese alguien cierra la puerta, en cuyo caso podemos dar por sentado que, a un cierto nivel, mi significado ha sido comprendido.
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21:

Hoy, veintiuno de marzo, día mundial de la poesía y los poemas, la plana mayor de Dioptrías ha decidido hacerle a la poesía el mejor regalo de que es capaz: hoy no vamos a torturarla escribiendo ni un solo verso, que la pobre no tiene la culpa.
Otrosí —amantes de la poesía como somos—, quisiéramos hacer notar lo significativo de que haya que dedicarle un día de marzo para luego poder obviarla por todo lo alto el resto del año. Se dirá que somos unos plañideros, y quizás se diga con razón.
07:

Cómo nos gusta cuando los escritores se ponen a parir los unos a los otros; este reducto de bronca barriobajera entre representantes de la cultura (sea lo que sea que tal cosa pueda querer decir) es cosa que nos alboroza, que nos alegra el día y llena de gozo morboso nuestro interés, habitualmente puro, por ese nebuloso constructo que se ha dado en llamar la república de las letras, que jamás ha estado más exenta de rincones oscuros y navajadas traperas que la república de andar por casa. Reyertas de este tipo las ha habido a miles (dentro de no mucho dedicaremos en Dioptrías una serie de posts a nuestras preferidas) pero hoy hemos querido centrarnos en la última y más reciente, que ha tenido como protagonistas a Javier Cercas y Arcadi Espada.
Aunque está claro que estos dos se la tienen jurada desde hace ya tiempo (especialmente por el lado de Espada, que es de poco aguantarse los berrinches), y que esta trifulca tiene mucho de vendetta personal y mala leche extraliteraria, es también verdad que la excusa para batirse el cobre ha tenido un pretexto y un subtexto que a la redacción de Dioptrías le ha parecido interesante: la discusión acerca del papel de la ficción en el marco del periodismo. ¿Hasta qué punto un periódico puede contener ficción? Esta es la pregunta que nos hemos planteado y para la que intentaremos ofrecer algunas respuestas con algo más de seso y algo menos de sangre de la que se estila en los dos periódicos mayores del reino, que vaya tela marinera hay que cortar a este respecto.
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27:

La literatura, que es el arte casado con el pensamiento y la realización sin la mancha de la realidad, se me antoja el fin hacia el que debería tender todo esfuerzo humano, y no una superfluidad del animal. Creo que decir una cosa significa conservarle la virtud y despojarla del terror. Los campos son más verdes en el decirlos que en su verdor. Las flores, si se describen con frases que las definan en el aire de la imaginación, tendrán colores de una permanencia que la vida celular no permite.
Moverse es vivir, decirse es sobrevivir. No hay nada real en la vida que no lo sea porque fue bien descrito. Los criticastros suelen señalar que tal poema, ampliamente rimado, no quiere al fin decir sino que hace un buen día. Pero decir que hace un buen día es difícil, y hasta un buen día, al final, acaba por pasar. Tenemos por eso que conservar el buen día en una memoria florida y duradera, y así constelar de nuevas flores o de nuevos astros los campos y los cielos de la exterioridad vacía y pasajera.
Todo es lo que somos, y todo será, para quienes nos sigan en la diversidad del tiempo, conforme nosotros intensamente lo hayamos imaginado, esto es, lo hayamos, con la imaginación metida en el cuerpo, verdaderamente sido. No creo que la historia sea otra cosa, en su inmenso panorama deslucido, que una sucesión de interpretaciones, un consenso confuso de testimonios descuidados. El novelista es todos nosotros, y narramos cuando vemos, porque ver es, como todo, complejo.
Tengo en este momento tantos pensamientos fundamentales, tantas cosas verdaderamente metafísicas que decir, que me canso de pronto, y decido no seguir escribiendo, no seguir pensando, sino dejar que la fiebre de decir me dé sueño, y yo haga carantoñas con los ojos cerrados, como un gato, a todo cuanto podría haber dicho.
Fernando Pessoa en Libro del desasosiego
23:

clasificación alfabética
clasificación por continentes o países
clasificación por colores
clasificación por encuadernación
clasificación por fecha de adquisición
clasificación por fecha de publicación
clasificación por formato
clasificación por géneros
clasificación por grandes períodos literarios
clasificación por idiomas
clasificación por orden de lectura
clasificación por serie
Ninguna de estas clasificaciones es satisfactoria en sí misma. En la práctica, toda biblioteca se ordena a partir de una combinación de estos modos de clasificación: su equilibrio, su resistencia al cambio, su caída en desuso, su permanencia, dan a toda biblioteca una personalidad única.
Georges Perec, Pensar clasificar
Observe el lector su colección, vea su conciencia materializada en la estantería y saque conclusiones.
23:

