Chasing Aby

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 06.05.2012, en la categoría Cosas que pasan, Del leer y del escribir
06:

Aby Warburg, ese hombre. Un hombre que a los trece años le ofreció a su hermano menor cederle su derecho de primogenitura sobre la fortuna y el negocio familiares a cambio de que el pequeño le pagase de por vida las facturas de sus libros. No cuesta imaginar que, a los cuarenta y cinco años, tuviese una biblioteca personal de más de quince mil volúmenes. Imagine el lector organizar y desplazar una biblioteca así. Aby tenía su propio sistema, un sistema que valía en sí mismo más que la biblioteca: los ordenaba haciendo que su proximidad física fuese significativa. Así, un lazo invisible de sentido unía la biblioteca toda y de cada libro uno podía pasar al siguiente o al anterior en función de un nexo causal que decía tanto acerca de su contenido como del espíritu de Aby Warburg. En la biblioteca de Warburg el espacio no es homogéneo, sino peculiar: un punto del espacio no es igual a cualquier otro, sino esencialmente distinto, porque está habitado por un libro determinado y no por cualquier otro. Es un espacio de sentido.

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Sostiene Dioptrías

Publicado por Dioptrías el 25.03.2012, en la categoría Cosas que pasan, Literatura
25:

Que hoy Antonio Tabucchi se ha convertido en volátil. Recibe un abrazo, querido: gracias por ser mejor que todos nosotros.

Pequeños placeres sin importancia

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 02.03.2012, en la categoría Cosas que pasan
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Espero que se me excuse una anécdota personal: leí Cruzada en ‘jeans’ cuando tenía once o doce años. Literatura juvenil: aventuras, viajes en el tiempo, amenazas de no poder regresar jamás a casa. No comentaré el argumento, pero diré que estaba ambientado en la llamada Cruzada de los niños: en 1212 se organizó una expedición a Jerusalén formada por chavales —principalmente alemanes—, en el bien entendido de que la cándida inocencia de sus almas cristianas demolería con su aliento divino los muros de los sarracenos y lograría así recuperar la ciudad santa sin siquiera derramar una gota de sangre. Un par de miles de niños atravesaron con esta desquiciada esperanza media Europa y se llegaron hasta Niza, donde embarcaron rumbo a Alejandría; allí fueron vendidos como esclavos por los patrones de las naves. Se entenderá, quizás, que dada mi juventud y lo terrible del destino de aquellos niños, el tema me resultase cercano y apasionante. El interés sobrevivió al final del libro y seguí rastreando esta historia siempre que tuve ocasión: a los pocos años, di con un cómic que también contaba la Cruzada y, pese a su mediocridad truculenta y sensacionalista, lo leí con mucho gusto. Aún debe estar en algún lugar de mi biblioteca.

Hace unas semanas encontré en una librería La Cruzada de los Niños, de Marcel Schwob, que acaba de ver una nueva edición. Conocía al autor, pero no el libro, y me alegró ver que alguien con el talento de Schwob había tratado el tema. Desgraciadamente —pobreza obliga—, en aquella ocasión no pude comprar el libro. Seguí con mis días y no volví a pensar en ello hasta que la semana pasada retorné a las páginas —que abandono regularmente por el enamoramiento fugaz con otros libros, pero a las que acabo volviendo siempre antes o después— de la formidable Trilogía de la Memoria, de Sergio Pitol, y en uno de sus capítulos hablaba Pitol precisamente de Schwob y de su Cruzada, en unos términos tan vehementes y apasionados que de inmediato me arrepentí de no tenerlo ya en la estantería para poder hojearlo antes de irme a la cama. Unos párrafos después, Pitol llegaba por fin al objetivo del texto, que no era en realidad la obra de Schwob, sino aún la de otro autor: el polaco Jerzy Andrzejewski, que también escribió su propia versión de la cruzada infantil, con el título Las Puertas del Paraíso, y que tradujo el mismo Pitol; y, de entre las muchas cosas fabulosas que Pitol contaba sobre este libro, ya una sola hubiese sido causa sobrada para que quisiese también leerlo sin falta: Las Puertas del Paraíso está formado únicamente por dos frases, una de ciento setenta páginas y la otra de cinco palabras. Por supuesto, puse ambas novelas en el primer puesto de mis prioridades urgentes para esta semana.

Ayer salí en busca de ambos libros y tuve la fortuna de encontrarlos sin mayores problemas, tanto La Cruzada de los Niños como Las Puertas del Paraíso; pero todavía me decidí, en el último momento, a llevarme otro libro más: una novela de la que había oído hablar mil veces, que muchos amigos me habían recomendado y que, porque una vez leí otro libro de su autor y no me gustó nada, no me había dado nunca por comprar. La tomé del estante sin fijarme mucho en ella, pagué mis libros y me fui. Cuando la abrí pude leer su título completo, que desconocía: Slaughterhouse-Five or The Children’s Crusade.

Pequeñas casualidades como esta hacen feliz la vida de un bibliómano.

