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Tomeito, tomato

Por 7 de marzo de 2011

Cómo nos gusta cuando los escritores se ponen a parir los unos a los otros; este reducto de bronca barriobajera entre representantes de la cultura (sea lo que sea que tal cosa pueda querer decir) es cosa que nos alboroza, que nos alegra el día y llena de gozo morboso nuestro interés, habitualmente puro, por ese nebuloso constructo que se ha dado en llamar la república de las letras, que jamás ha estado más exenta de rincones oscuros y navajadas traperas que la república de andar por casa. Reyertas de este tipo las ha habido a miles (dentro de no mucho dedicaremos en Dioptrías una serie de posts a nuestras preferidas) pero hoy hemos querido centrarnos en la última y más reciente, que ha tenido como protagonistas a Javier Cercas y Arcadi Espada.

Aunque está claro que estos dos se la tienen jurada desde hace ya tiempo (especialmente por el lado de Espada, que es de poco aguantarse los berrinches), y que esta trifulca tiene mucho de vendetta personal y mala leche extraliteraria, es también verdad que la excusa para batirse el cobre ha tenido un pretexto y un subtexto que a la redacción de Dioptrías le ha parecido interesante: la discusión acerca del papel de la ficción en el marco del periodismo. ¿Hasta qué punto un periódico puede contener ficción? Esta es la pregunta que nos hemos planteado y para la que intentaremos ofrecer algunas respuestas con algo más de seso y algo menos de sangre de la que se estila en los dos periódicos mayores del reino, que vaya tela marinera hay que cortar a este respecto.

Carlos Cerdeña

Que la objetividad es una quimera es una afirmación de primero de periodismo que, no obstante, no está de más recordar aquí. Es humanamente imposible alcanzar la objetividad, la imparcialidad absoluta. El periodista no es un “espejo de la realidad”, es un ser que redacta las informaciones sin poder eliminar sus filias y sus fobias. Este asunto es demasiado extenso y si queréis profundizar en él basta con que googleéis un poco. Así bien, establecido este principio fundamental, los periódicos se esfuerzan (hablemos en condiciones ideales) por acercarse lo máximo posible a ese objetivo, aún sabiendo a priori que es inalcanzable, al menos en las secciones de información.

C.P. Scott, editor durante más de cincuenta años del Manchester Guardian (hoy The Guardian) acuñó una frase que se repite constantemente en las aulas de comunicación de Reino Unido: “Comment is free, but facts are sacred”. La forma habitual de enfocar esta cita, con toda probabilidad la que el propio Scott le dio, es que los hechos deben prevalecer, que la información está por encima de todo. Sin embargo también podemos leerla en el sentido opuesto, en la libertad de los comentarios y las opiniones.

La polémica entre Cercas1 y Espada se origina por un comentario de Francisco Rico en una columna de opinión. Puntualicemos: por una posdata de poquísimas palabras que incluye con una finalidad ¿irónica?¿humorística?¿un cebo como él mismo afirma? En cualquier caso me parece que hay que resaltar la sección del periódico en la que apareció la polémica columna: Opinión. Cualquiera que vaya buscando información y objetividad por allí se equivoca. Cercas defiende a Rico citando a Vargas Llosa “escribir novelas consiste esencialmente en mentir -en mentir con la verdad, claro está, en contar una mentira factual para decir una verdad moral-”. Me parece que toda su defensa se concentra en esa frase, en la legitimidad del uso de la ficción en las secciones opinativas para ejemplificar de un modo más claro un argumento, para alcanzar al lector y mostrarle una verdad moral aunque sea a través de una mentira factual. Imponer la necesidad de perseguir la verdad en todas las secciones del periódico, suprimir la más mínima licencia literaria de nuestra prensa me parecería un error. Como decía antes, “facts are sacred”, pero limitar la ficción en todos los ámbitos que no sean de información es un peligroso antecedente y no demasiado alejado de la aberración de juzgar al director de A serbian film.

