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Las drogas de Holmes

Por 15 de septiembre de 2010

Aunque es muy común referirse a la afición que tenía Sherlock Holmes, el archifamoso detective creador por Sir Arthur Conan Doyle, al consumo de drogas, lo cierto es que sólo en dos ocasiones vemos a Holmes tomando drogas: una vez en Escándalo en Bohemia, donde Watson habla de que el detective apenas sale de su piso en Baker Street, «enterrado entre viejos libros, y alternando de semana en semana entre la cocaína y la ambición, la somnolencia1 de la droga y la fiera energía de su entusiasta naturaleza»; y, un año antes que ésta, y mucho más interesante, en El signo de los cuatro, segunda novela de Holmes y uno de los libros con el mejor primer capítulo de la historia.

Fatal omisión por mi parte, tuve que encontrármelo en la basura (Dioptrías: hurgamos en los contenedores) para darle un tiento a El signo de los cuatro. El primer capítulo es una demostración de literatura de altísimo nivel que, si bien no se mantiene durante todo el libro (de todos modos muy buena lectura), merece mucho la pena leer. El capítulo comienza con Watson viendo, no demasiado contento, cómo su amigo se inyecta la droga:

Sherlock Holmes extrajo un frasco de un anaquel y la jeringa hipodérmica de su estuche. Con sus dedos largos, blancos y nerviosos, ajustó la delicada aguja y se enrolló la manga izquierda de su camisa. Durante un momento sus ojos se apoyaron pensativamente en su brazo nervudo, lleno de manchas y con innumerables cicatrices, causadas por las frecuentes inyecciones. Finalmente se introdujo la aguja delgada, presionó el pequeño pistón, se la sacó, y se dejó caer en un sillón forrado de terciopelo, con un profundo suspiro de satisfacción.

Tres veces al día, durante muchos meses, había sido yo testigo de este espectáculo, pero, a pesar de ello, no me resignaba a seguir viéndolo. Por el contrario, día con día me sentía más irritado a su vista. El remordimiento me quitaba el sueño al pensar que me faltaba valor suficiente para protestar. Una y otra vez me había prometido abordar aquel tema escabroso, pero había algo en el aire frío y tranquilo de mi compañero, que me impedía decidirme a hacerlo. Sus facultades casi adivinatorias, su disciplina mental y sus cualidades extraordinarias, me inhibían y me hacían sentir inferior y torpe.

Nos quedan claras varias cosas en estos dos primeros párrafos. Holmes realiza con soltura el ritual de la jeringuilla hipodérmica porque es veterano, y aunque a Watson le desagrada profundamente esta práctica, el detective tiene un carácter fuerte, muy dominante, que bloquea cualquier intento de plantarle cara. «Sin embargo, aquella tarde, sea a causa del vino que había tomado en el almuerzo, o a la exasperación que me produjo su actitud exageradamente deliberada, sentí que no podía resistir más tiempo», dice Watson, eterno narrador de las aventuras de Holmes, y le planta cara: Holmes confirma a Watson (que le pregunta si ha consumido morfina o cocaína2 ) que ha sido cocaína, «una solución al siete por ciento». El porqué de su consumo, el aburrimiento: «Supongo que su efecto físico es malo. Sin embargo, la encuentro tan trascendentalmente estimulante y esclarecedora para la mente que ese efecto secundario tiene poca importancia.» Y sigue: «Mi mente —dijo— se rebela contra el estancamiento. Deme problemas, deme trabajo, deme el criptograma más abstruso o el análisis más intrincado, y me sentiré en mi ambiente. Entonces podré prescindir de estímulos artificiales.»

Es a partir de este punto, apenas pasados de la segunda página, cuando el capítulo desata toda su capacidad para sorprender y maravillar; desde el momento metaliterario, de esos que tanto nos gustan en Dioptrías (Watson, cuando Holmes le habla del caso de Jefferson Hope, responde: «Nada me ha impresionado tanto en toda mi vida. Hasta lo he recogido en un pequeño folleto, con el título algo fantástico de Estudio en escarlata»), hasta la extraordinaria demostración de razonamiento deductivo que da nombre al capítulo, todo en estas diez o doce páginas es extraordinario y merece ser urgentemente leído; podría funcionar, incluso, como relato independiente, y no perdería ni un ápice de su inmenso valor. Como debe hacer cualquier novela de misterio, El signo de los cuatro acaba, al final, enganchando irremediablemente; en este caso, podemos referirnos al libro como una de las famosas drogas de Holmes.

  1. Doyle, a pesar de tener perfecto conocimiento de los efectos de la cocaína, era descuidado y cabe pensar que, escribiendo rápido como lo solía hacer, confundió aquí cocaína con morfina, de la que Holmes también daba buena cuenta de vez en cuando, como luego veremos. []
  2. De aquí puede venir la confusión de Doyle al aludir a la somnolencia provocada por la droga que consumió Holmes. []