Caballo b1-c3
Todo lo escrito responde a algunas preguntas. Son respuestas multívocas y casi nunca clausuradas; propuestas de respuestas, si se quiere, pero respuestas al fin y a la postre. Algunas de estas preguntas —las que nos interesan en Dioptrías— son cuestiones como “¿qué es leer?”, “¿cómo se cuenta una historia?”, “¿qué es escribir?” o “¿quién habla aquí?”. Pueden transformarse unas en otras con cierta facilidad porque en el fondo todas giran en torno a un eje invisible acerca del cual no se puede en rigor formular pregunta alguna y que dibuja la figura de algo así como el arte literario.
Ricardo Piglia plantea la cuestión en términos que remiten a la pregunta “¿qué es un lector?”. Responder a esa pregunta le permite analizar la poética de Jorge Luis Borges y la figura de los lectores en la historia de la literatura. Los lectores extremos constituyen un género estupendo de personajes para autores de todas las épocas, siendo insigne el caso de Alonso Quijano, pero también el de Emma Bovary o el torturado protagonista de En la Colonia Penitenciaria (al que no le queda más remedio que leer con la piel y el nervio). Pero lectores los hay de muchos pelajes, también en la vida real. Víctor nos hablo de ello hace bien poco, mencionando algunas manías y maneras de ser lector. Citó el decálogo del lector que Daniel Pennac se tomó la molestia de regalarnos en Como una Novela. De este decálogo, que es realmente interesante, quisiera rescatar principalmente dos máximas:
2. El derecho a saltarse las páginas.
8. El derecho a hojear.
Ambas, en realidad, funcionan como colorarios a la primera máxima del decálogo, la que proclama el derecho a no leer: se trata, ahora, de dos versiones acotadas de este caso que nos dicen que no tenemos porqué leerlo todo, ni porqué leer necesariamente en orden. He querido llamar la atención sobre este particular porque en Dioptrías hemos hablado ya en alguna ocasión de la mala conciencia de los escritores y de esa pátina de delicioso sufrimiento que parece que tiene que acompañar a su profesión, pero no queremos descuidar el ángulo complementario de esa mala conciencia: la mala conciencia del lector. Olvidamos que leer es algo que se elige, y eso quiere decir que leemos porque podemos y porque nos da la gana. Así dicho, esto parece no pasar de la mera perogrullada, pero se trata de una verdad fundamental que no sólo se nos aplica a nosotros mismos, sino también a todos los demás. Leamos lo que nos llame la atención: respetemos al autor y a su obra, pero respetémonos a nosotros mismos como lectores. En algunos textos querremos lamer con los ojos cada intersticio entre los caracteres, pero en otros habrá párrafos enteros que no queramos leer, y no tenemos porqué hacerlo. Dice Somerset Maugham:
«El lector prudente obtendrá el máximo de placer de su lectura si es capaz de aprender el útil arte de saltarse texto. Las personas sensatas no leen una novela como si fuera una obligación. Las leen para divertirse. (…) Todo el mundo se salta texto, aunque no es fácil hacerlo sin perderse algo. Por lo que yo sé, puede ser un don de la naturaleza, o bien una habilidad que haya de adquirirse por medio de la experiencia. (…) Si leer una novela constituye una penalidad, es mejor no leerla. Lamentablemente, hay pocas novelas que puedan leerse de principio a fin sin que el interés decaiga. Aun cuando saltarse texto pueda ser una mala costumbre, el lector se ve obligado a adoptarla. Pero una vez comienza a hacerlo, no lo tiene fácil para dejarlo, así que puede perderse, muchas cosas que le habría convenido leer.
(…) Supongo que la mayoría de los lectores estarían dispuestos a admitir que En Busca del Tiempo Perdido de Marcel Proust es la novela más extraordinaria que se ha escrito en el siglo XX. Los admiradores más fanáticos de Proust, entre los que me cuento1 , pueden leer con interés cada palabra de la obra. En un momento de extravagancia llegué a afirmar que preferiría aburrirme con Proust que divertirme con otro escritor2, pero ahora, después de una tercera lectura, no tengo inconveniente3 en reconocer que diversas partes de la novela presentan méritos desiguales.»
Desde luego, los larguísimos periodos sintácticos de Proust, con sus metáforas dentro de metáforas dentro de metáforas, o la inefable experiencia de terminar El Tiempo Recobrado son cosa que ningún lector debe perderse. Pero sus interminables diatribas sobre el caso Dreyfus son harina de un molino bien distinto. Ejemplos hay muchos: los extensísimos insertos de Melville sobre las peculiaridades náuticas de la pesca ballenera en Moby Dick, ciertos vericuetos familiares en el Macondo de García Márquez, ciertas redundancias que pueblan el faulkneriano condado de Yoknapatawpha. Esto no quiere decir que todos estos elementos no tengan su función poética (que la tienen), ni que el lector pueda saltárselos a la torera sin más quebranto, pero sí que, al menos quienes ya estuvimos allí una vez, no tenemos obligación moral alguna de tener que volver a pagar visita.
De la misma manera, como lectores podemos y debemos elegir por dónde queremos comenzar a leer un libro. Como dice Pennac, que no podamos ir a Venecia una semana no quiere decir que tengamos que negarnos el gusto de pasar allí cinco minutos. Nick Hornby tiene la certera idea de que es precisamente el estigma del sufrimiento del lector como un martirio redentor lo que aleja a la gente de la lectura. En The Polysyllabic Spree dice (la traducción es mía):
«Parece que esto es inmutable: los libros deben ser cosa difícil; en caso contrario, son sólo una pérdida de tiempo. Y así resulta que vamos abriéndonos camino fatigosamente a través de adustas —y, en ocasiones, adustamente aburridas— novelas, o en inmensas biografías de figuras históricas y, cada vez que lo hacemos, los libros se van pareciendo más y más a un castigo y Operación Triunfo empieza a resultar algo más atractivo. De verdad que es mejor dejar el libro en la estantería.
(…) Lo que quiero decir es que volver las páginas de un libro no debería ser nada parecido a caminar por un lodazal. El único propósito de los libros es estar ahí para que los leamos y si, por el motivo que sea, resulta que no podemos, la culpa no tiene por qué ser necesariamente nuestra.»
Creo que es a esto a lo que se refería Víctor en su entrada, cuando hablaba de esos autores que escriben también en diagonal. Pero admitamos que esto no tiene porqué alejarnos definitivamente de un libro. Si una sección, un capítulo, un personaje o una trama nos resulta insoportable, no la soportemos; saltemos como el caballo en el ajedrez. Veamos qué hay más adelante: si el autor ha contado bien la historia, no nos perderemos gran cosa; si la ha contado mal, habremos perdido menos el tiempo.
- Y también yo mismo. [volver arriba]
- Y también yo mismo. [volver arriba]
- Yo mismo tampoco. [volver arriba]