Rebajas literarias

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 17.07.2011, en la categoría Cosas que pasan, Del leer y del escribir, Literatura
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No somos en Dioptrías muy de comentar la actualidad literaria, pero hace muy poco llegó a nuestros oídos que Umberto Eco planea reescribir El Nombre de la Rosa para hacerla más accesible a las nuevas tecnologías y más fácil de leer para los nuevos lectores. Este asunto no nos ha dejado indiferentes y nos ha hecho plantearnos ciertas preguntas que, en realidad, son las que traemos siempre a cuestas por aquí.

Esto de que Eco nos salga ahora con una especie de versión light de El Nombre de la Rosa ha sido doblemente inesperado. En primer lugar, y se trata aquí de una cuestión externa a la propia novela, porque si algo hacía especial a El Nombre de la Rosa era su capacidad de llegar a un inmenso número de lectores (ha vendido más de quince millones de ejemplares), aun a pesar de ser una obra compleja, densa y extraña. La capacidad de Eco para combinar sus conocimientos de filosofía, semiótica, literatura y lógica logró montar un libro excelente en casi todos sus aspectos y, por encima de la práctica totalidad de la crítica, una enorme parte del público fue también capaz de apreciarlo. Muchos lectores no siguieron en profundidad las inacabables discusiones de los monjes acerca de las tradicionales disputas escolásticas —algo que requiere cierta formación o muchas ganas—, muchos lectores obviaron ciertos pasajes íntegramente redactados en latín, muchos lectores tuvieron que bregar con el léxico deliberadamente obtuso del texto, y muchos disfrutaron haciéndolo, en gran medida porque ese es uno de los grandes placeres de leer: uno lee para aprender, y también para aprender a leer.

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One on One

Publicado por Carlos Cerdeña el 22.06.2011, en la categoría Cosas que pasan, Literatura
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Federer
En dioptrías somos gente ecléctica y bien educada y, entre lectura y lectura, encontramos tiempo para el deporte1. Nuestras debilidades literarias ya las conocéis y de las deportivas destacan especialmente el boxeo y el tenis; esta fiebre repentina puede deberse a sendos videojuegos, como puede ser responsable la literatura de muchísimos quilates que han generado ambos deportes. También se puede argumentar la estética detrás de cada movimiento de un titán de dos metros con el torso desnudo o de un golpeo de raqueta preciso. Pero creo que hay razones más profundas.

Julio Cortázar, gran aficionado al boxeo2, afirmaba en una entrevista poco antes de su muerte que prefería los enfrentamientos individuales a los colectivos, ya que en los deportes de equipo «la responsabilidad individual se diluye, todo se diluye; alguien pudo haber jugado muy bien o muy mal pero nunca tiene la plena responsabilidad del triunfo o de la derrota.» En los combates entre dos personas (ya se desarrollen en un ring, un tablero o una pista rectangular) no cabe esconderse, no cabe la cobardía. Tan absoluto es el éxito como el fracaso. El deportista está eminentemente solo, a menudo a lo largo de varias horas, lo que justifica ese cliché del que tanto abusan los medios: la mentalidad es tan importante como el físico. Son, como dice el escritor argentino, «dos destinos que se juegan el uno contra el otro.»

Ya hemos hablado por aquí alguna vez de la soledad en la literatura, por lo que no creo que sea necesario extenderme para percibir como evidente este nexo de unión entre la literatura y los deportes individuales. En esa maravilla de dimensiones inenarrables que es Infinite Jest se habla de tenis, de adicciones, de soledad y de lo que resta de humano en la sociedad de la información. En alguna página (soy incapaz de encontrar el fragmento) David Foster Wallace habla del tenis profesional y de los errores no forzados. En los partidos de juveniles, dice DFW, puedes construir tu mecánica de juego en base a los errores no forzados del rival, basta con devolverles la pelota y, en algún momento, se pondrán nerviosos y fallarán. No ocurre así entre profesionales. Los que se dedican al tenis no cometen errores no forzados, o los cometen en cantidades tan ridículas que es imposible depender de ellos para ganar. En otras palabras, no puedes confiar en que el contrario deje de enviarte la pelota de vuelta, eres tú el que está solo en la pista. Un mano a mano con tu rival que en realidad es un tratado sobre la soledad. En este texto de DFW no aparece el tenis ni los deportes por ninguna parte, pero me gusta pensar que está ahí, agazapado tras alguna coma:

Fiction is one of the few experiences where loneliness can be both confronted and relieved. Drugs, movies where stuff blows up, loud parties — all these chase away loneliness by making me forget my name’s Dave and I live in a one-by-one box of bone no other party can penetrate or know. Fiction, poetry, music, really deep serious sex, and, in various ways, religion — these are the places (for me) where loneliness is countenanced, stared down, transfigured, treated.

