La breve y divina crítica literaria (III)

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 21.01.2012, en la categoría Del leer y del escribir, Literatura
21:

Excluiremos apenas las dos o tres ocurrencias del adjetivo “francés” en este delicioso texto de Julien Gracq1 sobre la pertinaz motivación de los autores consagrados —sea lo que fuere que quiera decir tal etiqueta—:

…porque al escritor le parece que él existe no tanto porque lo lean cuanto porque «hablen de él». Tiene que hostigar continuamente a la prensa, siempre dispuesta a amodorrarse (y no tanto a la crítica como a los ecos de sociedad, que son su suprema recompensa); hay que mantener las lenguas en vilo. Un ansioso, un jadeante «¡Aquí estoy! Que estoy aquí, que aquí sigo» es a veces lo más patético que expresan, para una mirada mínimamente avispada, las páginas de algún que otro novelista famoso, a las que, de repente, nos sentimos en disposición de desearles que la tierra les sea leve: no es nada grave, por lo demás, o, al menos, no es forzosamente, que no tenga ya nada que decirnos; pero es que es su libro anual, es que de lo que se trata es de echar las campanas al vuelo, de impedir que su presencia prescriba.

Que cada cual elija el ejemplo que más rabia le dé. Nosotros no podemos evitar pensar —actualidad obliga— en Luci y otros chicos del montón.

  1. Gracq, J.: La literatura como bluff, Barcelona, Nortesur, 2009, p. 33. [volver arriba]

Un pobre concepto de lo literario

Publicado por Carlos Cerdeña el 12.01.2012, en la categoría Cine, Literatura
12:


Hace ya algunos meses Roland Emmerich estrenó su última película, Anonymous, en la que exploraba la llamada teoría de la conspiración. En otras palabras, ¿y si William Shakespeare no escribió las obras que tradicionalmente se atribuyen a William Shakespeare? No tengo ningún problema con este punto de partida, una película de Hollywood no tiene la obligación de ser históricamente rigurosa: su único deber es ser divertida, alocada y altamente palomitera. Mi problema viene cuando Emmerich, como parte de la campaña de promoción, graba este vídeo en el que intenta hacer de su película algo que no es, y da diez argumentos para que los más incautos duden y acepten la propuesta de Anonymous como un misterio que tener en auténtica consideración. No. Mi argumento favorito es el tercero (no tengo intención de analizar el resto, pero si a los cuatro que nos seguís os apetece puedo escribir otra entrada): si William Shakespeare nació en una familia humilde, ¿por qué escribía sobre cortes y reyes?¿Cómo sabía tanto sobre las intrigas isabelinas y jacobinas?

Mi intención para la segunda parte de la entrada era dejar que otro contestase por mí. Pretendía pegar aquí un artículo de Simon Leys, pero debido a problemas logísticos (entre el libro y yo median ahora mismo unos 600 kilómetros) intentaré reproducir lo que recuerde de él. Olvidémonos por un momento de Shakespeare y pensemos en otro escritor: Patrick O’Brian. O’Brian escribió una serie de veinte novelas marítimas de gran éxito y que quizá conozcáis por la adaptación que Russel Crowe protagonizó hace unos años titulada Master & Commander. El autor inglés era reacio a dar entrevistas, arisco y poco dado a desvelar datos sobre su vida privada. Algunos años antes de su muerte, cuando ya era un venerable octogenario, O’Brian recibió una carta de uno de sus admiradores: era un magnate estadounidense que le invitaba a pasar un día con él en su yate. A pesar de su fama, y en contra de lo que el propio admirador esperaba, O’Brian aceptó la propuesta. La sorpresa fue total cuando, el autor de una aplaudida saga marítima de 20 entregas, demostró no tener en absoluto conocimientos náuticos. Cero. Ni siquiera era capaz de determinar en qué dirección soplaba el viento tras levantar su dedo humedecido. Más tarde se descubrió que Patrick O’Brian ni siquiera era su verdadero nombre: el autor había dejado atrás su familia y su identidad para dedicarse a escribir.

Ignoro si existe algún grupo de conspiranoicos que defienda la no autoría de Patrick O’Brian. En cualquier caso, dudar, ya sea de O’Brian o de Shakespeare, sólo demuestra una cosa: un pobre concepto de lo literario.

La breve y divina crítica literaria (II)

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 08.12.2011, en la categoría Literatura
08:

En Los meteoros, de Michel Tournier, Jean habla con Sophie sobre La vuelta al mundo en ochenta días de Verne.

