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La verdad no está aquí dentro

Por 9 de agosto de 2010

Qué manía de buscar la verdad en los libros, qué manía. Recuerdo que en la universidad me decían que en los libros estaba la verdad, que buscara la verdad en los libros y no en Internet o en otro sitio; que consultara los libros para documentarme y no Wikipedia o cualquiera de las otras miles de millones de webs que nos hablan de tantos miles y millones de cosas en Internet. La fijación de la gente por la verdad de los libros vendió millones de enciclopedias, pero en Dioptrías tenemos otra manía: nos gustan los libros que no contienen la verdad, sino la mentira, y creemos que son estos libros llenos de mentira y falsedad los que más merecen la pena; creemos que es un enorme error buscar la verdad en los libros, teniendo tantos que cuentan mentiras y cuya lectura es mucho más provechosa que la de aquellos que cuentan, insensatos, la verdad.

Son muchos los escritores que han jugado con la mentira con resultados realmente positivos. Dos ejemplos podrían ser Juan Rodolfo Wilcock y sus radicales biografías ficticias o Enrique Vila-Matas, auténtico maestro de la invención y la farsa (tanto, que hay muchas voces que no dudan en decir que Antoni Casas Ros, ese misterioso escritor catalán de educación y tradición tan francesas —esa misma tradición francesa que Vila-Matas, curiosamente, quería quitarse en su última novela, Dublinesca— que tras un accidente de tráfico que le privó de esposa y de rostro, ese escritor horriblemente deforme que se dedica a estar solo y a escribir; ese escritor que, dicen muchas voces, es Enrique Vila-Matas jugando al seudónimo, aunque él ya se haya declarado inocente), tan bien conocido, Enrique, por sus desconcertantes citas. Más reciente es el caso de Rara Avis, el libro de Ignacio Caballero y Blanca Gago que explora la mentira como mecanismo narrativo: por sus páginas desfilan momentos desconocidos de escritores bien conocidos, momentos hasta ahora invisibles y que la Fundación Rara Avis se encarga de sacar a la luz.

Así, buscando verdad nos encontramos con Jean-Baptiste Botul, filósofo nacido y muerto en Lairière en 1896 y 1947, respectivamente, y autor de un libro fascinante llamado La vida sexual de Immanuel Kant. En él, Botul incide en la vida sexual de Kant como pieza clave para comprender su filosofía. Botul, de inmisericorde tradición oral, no dejó legado literario y sólo cuando su compatriota Frédéric Pagès lo rescata del olvido dando un empujón a la publicación de sus conferencias transcritas comienza a ser conocido. Esta vida sexual es una serie de conferencias que Botul pronunció en Nueva Königsberg, pueblo de Paraguay fundado por ciudadanos emigrados de la Königsberg natal de Kant y que siguen religiosamente el legado del filósofo; una conferencia sobre algo tan sucio como la vida sexual de un filósofo tan limpio, tan metódico y rutinario como Kant no pudo ser tomada, claro está, bien en esta Nueva Königsberg paraguaya.

Aquí es cuando entra en juego Bernard-Henri Lévy. El pensador, «a laughing stock», como dicen de él en el Times, fue uno de los insensatos que buscó la verdad en un libro. Así llegó a Botul, a quien citó en uno de sus libros para cargar contra Kant. Qué sorpresa la de Frédéric Pagès, imaginamos, al ver que su criatura, Botul, era tomada tan en serio; porque Jean-Baptiste Botul no es sino un personaje creado por Pagès, una farsa muy bien elaborada y tan apasionante y literaria como los neokantianos de esa Königsberg paraguaya, igualmente inexistente. Conocemos en Dioptrías a más de un profesor de universidad que está convencido de que Botul existe, y que seguramente piensen en hacer una visita a Nueva Königsberg si van de vacaciones a Paraguay. Mala idea haber buscado la verdad en los libros, mala manía, en lugar de en Internet (donde, por cierto, se deja bien claro —¡en Wikipedia!—, que Botul es un personaje de ficción); mala manía esta fijación obsesiva por la verdad de los libros, cuando lo mejor de ellos es su infinita capacidad para la mentira. En Dioptrías, al igual que el infatigable Fox Mulder, esperamos que la verdad esté ahí fuera, bien lejos de nuestros libros.