  1. Más para verlo que para practicarlo, pero bueno. [volver arriba]
  2. Esta definición merece ser impresa tamaño póster y leída cien veces al día: «Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout. [...] No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario.» [volver arriba]

La pausa que refresca

Publicado por Dioptrías el 22.06.2011, en la categoría Cosas que pasan
22:

¿Acaso no os llega nuestro amor como una ola, amigos y amigas lectores de Dioptrías? ¿Nos os deseamos lo mejor y os cubrimos de parabienes en nuestras plegarias nocturnas? ¿No sois nuestros soles y estrellas? Pues precisamente por eso os vamos a recomendar la lectura de una página amiga, vecina y esporádica amante. Acaban de empezar, pero ya son allí más guapos, más altos y más listos que nosotros: se llaman Mamajuana y la suya es la revista cultural más estupenda de las que os podáis encontrar gratis por el mundo, así que echadle un ojo y decidles lo bien que les ha quedado todo. Podéis visitarles pinchando aquí.

Si les decís que vais de nuestra parte, igual os invitan a algo. Eso no lo sabemos seguro, pero por intentarlo, que no quede.

El año que vivimos literariamente

Publicado por Dioptrías el 31.05.2011, en la categoría Cosas que pasan
31:

Hoy hace un año que nació Dioptrías.net. En este tiempo hemos tenido la fortuna de que un pequeño pero sabroso grupo de lectores, irreductibles como galos, nos hagáis el honor de visitarnos en nuestra excursión (casi) semanal por los terrenos de nuestras preocupaciones literarias.

Aquí se ha hablado sobre todo de qué es eso de leer y de escribir, y qué hacemos cuando leemos o escribimos; dos cosas que parecen engañosamente familiares y que, quizás por eso, no siempre recogen el interés de la reflexión. Hemos intentado plantearnos por qué hacemos como escritores y lectores las cosas que hacemos, qué relación extraña mantenemos con el lenguaje y sus códigos, cómo leer ha configurado nuestro mundo y cuáles son los términos de nuestro acuerdo mutuo cuando nos plantamos ante un texto literario.

En este nuestro primer cumpleaños queremos agradeceros vuestras lecturas, vuestros comentarios y vuestro apoyo. Los tres mariachis que hacemos esto os estamos en deuda y prometemos seguir dando la matraca con estos asuntos que nos traen de cabeza.

Recibid todos un abrazo y estad preparados, porque la semana que viene tendremos (si los elementos no se conjuran en nuestra contra) entrada colaborativa: “Cine y Literatura”. Esperamos vuestros comentarios como agüita de mayo.

Hasta entonces.

El deber de estar callados

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 16.04.2011, en la categoría Cosas que pasan, Del leer y del escribir
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En un reciente artículo publicado en el New Yorker, el público más amplio ha podido hacerse consciente del revuelo que envuelve la otrora tranquila vida de George R.R. Martin, el autor de la saga de libros A Song of Ice and Fire. Con una serie de la HBO basada en su obra a punto de estrenarse, Martin está en el peldaño inmediatamente anterior a convertirse en una auténtica celebridad, puesto que actualmente su figura ha sido venerada desde hace tiempo, pero solo en los círculos relativamente cerrados de los aficionados a la literatura fantástica.

El trabajo de Martin plantea algunas dudas, y en más de una ocasión me he visto preguntado por algún amigo: ¿realmente merece la pena que empiece a leerme estos mamotretos interminables de rollo medieval y fantástico? ¿No fue ya suficiente aburrirme soberanamente con El Señor de los Anillos? En esas ocasiones, la conversación siempre gira en torno a un tema realmente interesante, porque Martin es el mejor escritor de su clase, y su obra es de lejos lo mejor que ha dado su género, pero lo que la hace buena es lo mismo que la limita: es literatura de género y es lo mejor de entre su género; lo que deja en el aire la cuestión «¿puede ser la literatura de género buena literatura, o en el mismo momento en que se convierte en literatura realmente buena, necesita superar las barreras de su género y abandonarlo?».

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Y, sin haberlo deseado…

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 21.03.2011, en la categoría Cosas que pasan, Literatura
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Hoy, veintiuno de marzo, día mundial de la poesía y los poemas, la plana mayor de Dioptrías ha decidido hacerle a la poesía el mejor regalo de que es capaz: hoy no vamos a torturarla escribiendo ni un solo verso, que la pobre no tiene la culpa.

Otrosí —amantes de la poesía como somos—, quisiéramos hacer notar lo significativo de que haya que dedicarle un día de marzo para luego poder obviarla por todo lo alto el resto del año. Se dirá que somos unos plañideros, y quizás se diga con razón.

El día del señor

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 30.01.2011, en la categoría Cosas que pasan
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Queridos lectores y amigos de Dioptrías, este domingo no habrá entrada en vuestra página amiga. La plantilla al completo está dedicada en cuerpo y alma a la lectura de Roberto Bolaño, ejercicio que recomendamos a todos sin excepción. Puede pensarse en este fenómeno como si fuese una fabulosa conjunción de planetas en la que estamos todos eclipsados bajo la sombra de un genio.

La semana que viene, empero, tendremos nuestro habitual texto dominical sobre libritos, escritorzuelos y lectorcillos.

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