Phileas Fogg no había viajado nunca. Es el prototipo del sedentario, hogareño y hasta maniático. Sin embargo, conoce toda la Tierra, pero de una forma especial: por anuarios, horarios y almanaques del mundo entero que se sabe de memoria. Un conocimiento a priori. De él deduce que se podía dar una vuelta al mundo en ochenta días. Phileas Fogg no es un hombre, es un reloj viviente. Su religión es la exactitud. A la inversa, su criado Passepartout es un nómada inveterado que ha practicado todas las profesiones, incluso la de acróbata. A la flema glacial de Phileas Fogg se oponen constantemente las mímicas y las exclamaciones de Passepartout. La apuesta de Phileas Fogg va a verse comprometida por dos razones: las meteduras de pata de Passepartout y los caprichos de la lluvia y el buen tiempo. En realidad, los dos obstáculos solo son uno: Passepartout es el hombre de la meteorología y, como tal, se opone a su amo, que es el hombre de la cronología. Esta cronología excluye tanto el adelanto como el retraso, y el viaje de Phileas Fogg no debe confundirse con una carrera alrededor del mundo. Es lo que muestra el episodio de la viuda hindú, salvada de la hoguera donde hubiera debido compartir la suerte del cuerpo de su esposo. Phileas Fogg se sirve de ella para compensar un adelanto intempestivo sobre el horario previsto. ¡No se trata de dar la vuelta al mundo en setenta y nueve días!

(…) En realidad, el viaje de Phileas Fogg es una tentativa de dominio de la cronología sobre la meteorología. El horario debe ser respetado contra viento y marea. Phileas Fogg solo da su vuelta al mundo para demostrar que está por encima de Passepartout.

Algo parecido al amor

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 09.10.2011, en la categoría Del leer y del escribir, Literatura
09:

Con eso decía David Foster Wallace que, llegada al último termino, tenía que ver la labor del escritor. Concedido que es una metáfora algo trillada y un poco cursi, pero valga para decir que, si es cierto que esto del leer y el escribir tiene algo que ver, en última instancia, con el poder ser amado —y, también, por tanto, con el poder ser odiado—, entonces quizás, como dejamos caer en nuestra más reciente entrada, la crítica literaria, la buena crítica literaria, también tenga que ver con el encontrar la manera de hacer este amor comunicable a los demás.

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La breve y divina crítica literaria (I)

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 06.10.2011, en la categoría Literatura
06:

Si me dijeran que todas las obras de Shakespeare deben fenecer excepto una que eligiera yo, primero intentaría matar al monstruo que me hiciera tal proposición; luego, de no conseguirlo, intentaría suicidarme; y si tampoco pudiera lograr esto, bien, después de todo, elegiría Medida por medida.

Giuseppe Tomassi di Lampedusa: Shakespeare (Nortesur, Barcelona, 2009).

Literatura y Tenis

Publicado por Carlos Cerdeña el 20.08.2011, en la categoría Literatura
20:

La ilustración es cojonuda, eso no me lo podéis negar
Ay, qué abandonados os tenemos. El verano está afectando al ya de por sí escaso ritmo de publicaciones de este blog, pero volveremos a ponernos en marcha poco a poco. Esta entrada va a ser cortita para que no os canséis, ya que su finalidad última (además de ver la ilustración preciosa de arriba) es que pinchéis en el link que voy a recomendar al final. Touré1 escribió para el NYT hace unas semanas un artículo sobre un tema que los habituales de Dioptrías habéis comprobado que nos apasiona: la relación entre literatura y tenis. El texto plantea un hipotético campeonato llamado ‘Intertemporal Tennis Writers Classic’ en el que se enfrentan los literatos que mejor han escrito sobre el deporte. En la semifinal están Nabokov, Amis, John McPhee y David Foster Wallace. Merece la pena echarle un ojo.

  1. Al que desde aquí declaro mi amor absoluto al ver el nombre de su próximo libro: Who’s Afraid of Post-Blackness?: What It Means To Be Black Now [volver arriba]

Rebajas literarias

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 17.07.2011, en la categoría Cosas que pasan, Del leer y del escribir, Literatura
17:

No somos en Dioptrías muy de comentar la actualidad literaria, pero hace muy poco llegó a nuestros oídos que Umberto Eco planea reescribir El Nombre de la Rosa para hacerla más accesible a las nuevas tecnologías y más fácil de leer para los nuevos lectores. Este asunto no nos ha dejado indiferentes y nos ha hecho plantearnos ciertas preguntas que, en realidad, son las que traemos siempre a cuestas por aquí.

