16:

El siglo XX vio nacer, desarrollarse y perecer a todas las formas de archivo sonoro que la humanidad ha conocido. De los cilindros de cera y derivados a los platos de pizarra, de vinilo, las cintas magnetofónicas, los compact discs y los archivos MP3. Con todo, los aficionados a la música se las han apañado para desarrollar sus modos de escucha, sus fetichismos y sus rituales particulares en función de los diferentes soportes, de modo que, incluso ante el panorama incesante de cambios en el terreno del formato, ciertas especificidades se mantienen y ciertos soportes son adorados como relucientes y paganísimos becerros de oro, resistentes al progreso y reducto inexpugnable de grupos de deliciosos y extravagantes fanáticos. Si esto sucede en un caso de tan extrema juventud como el de la música grabada, puede cada cual imaginar la resistencia numantina que un sistema de archivo textual como el libro, robustecido por el paso de dos milenios, puede llegar a ofrecer.
Las relaciones entre texto y libro son complejas: un libro es un soporte para un texto, pero no cabe duda de que un libro es más que un texto. El libro es la materialización tangible de un texto, más allá de su mera impresión en un soporte físico, porque el libro es el principio de individuación de un texto. Dos libros con el mismo texto no son el mismo libro dos veces, sino que son dos libros distintos. El libro es el medio por el que el texto deja de ser única y exclusivamente un discurso para convertirse en un personaje dentro de nuestras vidas. El libro es el medio por el que un texto es también una textura, una coloratura, un peso, un aroma, una resistencia táctil, una fuerza que se nos opone; mediante el libro el texto se convierte un objeto externo, extraño e inerte que debe ser apropiado, conquistado, con cuyo espesor tenemos que vérnoslas. La evanescencia ultraterrena del texto se contamina con la corporalidad triste y fragante de la madera, de la celulosa, la tinta, el hilo y el sudor de nuestras manos.
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28:

David Simon, el creador de The Wire, en una entrevista con la BBC, articuló el secreto del éxito artístico y literario de la serie condensándolo en una breve máxima que lo dice todo sobre la posición del escritor con respecto a su obra y su público: «fuck the average viewer», es decir, que se joda el espectador medio. Las versiones sobre esta máxima varían, pues hay quien dice que Simon se refirió a los casual viewers y no al espectador medio como tal. Sea cual fuere la formulación concreta, y aunque yo personalmente me inclino a darle más verosimilitud a la segunda, el espíritu que la anima está bastante claro y no requiere de mayores explicaciones. El caso es que hace un par de días pude escuchar esta frase citada por una ponente en el estupendo simposio sobre narratología de la UCM , dedicado a la nueva ficción televisiva. Esta ponente, guionista de televisión ella también y a sueldo de Globomedia, a la sazón la mayor productora de ficción del país, dijo a renglón seguido: “eso está muy bien, pero nosotros no podemos permitírnoslo. Nosotros tenemos la obligación de apelar al rango de espectadores más amplio posible”.
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27:

Cuando el periodista de Le Monde Christian Delacampagne le propuso a Michel Foucault realizar una entrevista para su suplemento dominical, Foucault aceptó con una condición: la entrevista tendría que publicarse de manera anónima. No podría haber pista alguna que lo señalase como el entrevistado y el secreto habría de guardarse hasta que fuese posible. Foucault ayudó a Delacampagne a redactar las preguntas y se encargó él mismo de escribir y reescribir las respuestas. Era abril de 1980.
La entrevista comienza:
«— Permítame preguntarle, en primer lugar, por qué ha elegido usted el anonimato.
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18:

Todos tenemos en mente la figura idealizada del escritor que heredamos de la concepción del autor del siglo XIX francés. El escritor como un hombre diferente, hasta cierto punto apartado de la norma (social, legal, moral), un autor, un creador que vive por y para su obra. Ese escritor moderno que nace con Flaubert, heredero literario de Courbet y Manet. El nacimiento de esta figura está fabulosamente explicado en el imprescindible estudio Las Reglas del Arte; génesis y estructura del campo literario, de P. Bourdieu, así que no nos extenderemos más en ello. Pero el caso es que si se hacen caso a las cifras, vemos que es imposible aplicarle esa etiqueta a un porcentaje significativo de autores publicados. Con tantísimos títulos nuevos cada año —incluso descontando, claro está, reediciones, ediciones de clásicos y todos los libros no literarios que se publican en cada temporada—, podemos y debemos asumir que la gran mayoría de los escritores y autores no responden a esta imagen romántico-vanguardista del autor. Se tratará más bien de gente como Pedro Bernal Martínez.
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07:

