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One on One

Por 22 de junio de 2011

Federer
En dioptrías somos gente ecléctica y bien educada y, entre lectura y lectura, encontramos tiempo para el deporte1. Nuestras debilidades literarias ya las conocéis y de las deportivas destacan especialmente el boxeo y el tenis; esta fiebre repentina puede deberse a sendos videojuegos, como puede ser responsable la literatura de muchísimos quilates que han generado ambos deportes. También se puede argumentar la estética detrás de cada movimiento de un titán de dos metros con el torso desnudo o de un golpeo de raqueta preciso. Pero creo que hay razones más profundas.

Julio Cortázar, gran aficionado al boxeo2, afirmaba en una entrevista poco antes de su muerte que prefería los enfrentamientos individuales a los colectivos, ya que en los deportes de equipo «la responsabilidad individual se diluye, todo se diluye; alguien pudo haber jugado muy bien o muy mal pero nunca tiene la plena responsabilidad del triunfo o de la derrota.» En los combates entre dos personas (ya se desarrollen en un ring, un tablero o una pista rectangular) no cabe esconderse, no cabe la cobardía. Tan absoluto es el éxito como el fracaso. El deportista está eminentemente solo, a menudo a lo largo de varias horas, lo que justifica ese cliché del que tanto abusan los medios: la mentalidad es tan importante como el físico. Son, como dice el escritor argentino, «dos destinos que se juegan el uno contra el otro.»

Ya hemos hablado por aquí alguna vez de la soledad en la literatura, por lo que no creo que sea necesario extenderme para percibir como evidente este nexo de unión entre la literatura y los deportes individuales. En esa maravilla de dimensiones inenarrables que es Infinite Jest se habla de tenis, de adicciones, de soledad y de lo que resta de humano en la sociedad de la información. En alguna página (soy incapaz de encontrar el fragmento) David Foster Wallace habla del tenis profesional y de los errores no forzados. En los partidos de juveniles, dice DFW, puedes construir tu mecánica de juego en base a los errores no forzados del rival, basta con devolverles la pelota y, en algún momento, se pondrán nerviosos y fallarán. No ocurre así entre profesionales. Los que se dedican al tenis no cometen errores no forzados, o los cometen en cantidades tan ridículas que es imposible depender de ellos para ganar. En otras palabras, no puedes confiar en que el contrario deje de enviarte la pelota de vuelta, eres tú el que está solo en la pista. Un mano a mano con tu rival que en realidad es un tratado sobre la soledad. En este texto de DFW no aparece el tenis ni los deportes por ninguna parte, pero me gusta pensar que está ahí, agazapado tras alguna coma:

Fiction is one of the few experiences where loneliness can be both confronted and relieved. Drugs, movies where stuff blows up, loud parties — all these chase away loneliness by making me forget my name’s Dave and I live in a one-by-one box of bone no other party can penetrate or know. Fiction, poetry, music, really deep serious sex, and, in various ways, religion — these are the places (for me) where loneliness is countenanced, stared down, transfigured, treated.

  1. Más para verlo que para practicarlo, pero bueno. []
  2. Esta definición merece ser impresa tamaño póster y leída cien veces al día: «Un escritor argentino, muy amigo del boxeo, me decía que en ese combate que se entabla entre un texto apasionante y su lector, la novela gana siempre por puntos, mientras que el cuento debe ganar por knockout. […] No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario.» []