Esto de que Eco nos salga ahora con una especie de versión light de El Nombre de la Rosa ha sido doblemente inesperado. En primer lugar, y se trata aquí de una cuestión externa a la propia novela, porque si algo hacía especial a El Nombre de la Rosa era su capacidad de llegar a un inmenso número de lectores (ha vendido más de quince millones de ejemplares), aun a pesar de ser una obra compleja, densa y extraña. La capacidad de Eco para combinar sus conocimientos de filosofía, semiótica, literatura y lógica logró montar un libro excelente en casi todos sus aspectos y, por encima de la práctica totalidad de la crítica, una enorme parte del público fue también capaz de apreciarlo. Muchos lectores no siguieron en profundidad las inacabables discusiones de los monjes acerca de las tradicionales disputas escolásticas —algo que requiere cierta formación o muchas ganas—, muchos lectores obviaron ciertos pasajes íntegramente redactados en latín, muchos lectores tuvieron que bregar con el léxico deliberadamente obtuso del texto, y muchos disfrutaron haciéndolo, en gran medida porque ese es uno de los grandes placeres de leer: uno lee para aprender, y también para aprender a leer.

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One on One

Publicado por Carlos Cerdeña el 22.06.2011, en la categoría Cosas que pasan, Literatura
22:

Federer
En dioptrías somos gente ecléctica y bien educada y, entre lectura y lectura, encontramos tiempo para el deporte1. Nuestras debilidades literarias ya las conocéis y de las deportivas destacan especialmente el boxeo y el tenis; esta fiebre repentina puede deberse a sendos videojuegos, como puede ser responsable la literatura de muchísimos quilates que han generado ambos deportes. También se puede argumentar la estética detrás de cada movimiento de un titán de dos metros con el torso desnudo o de un golpeo de raqueta preciso. Pero creo que hay razones más profundas.

Julio Cortázar, gran aficionado al boxeo2, afirmaba en una entrevista poco antes de su muerte que prefería los enfrentamientos individuales a los colectivos, ya que en los deportes de equipo «la responsabilidad individual se diluye, todo se diluye; alguien pudo haber jugado muy bien o muy mal pero nunca tiene la plena responsabilidad del triunfo o de la derrota.» En los combates entre dos personas (ya se desarrollen en un ring, un tablero o una pista rectangular) no cabe esconderse, no cabe la cobardía. Tan absoluto es el éxito como el fracaso. El deportista está eminentemente solo, a menudo a lo largo de varias horas, lo que justifica ese cliché del que tanto abusan los medios: la mentalidad es tan importante como el físico. Son, como dice el escritor argentino, «dos destinos que se juegan el uno contra el otro.»

Ya hemos hablado por aquí alguna vez de la soledad en la literatura, por lo que no creo que sea necesario extenderme para percibir como evidente este nexo de unión entre la literatura y los deportes individuales. En esa maravilla de dimensiones inenarrables que es Infinite Jest se habla de tenis, de adicciones, de soledad y de lo que resta de humano en la sociedad de la información. En alguna página (soy incapaz de encontrar el fragmento) David Foster Wallace habla del tenis profesional y de los errores no forzados. En los partidos de juveniles, dice DFW, puedes construir tu mecánica de juego en base a los errores no forzados del rival, basta con devolverles la pelota y, en algún momento, se pondrán nerviosos y fallarán. No ocurre así entre profesionales. Los que se dedican al tenis no cometen errores no forzados, o los cometen en cantidades tan ridículas que es imposible depender de ellos para ganar. En otras palabras, no puedes confiar en que el contrario deje de enviarte la pelota de vuelta, eres tú el que está solo en la pista. Un mano a mano con tu rival que en realidad es un tratado sobre la soledad. En este texto de DFW no aparece el tenis ni los deportes por ninguna parte, pero me gusta pensar que está ahí, agazapado tras alguna coma:

Fiction is one of the few experiences where loneliness can be both confronted and relieved. Drugs, movies where stuff blows up, loud parties — all these chase away loneliness by making me forget my name’s Dave and I live in a one-by-one box of bone no other party can penetrate or know. Fiction, poetry, music, really deep serious sex, and, in various ways, religion — these are the places (for me) where loneliness is countenanced, stared down, transfigured, treated.