Alan Sokal se hizo mundialmente famoso por un fraude —y ya sabéis que aquí nos gustan mucho los fraudes— que pretendía denunciar otros fraudes. En 1996 publicó en la revista de la Universidad de Duke Social Text un artículo que llevaba el imposible título de «Transgressing the Boundaries: Toward a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity» [Transgredir las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica]. Aplaudido como una valiente aportación en el campo de la filosofía y en el campo de la física, el artículo era un galimatías sin pies ni cabeza que, aun a pesar de su manifiesto desprecio por las leyes de la lógica y de estar compuesto por afirmaciones aleatorias y con un lenguaje enrevesado, alusivo y poco adecuado para la exposición de ideas filosóficas o científicas, había pasado todos los filtros de publicación de una revista académica universitaria de cierto renombre en el ámbito del posmodernismo, tan de moda entonces (y ahora) entre la comunidad universitaria estadounidense.
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09:

Qué manía de buscar la verdad en los libros, qué manía. Recuerdo que en la universidad me decían que en los libros estaba la verdad, que buscara la verdad en los libros y no en Internet o en otro sitio; que consultara los libros para documentarme y no Wikipedia o cualquiera de las otras miles de millones de webs que nos hablan de tantos miles y millones de cosas en Internet. La fijación de la gente por la verdad de los libros vendió millones de enciclopedias, pero en Dioptrías tenemos otra manía: nos gustan los libros que no contienen la verdad, sino la mentira, y creemos que son estos libros llenos de mentira y falsedad los que más merecen la pena; creemos que es un enorme error buscar la verdad en los libros, teniendo tantos que cuentan mentiras y cuya lectura es mucho más provechosa que la de aquellos que cuentan, insensatos, la verdad.
Son muchos los escritores que han jugado con la mentira con resultados realmente positivos. Dos ejemplos podrían ser Juan Rodolfo Wilcock y sus radicales biografías ficticias o Enrique Vila-Matas, auténtico maestro de la invención y la farsa (tanto, que hay muchas voces que no dudan en decir que Antoni Casas Ros, ese misterioso escritor catalán de educación y tradición tan francesas —esa misma tradición francesa que Vila-Matas, curiosamente, quería quitarse en su última novela, Dublinesca— que tras un accidente de tráfico que le privó de esposa y de rostro, ese escritor horriblemente deforme que se dedica a estar solo y a escribir; ese escritor que, dicen muchas voces, es Enrique Vila-Matas jugando al seudónimo, aunque él ya se haya declarado inocente), tan bien conocido, Enrique, por sus desconcertantes citas. Más reciente es el caso de Rara Avis, el libro de Ignacio Caballero y Blanca Gago que explora la mentira como mecanismo narrativo: por sus páginas desfilan momentos desconocidos de escritores bien conocidos, momentos hasta ahora invisibles y que la Fundación Rara Avis se encarga de sacar a la luz.
Así, buscando verdad nos encontramos con Jean-Baptiste Botul, filósofo nacido y muerto en Lairière en 1896 y 1947, respectivamente, y autor de un libro fascinante llamado La vida sexual de Immanuel Kant. En él, Botul incide en la vida sexual de Kant como pieza clave para comprender su filosofía. Botul, de inmisericorde tradición oral, no dejó legado literario y sólo cuando su compatriota Frédéric Pagès lo rescata del olvido dando un empujón a la publicación de sus conferencias transcritas comienza a ser conocido. Esta vida sexual es una serie de conferencias que Botul pronunció en Nueva Königsberg, pueblo de Paraguay fundado por ciudadanos emigrados de la Königsberg natal de Kant y que siguen religiosamente el legado del filósofo; una conferencia sobre algo tan sucio como la vida sexual de un filósofo tan limpio, tan metódico y rutinario como Kant no pudo ser tomada, claro está, bien en esta Nueva Königsberg paraguaya.
Aquí es cuando entra en juego Bernard-Henri Lévy. El pensador, «a laughing stock», como dicen de él en el Times, fue uno de los insensatos que buscó la verdad en un libro. Así llegó a Botul, a quien citó en uno de sus libros para cargar contra Kant. Qué sorpresa la de Frédéric Pagès, imaginamos, al ver que su criatura, Botul, era tomada tan en serio; porque Jean-Baptiste Botul no es sino un personaje creado por Pagès, una farsa muy bien elaborada y tan apasionante y literaria como los neokantianos de esa Königsberg paraguaya, igualmente inexistente. Conocemos en Dioptrías a más de un profesor de universidad que está convencido de que Botul existe, y que seguramente piensen en hacer una visita a Nueva Königsberg si van de vacaciones a Paraguay. Mala idea haber buscado la verdad en los libros, mala manía, en lugar de en Internet (donde, por cierto, se deja bien claro —¡en Wikipedia!—, que Botul es un personaje de ficción); mala manía esta fijación obsesiva por la verdad de los libros, cuando lo mejor de ellos es su infinita capacidad para la mentira. En Dioptrías, al igual que el infatigable Fox Mulder, esperamos que la verdad esté ahí fuera, bien lejos de nuestros libros.
25:

