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Pútrida Patria

Por 18 de noviembre de 2012

William Frazer
El título de esta entrada no hace referencia a las últimas reivindicaciones independentistas de Cataluña, no utilizo las iniciales para hablar subrepticiamente del PP ni, tampoco, como cualquier lector podría pensar en primera instancia, señalan a aquel libro de Sebald (que no he leído pero estoy seguro que es delicioso); mi intención es hablar de un tema que nos preocupa habitualmente por aquí: el juego de identidades, la máscara, la impostura… Quiero hablar, por decirlo claramente, de los escritores nómadas que renuncian a su lengua materna y se adentran en la incertidumbre de lo desconocido, de aquellos que realizan el sacrificio capital para un escritor y juntan letras en otro idioma.

Francisco Ayala dijo una vez que «la patria de un escritor es su lengua» y esta máxima, que parece casi de sentido común, ha sido violada tantas veces que cabe preguntarse hasta qué punto es cierta y, en todo caso, qué es exactamente eso de “patria”. Los autores que optan por abandonar su lengua natal para escribir se convierten así en exiliados o, mejor, en apátridas. La cantidad de ejemplos que encontramos es fascinante y casi sobrecogedora: pensemos en Samuel Beckett, escribiendo en francés para depurar su lenguaje, reducirlo a la mínima expresión, y crear la propuesta formal absolutamente opuesta a la de su compatriota Joyce; pensemos en Nabokov escribiendo en ruso para después dominar la lengua de Shakespeare como pocos han logrado en las últimas décadas; pensemos en Billy Wilder emigrando a Estados Unidos para firmar algunos de los guiones más lúcidos y divertidos que se recuerdan; pensemos en el checo Milan Kundera que tuvo que exiliarse y escribir en francés; pensemos, y esto es de una proeza absoluta, en Joseph Conrad aprendiendo inglés enrolado en un barco para después publicar The Heart of Darkness o Lord Jim.

La lengua es, claro, la herramienta básica del escritor, pero estos ejemplos y tantos otros existentes, demuestran que hay algo más y que la renuncia a lo establecido no conlleva necesariamente a un empeoramiento en la calidad de la escritura (y aquí pienso fundamentalmente en Nabokov). En noviembre de 1995 un tal Sergio Pitol escribió estas palabras1 sobre el tema de literatura y patria:

El escritor está condenado desde el inicio, aun aquel que ha cambiado de lengua, a responder a los signos que una cultura le ha marcado. «Somos todo el pasado», vuelvo a Borges, «somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos gratamente los otros.» Y esa confianza en lo que somos nos impide violentar las situaciones; nos parecería ridículo que alguien se sentara a la mesa de trabajo con la conciencia de ser un escritor colombiano, brasileño o mexicano. Eso se da ya por sentado y en el fondo ni siquiera importa, puesto que en el instante de escribir lo único que ha de saber, lo que cuenta de verdad, es que su patria es el lenguaje. Y salvado ese punto, lo demás son minucias.

Nótese que en este caso la patria es ya “el lenguaje” y no “la lengua”. La afirmación del Premio Cervantes se acerca bastante a lo que busco expresar, pero aún querría aclarar algún detalle más. La literatura nace tanto de la experiencia personal como de las lecturas previas, así ¿cómo extrañarse de que un autor políglota decida escribir en un idioma que no sea el materno?¿No hace más rica la literatura de Borges su extenso conocimiento del inglés?¿Qué problema hay en vivir en lo que Jonathan Lethem llamó The Ecstasy of Influence? La lengua no tiene por qué ser la patria. Otro famoso escritor nómada (el pasaporte de Pitol tiene más sellos que Correos) fue sin duda Bolaño; cuando en una ocasión le preguntaron cuál era su patria contestó lo siguiente: «Mi única patria son mis dos hijos, Lautaro y Alexandra. Y tal vez, pero en segundo plano, algunos instantes, algunas calles, algunos rostros o escenas o libros que están dentro de mí y que algún día olvidaré, que es lo mejor que uno puede hacer con la patria.» La respuesta tal vez no convenza a los más prosaicos, pero me parece la más acertada de las tres. El escritor lleva a cuestas la herencia recibida, el imaginario colectivo, una serie de actitudes ante la vida, una lista de temas o inquietudes u obsesiones, en fin, su identidad, y la lengua que utiliza para expresar todo lo anterior es hasta cierto punto algo secundario. La patria, en fin, es otra cosa.

  1. Pitol, S. Trilogía de la Memoria, Anagrama Editorial, Barcelona, 2007, pg. 159 []