  1. Más para verlo que para practicarlo, pero bueno. [volver arriba]
  2. Esta definición merece ser impresa tamaño póster y leída cien veces al día: «Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout. [...] No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario.» [volver arriba]

La necesidad

Publicado por Carlos Cerdeña el 22.05.2011, en la categoría Literatura
22:

Homeless

La línea que separa la buena literatura de los bestseller es delgada, borrosa y a menudo difícil de precisar. Bien sabido es que a lo largo de las épocas los gustos literarios y las apreciaciones de los lectores varían y lo que en un tiempo fue contemplado como entretenimiento para las masas, pienso para el cerebro de la más baja estofa, llega a convertirse en un clásico absoluto. Baste recordar la acogida inicial que tuvo el Quijote. No hace falta volver la mirada tan atrás, ya que en los últimos años hemos comprobado cómo un libro de innegable valor literario, como 2666, se convertía en la sensación de la temporada entre los lectores estadounidenses; el caso opuesto lo podría ejemplificar Umberto Eco, cuyas novelas están destinadas al estrellato y sin embargo no están carentes de un cierto calado literario.

Así pues cabe preguntarse ¿dónde está la frontera? ¿Qué determina que una obra caiga de un lado u otro? ¿Qué elementos diferencian la “buena literatura” del simple entretenimiento? No creo que exista una respuesta sencilla y tampoco que sea única1, podríamos hablar de muchísimos factores como la ambición por llevar un género más allá, un uso del lenguaje u otro, una memoria histórica del medio, la ambición de tratar temas de mayor calado y permanencia a lo largo del tiempo…Pero me gustaría centrarme en un elemento que se escapa del propio texto e incide en la disposición del autor: la motivación. Creo que una de las claves, uno de los factores que marcan el sino y la calidad2 de una obra es qué motiva al autor a llevarla a cabo. Si el objetivo final es agradar al público probablemente se caiga en el vicio de incluir tópicos, de no explorar nuevas posibilidades, de dejarse llevar. Si por el contrario el autor emprende la tarea de escribir una obra por convicción propia, por la necesidad de contar algo o de hacerlo de una determinada manera, es más probable que hallemos en ella elementos de interés, que pueda trascender las listas de ventas e instalarse en nuestro cerebro por una buena temporada.

Ya sabéis que en Dioptrías sentimos un especial afecto por Charles Bukowski, un canallita de primer nivel. En sus poemas encontramos alcohol, sexo y frecuentes visitas al hipódromo. Pero también hay hueco para la reflexión literaria. En el que hasta la fecha es su último recopilatorio publicado de forma póstuma encontramos estos versos: I’m not all-knowing but...

the best poems
it seems to me
are written out of
an ultimate
need.
and once the poem is
written,
the only need
after that
is to write
another.

  1. Estimadísimos lectores, si queréis aportar aquí vuestro punto de vista no olvidéis que estamos abiertos a propuestas, debates, críticas o donaciones masivas de dólares canadienses en nuestros comentarios. [volver arriba]
  2. Cuando hablo de buena o mala literatura, de mayor o menor calidad, imaginad siempre que lo hago entre comillas, ya que independientemente del símbolo que queramos atribuir a una obra encontraremos algo rescatable en la misma. Hay que vigilar antes de mostrarse taxativo con el trabajo que a otro puede haberle costado meses. [volver arriba]

La textualidad como striptease

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 15.05.2011, en la categoría Del leer y del escribir, Literatura
15:

Así se titula la conferencia que Morris Zapp pronuncia casi al comienzo de El mundo es un pañuelo, la desternillante novela de David Lodge. La novela, que sigue las andanzas de un grupo de críticos literarios que coinciden en simposios, ciclos de conferencias y seminarios sobre literatura por universidades de medio mundo, está repleta de fecundas propuestas acerca de qué es leer, qué es escribir y qué hacen autores y escritores cuando, de esa manera casi mística que caracteriza su encuentro, se topan unos con otros en las páginas del libro. Por ejemplo, en el siguiente fragmento:

«Leer es, desde luego, diferente de conversar. Es más pasivo en el sentido de que no podemos interactuar con el texto, no podemos afectar al desarrollo del texto mediante nuestras propias palabras, toda vez que las palabras del texto ya vienen dadas. Tal vez sea esto lo que estimula la búsqueda de interpretación. Si las palabras quedan fijadas de una vez por todas, ¿no es posible fijar también su significado? Pues no, porque el mismo axioma —cada descodificación es otra codificación— se aplica a la crítica literaria de un modo todavía más drástico que al discurso hablado corriente, el ciclo interminable de codificación-descodificación-codificación puede concluir con una acción, como ocurre por ejemplo cuando digo: “La puerta está abierta” y alguien dice “¿Quiere indicar que le agradaría que que yo la cerrase?”, y yo digo: “Si no le importa” y ese alguien cierra la puerta, en cuyo caso podemos dar por sentado que, a un cierto nivel, mi significado ha sido comprendido.

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