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Que se joda el lector medio

Por 28 de noviembre de 2010

David Simon, el creador de The Wire, en una entrevista con la BBC, articuló el secreto del éxito artístico y literario de la serie condensándolo en una breve máxima que lo dice todo sobre la posición del escritor con respecto a su obra y su público: «fuck the average viewer», es decir, que se joda el espectador medio. Las versiones sobre esta máxima varían, pues hay quien dice que Simon se refirió a los casual viewers y no al espectador medio como tal. Sea cual fuere la formulación concreta, y aunque yo personalmente me inclino a darle más verosimilitud a la segunda, el espíritu que la anima está bastante claro y no requiere de mayores explicaciones. El caso es que hace un par de días pude escuchar esta frase citada por una ponente en el estupendo simposio sobre narratología de la UCM1 , dedicado a la nueva ficción televisiva. Esta ponente, guionista de televisión ella también y a sueldo de Globomedia, a la sazón la mayor productora de ficción del país, dijo a renglón seguido: «eso está muy bien, pero nosotros no podemos permitírnoslo. Nosotros tenemos la obligación de apelar al rango de espectadores más amplio posible».

Según esta guionista, la necesidad, puramente mercantil, de dirigirse al público más grande posible, determinaba la forma de su producción. Tratar de interesar a segmentos de audiencia de edades muy diversas implica una segmentación generacional de los personajes de la serie, con sus tramas centradas en cómicos enredos de chiquillos, sus tramas de adolescentes enamorados, sus tramas de treintañeros folladores y sus tramas de divorcios en la cuarentena. Esta multiplicación de tramas, que no responde a las necesidades de contar la historia, sino a una exigencia estructural del producto, marca el desarrollo de los capítulos y su cansina estructura, por la cual los episodios de las series españolas parecen acabarse durante media hora por la sencilla razón de que —ciertamente— tardan media hora cada vez en ir cerrando todas las tramas.

A esta estructura dramática, por lo que contaba esta paciente guionista televisiva, se la conoce en el gremio de los escritores para la pequeña pantalla como la «teoría del bizcocho»: la textura y la estructura (la harina, los huevos, la levadura y el azúcar) de la mayoría de las series de ficción españolas es siempre la misma, determinada por este imperativo de apelación al espectador medio; que después ese bizcocho se recubra con chocolate, mermelada, azúcar glacé o fruta escarchada es cosa secundaria, porque la base es siempre la misma serie genérica con la misma estructura genérica. Añádansele superpoderes y tendremos Los Protegidos2 , añádasele misterio y tendremos El Internado, añádansele una katana y una capa y tendremos Águila Roja. Prueben los lectores de Dioptrías sus combinaciones con una parrilla de programación nacional en la mano y saquen sus conclusiones al respecto.

En cualquier caso, lo relevante del relato que la hastiada guionista hizo de su trabajo (un hastío ciertamente teñido de la necesaria esperanza en el amanecer de un nuevo día) es que hace hincapié en un aspecto poco atendido, como es el de las condiciones materiales de producción de las narraciones. Aun a riesgo de ser tomado como un sucio marxista3 , me parece relevante señalar esto, porque es una dimensión casi desconocida para cualquiera que no se haya tomado un interés extremo en la crítica literaria y artística. Como toda otra producción (artística, industrial, manual…), la literatura tiene unas condiciones materiales que determinan su forma de manera estructural y que fijan sus límites y su alcance4 , y las obras reflejan en buena medida estas condiciones materiales de producción. Pero, más allá de atender al detalle de en qué medida las estructuras de producción se desplazan en el resultado final del escritor, lo que resulta importante es poner el foco en esta dimensión de la literatura que es poco o nada atendida, no la esfera de la distribución (los tops de ventas, las grandes superficies, los programas literarios en radio y televisión, Amazon y Book Depository), sino el ámbito más íntimo de la producción. Sobre esto se pronuncia inteligentemente Ricardo Piglia en una entrevista recogida en Crítica y Ficción5, a la que los lectores de Dioptrías también quedan remitidos en caso de querer saber algo más.

Mientras escuchaba a esta guionista lamentar el perfil de sus condiciones materiales de producción literaria, con sus peculiaridades circunscritas a las características propias del medio televisivo, no podía dejar de pensar en los ecos que de la teoría del bizcocho resuenan en el panorama editorial contemporáneo. No podía dejar de pensar en todas esas novelas de manual, escritas casi con plantilla, decimonónicas en el peor sentido de la palabra (el que remite a las novelas del XIX escritas en pleno siglo XX, con la fosilización que esto conlleva), que uno puede ver a cientos si se pasea por una librería de gran tamaño. Esta bizcochocización de la literatura no es cosa nueva, ni tan siquiera cosa por la que cupiese escandalizarse, pero sí resulta llamativa por un motivo relativamente simple: las condiciones materiales de la escritura —una vez superados unos mínimos de subsistencia— no se apoyan en necesidades externas. No cuentan con la limitación del presupuesto, con la constricción de la publicidad, con la cortapisa del productor ejecutivo, con el lastre del director, con la carga de malos actores, con la tijera del montador. El escritor escribe solo, y solamente bajo el dictado de sus decisiones. Por supuesto, en segunda instancia, pueden entrar las consideraciones del editor, del corrector, del agente, pero éstas no son parte integrante del trabajo del escritor. Quizás si quiere publicar, o si quiere publicar en ciertas condiciones, el escritor tenga que añadir bizcocho a su texto, pero eso será sólo en un momento posterior al de la producción.

Por eso, aunque no sorprende encontrarse con los libros hechos con plantilla en las tiendas, sí que intriga descubrir cuántos escritores interiorizan estas condiciones secundarias y escriben ya con la mirada del editor en la nuca, con el consejo del publicista en el oído. Intriga ver cuán complacientes con el lector son la mayoría de los libros que uno se encuentra, cuán poco exigen de él, cuán poco en serio le toman, cuán poco en serio le dejan tomarse a sí mismo. Ya hablamos aquí en alguna ocasión acerca de libros que se dejan leer y libros que le leen a uno, y vemos ahora cómo el espíritu de la respuesta de Simon acerca del espectador medio de televisión es algo que escasea en la literatura impresa. Quizás esto explique el actual vigor de la narrativa televisiva y la flaccidez general de la producción literaria, que palidece en comparación.

Quizás hagan falta más autores cuyas obras digan con cierto orgullo: «jódase el lector medio».

  1. Uno de los participantes en el simposio —con una brillante ponencia sobre Battle Star Galactica y la conceptualización y definición de qué es una must see TV— fue un buen amigo de Dioptrías como Albiol. Desde aquí le felicitamos por su trabajo, imponente como siempre. []
  2. Y no Los Elegidos, como escribí originalmente —aunque tanto monta, porque sigue siendo un pisto—. Gracias por la corrección. []
  3. Cada uno es tomado como lo que es. []
  4. No me entretendré mucho en esto: quien quiera saber algo más acerca de este asunto bien puede irse a Lukácks, a Benjamin, a Adorno o a Bourdieu, que lo explican mejor de lo que yo podría. []
  5. Piglia, R.: Crítica y Ficción, Anagrama, Barcelona, 2001 []