Miguel Ángel Serna Martín

Incluso dejando a un lado esa verdad subyacente del periodismo por la cual los diarios son montones de anuncios con algunas noticias en medio, impresos en papel que vale para envolver el bocadillo de mañana, es cierto que esas noticias arrinconadas por la publicidad se quieren, por principio, fieles a la verdad. Al menos, eso es lo que se aprende en las facultades de periodismo. Por supuesto, la verdad en la prensa es siempre un concepto flexible y maleable, con un criterio de demarcación mucho más laxo que el de cualquier otra disciplina (no se le pide a una noticia una verdad equiparable a la de un axioma geométrico, pero tampoco a la de una investigación de campo antropológica).

En la polémica entre Cercas y Espada —o quizás convendría más bien decir entre Espada y Cercas, que no hay que olvidar quién entró al trapo aquí—, este último se empeña en sacar a pasear esta presunción como si fuese un santo en Pascua, para adoración general. En parte le asiste un punto de razón, porque los periódicos son de los pocos resquicios que quedan para la fe en algo así como la verdad en el discurso público y general, pero es de ley no olvidar que esta fe es un desideratum que se cumple solo de aquella manera por multitud de motivos, entre los cuales no es el menor la dependencia de la prensa con respecto a los intereses empresariales y políticos de turno. De ley sería también recordar quién tiene un pie y dónde en el caso de Espada y Cercas.

En cualquier caso, Espada olvida que no se discute la pertinencia de la verdad en las páginas de la prensa escrita, sino el papel que la ficción pueda tener en ellas, y este problema es enteramente distinto. Para empezar porque una ficción no es algo que quepa descartar prima facie como falso, pues la ficción tiene por carta de naturaleza no ser verdadera ni falsa, sino ficcional. La ficción no puede recibir un valor de verdad, y mucho menos un valor binario de tipo “verdadero/falso”. Siendo así, la discusión acerca de si la ficción tiene o debe tener cabida en un periódico solo puede entablarse desligándola de las discusiones acerca de la verdad.

Por otra parte, la ficción lleva apareciéndose en la prensa desde sus mismos inicios en la forma de artículos de opinión de todo tipo. Por no irnos muy lejos nos remontaremos simplemente a Larra, que nos queda aquí al ladito. De modo que no se trata de cuestionar la aparición de la ficción en los periódicos, que está ya más que consolidada, sino de dónde debe aparecer. Queda claro que nunca, bajo ningún principio, en el cuerpo de una noticia, pero esto es algo que cualquier libro de estilo de cualquier medio de comunicación escrito recogerá fielmente. Así que el territorio natural de la ficción en un periódico es el de las columnas de los diferentes colaboradores, donde el lector ya está sobre aviso, puesto que son un género por sí mismas. En ellas, para sorpresa de Espada, los límites de la ficción son los mismos que en cualquier otra obra: los de la difamación y la injuria.

Así que la pregunta es exactamente acerca de qué demonios estaba discutiendo el señor Espada. O si no quería discutir, sino solamente insultar.

Claro que queda aún una cosa por decir: una ficción no es solo, ni siempre, un relato de hechos inventados. Puede ser también el trabajo de hilar, mediante un discurso orientador, hechos verdaderos para dotarles de un sentido que no tiene por qué coincidir con las relaciones causales efectivamente constatables en la realidad. Por ejemplo: tomar los hechos concernientes al atentado del 11 de marzo de 2004 en Madrid y retorcerlos para intentar que cuenten una historia distinta de la que sucedió. Eso, para sorpresa del señor Espada, también es ficcionar, y se trata sin duda de una ficción más peligrosa y más trenzada con el contenido noticioso de un diario.

Para encontrar esa otra ficción no tendría el señor Espada que mirar muy lejos de su firma.

  1. La amistad entre Javier Cercas y Roberto Bolaño es ya de por sí un factor definitorio en esta discusión. [volver arriba]