«La última velada que pasé con Benjamin, en enero de 1938 en el puerto de San Remo, mi mujer y yo, convencidos ya entonces de la inminencia de la guerra y de la inevitable catástrofe francesa, aconsejamos una vez más a [Walter] Benjamin del modo más apremiante que intentara venir a América lo antes posible; todo lo demás ya se vería allí. Benjamin se negó y dijo literalmente “Hay posiciones que defender en Europa”.»
Después de dos años de arrastrarse por media Europa defendiendo esas posiciones, escribiendo en cuartillas y en papeles arrugados, viviendo del dinero que Adorno le hacía llegar, Benjamin huía de la Gestapo hacia el sur, camino de España, con la esperanza de poder esquivar la decisión que había tomado en 1938 y abandonar un continente insoportablemente hostil hacia el pensamiento. Llegado al fronterizo pueblo español de Portbou, el grupo de judíos fugitivos con el que viajaba fue apresado por la policía franquista, con órdenes de ser entregados a los nazis que ocupaban el suelo francés. Benjamin, que se trataba con morfina desde hacía ya años, se sentó y escribió:
«En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse. Le ruego que transmita mis pensamientos a mi amigo Adorno y que le explique la situación a la cual me he visto abocado. No dispongo de bastante tiempo para escribir todas las cartas que hubiera deseado escribir.»
Su maleta, con los manuscritos de los últimos años, se había perdido en algún paso de montaña en los Pirineos. Pero Benjamin aún conservaba morfina suficiente como para matarse.
16:

Siga las instrucciones que vienen a continuación para obtener resultados óptimos: encienda su televisor y apriete el botón que tiene la cifra 5 en su mando a distancia. A continuación, maravíllese con la desaparición sin rastro del subjuntivo, de las formas compuestas, de la sintaxis, de los imperativos correctamente formulados y de cualesquiera usos normales —léase: según la norma— del idioma.
De nada, querido lector. Y reciba nuestras más sinceras disculpas.
14:

Recordamos hoy una frase de Borges, ahora que la selección española ha ganado el Mundial, relacionada con el fútbol. No se le escapará a nadie que el escritor era un gran aficionado al ajedrez, del que dijo una vez que «nació, quizás, en la legendaria Atlántida, y muchas de sus piezas han ido cambiando de forma con el tiempo. Por ejemplo, el caballo era el caballero, y el alfil, que es una deformación de marfil, era un elefante». Termina Borges:
Es increíble cómo una cultura que se desarrollaba con juegos como el ajedrez, haya degenerado a juegos tan vulgares como el fútbol.
Cosas que pasan.
09:

Preguntada Nora Barnacle insistentemente por un periodista acerca de la personalidad y las peculiaridades de Samuel Beckett —de quien había sido casi-suegra, casi-madre adoptiva y anfitriona durante años—, la viuditísima de James Joyce tuvo a bien contestar:
«He estado casada con el mejor escritor de la historia. Comprenderá usted que no tenga memoria que dedicarle a los escritorzuelos.»
Así se las gastaba la señora Barnacle, quien durante mucho tiempo recibió escandalosas cartas de dos rombos de su marido. Cosa sabida como es que esas cartas fueron prácticamente lo único que Nora leyó de toda la obra de su difunto esposo, la lógica dice que la literatura canónica ganó un gigante a cosa de la salud del género erótico. La historia de la literatura tiene aún otras cosa que deberle —siquiera indirectamente— a Nora: desde luego, haber servido de modelo para la esposa de Leopold Bloom; pero también hay que decir que Los Muertos, seguramente el mejor relato de Joyce, está inspirado directamente en un episodio triste de su vida. Siendo ella joven, su novio de la época desafió a una gran nevada para acercarse a rondarla, contrajo una pulmonía y murió miserablemente para terrible remordimiento de Nora, que no le hizo mucho caso.
Años más tarde, ella y un histéricamente celoso James visitaron su tumba.