Hubo un tiempo en el que Barack Obama no tenía que preocuparse por el control de los republicanos de la Cámara de Representantes ni por las filtraciones de Wikileaks. Era un tiempo en el que podía dedicarse a la literatura. Ese tiempo, que ahora parece tan lejano, era el pasado verano. Mister President fue uno de los primeros en leer la que terminaría siendo una de las novelas del año (si no LA novela del año): Freedom, de Jonathan Franzen. Yo, movido por un consumismo impulsivo, compré la novela para dejarla en un cajón hasta ayer. Idéntico destino había corrido otro libro de Franzen que compré ese día titulado How to be alone hasta que un tweet de este señor me hizo prestarle atención.
El libro es una recopilación de ensayos aparecidos en revistas como The New Yorker o Harper’s Magazine y trata temas que van desde el Alzheimer hasta las nuevas tecnologías. Me gustaría fijarme en un artículo en concreto llamado Why bother? (The Harper’s Essay). En él Franzen se pregunta qué es un lector y por qué lee, investiga el impacto de la televisión en el consumo de literatura y deja clara su postura acerca de la revista Time (no demasiado positiva, ya os lo digo). Pero por encima de todo creo que es interesante su idea sobre la Gran Novela Americana, considerando que éste es el hombre al que la revista Time (¡oh, la ironía!) ha dedicado una portada con el rótulo Great American Novelist.
Puntualizaré que el artículo es de 1996, lo que significa que es anterior Las correcciones (2001) y por supuesto a Freedom (2010). El tratamiento del tema en el libro es más extenso, pero este extracto debe ilustrar el parecer de Franzen sobre la vigencia de la novela social. La traducción es mía:
Es posible que la experiencia americana se haya vuelto tan extensa y difractada que una sola “novela social”, á la Dickens o Stendhal, no puede aspirar a reflejarla; quizá ahora se requieran diez novelas con diez perspectivas culturales diferentes. [...] Esperar que una novela resista el peso de toda nuestra trastornada sociedad -que nos ayude a resolver nuestros problemas contemporáneos- me parece un error particularmente americano. Escribir frases de tal autenticidad que se pueda tomar refugio en ellas: ¿no es suficiente?¿No es ya mucho?
12:

Hay que escribir más fríamente. Desconfiemos de esa vena llamada inspiración y que comprende más emoción nerviosa que fuerza muscular. Ahora, por ejemplo, me siento muy inspirado, mi frente arde, las frases acuden [...], el trabajo me absorbe cada vez más. En lugar de una idea, tengo seis, y donde haría falta una exposición sencilla, me surge una comparación. Con toda seguridad podría aguantar sin fatiga hasta mañana al mediodía. Pero conozco estos bailes de disfraces de la imaginación, de ellos se regresa sofocado, agotado, no habiendo visto más que falsedades y escrito tonterías. Todo hay que hacerlo en frío, lentamente.
Esto le dice Flaubert a Louis Colet en febrero de 1853. Son jornadas de trabajo agotador en su Madame Bovary, cuya redacción le ha ocupado ya durante más de diecisiete meses y —Flaubert aún no lo sabe, pero comienza a intuirlo— se alargará hasta 1856. En ocasiones, Flaubert pasa semanas sólo corrigiendo y puliendo el estilo: obsesionado con las repeticiones, cada cambio que desplaza el texto le obliga a revisar todo lo anterior, a la búsqueda de resonancias que le afeen el resultado total. Los diálogos le resultan particularmente duros, con todos esos obligados “dijo”, “respondió”, “comentó” salpicando la página. Cansado, quema muchas veces muchas páginas que creía definitivas, se desespera, la epilepsia ataca, la migraña acecha. «El estilo lo es todo», dice en otra carta, y también «la poesía es tan precisa como la geometría»: el buen estilo refleja la claridad de la imagen mental, «el estilo es la manera absoluta de ver las cosas».
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28:

David Simon, el creador de The Wire, en una entrevista con la BBC, articuló el secreto del éxito artístico y literario de la serie condensándolo en una breve máxima que lo dice todo sobre la posición del escritor con respecto a su obra y su público: «fuck the average viewer», es decir, que se joda el espectador medio. Las versiones sobre esta máxima varían, pues hay quien dice que Simon se refirió a los casual viewers y no al espectador medio como tal. Sea cual fuere la formulación concreta, y aunque yo personalmente me inclino a darle más verosimilitud a la segunda, el espíritu que la anima está bastante claro y no requiere de mayores explicaciones. El caso es que hace un par de días pude escuchar esta frase citada por una ponente en el estupendo simposio sobre narratología de la UCM , dedicado a la nueva ficción televisiva. Esta ponente, guionista de televisión ella también y a sueldo de Globomedia, a la sazón la mayor productora de ficción del país, dijo a renglón seguido: “eso está muy bien, pero nosotros no podemos permitírnoslo. Nosotros tenemos la obligación de apelar al rango de espectadores más amplio posible”.
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12:

Pensamos en Panero, en Hölderlin, en Walser, en Strindberg, en Artaud, cuando leemos a Canetti decir en uno de sus Apuntes:
«Todo escritor que ha adquirido cierta notoriedad y la defiende sabe muy bien que, por eso mismo, deja de ser escritor, pues ha pasado a administrar posiciones como cualquier burgués. Sin embargo, sabe de algunos que eran hasta tal punto escritores que, precisamente por eso, no llegaron a alcanzar esa notoriedad. Terminaron extinguidos y asfixiados, y tuvieron que elegir entre vivir siendo una carga para todos, como mendigos, o bien en el manicomio. Al escritor de éxito, consciente de que ellos eran más puros que él, le resulta difícil aguantarlos largo tiempo cerca, pero sí está dispuesto a venerarlos en el manicomio. Ellos son las heridas que se han escapado de su cuerpo, y como tales siguen vegetando. Es edificante contemplar y conocer esas heridas, siempre que uno deje de sentirlas en su propia carne.»
¿Pero, en quién pensamos como sujeto de la primera oración? Canetti fue un premio Nobel que escribía como se supone que un ganador del premio Nobel debe escribir.
No diremos más.
27:

Cuando el periodista de Le Monde Christian Delacampagne le propuso a Michel Foucault realizar una entrevista para su suplemento dominical, Foucault aceptó con una condición: la entrevista tendría que publicarse de manera anónima. No podría haber pista alguna que lo señalase como el entrevistado y el secreto habría de guardarse hasta que fuese posible. Foucault ayudó a Delacampagne a redactar las preguntas y se encargó él mismo de escribir y reescribir las respuestas. Era abril de 1980.
La entrevista comienza:
«— Permítame preguntarle, en primer lugar, por qué ha elegido usted el anonimato.
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