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La textualidad como striptease

Por 15 de mayo de 2011

Así se titula la conferencia que Morris Zapp pronuncia casi al comienzo de El mundo es un pañuelo, la desternillante novela de David Lodge. La novela, que sigue las andanzas de un grupo de críticos literarios que coinciden en simposios, ciclos de conferencias y seminarios sobre literatura por universidades de medio mundo, está repleta de fecundas propuestas acerca de qué es leer, qué es escribir y qué hacen autores y escritores cuando, de esa manera casi mística que caracteriza su encuentro, se topan unos con otros en las páginas del libro. Por ejemplo, en el siguiente fragmento:

«Leer es, desde luego, diferente de conversar. Es más pasivo en el sentido de que no podemos interactuar con el texto, no podemos afectar al desarrollo del texto mediante nuestras propias palabras, toda vez que las palabras del texto ya vienen dadas. Tal vez sea esto lo que estimula la búsqueda de interpretación. Si las palabras quedan fijadas de una vez por todas, ¿no es posible fijar también su significado? Pues no, porque el mismo axioma —cada descodificación es otra codificación— se aplica a la crítica literaria de un modo todavía más drástico que al discurso hablado corriente, el ciclo interminable de codificación-descodificación-codificación puede concluir con una acción, como ocurre por ejemplo cuando digo: “La puerta está abierta” y alguien dice “¿Quiere indicar que le agradaría que que yo la cerrase?”, y yo digo: “Si no le importa” y ese alguien cierra la puerta, en cuyo caso podemos dar por sentado que, a un cierto nivel, mi significado ha sido comprendido.

Pero si el texto literario dice “La puerta estaba abierta”, yo no puedo preguntarle al texto qué quiere significar al decir que la puerta estaba abierta. Solo puedo especular acerca del significado de aquella puerta… ¿abierta por mediación de qué, conducente a qué descubrimiento, misterio, objetivo? La analogía con el tenis no es válida para la actividad de la lectura (a diferencia de la conversación), pues no es un proceso de ida y vuelta, sino una continuidad interminable y atormentadora, un flirteo sin consumo o, si hay consumo, es solitaria, masturbadora. El lector juega consigo mismo tal como el texto juega con él, juega con su curiosidad y su deseo, tal como una bailarina de striptease juega con la curiosidad y el deseo de su público».1

Zapp le niega de alguna manera a la literatura la performatividad, en el sentido que le dio al término el filósofo John L. Austin, es decir: la capacidad de hacer cosas con las palabras. Sabemos que en el lenguaje ordinario, algunas palabras son acciones en sí mismas. Si decimos que prometemos, juramos o nos apostamos algo, todo el peso de nuestra acción está puesto en el mismo discurso, igual que cuando nos disculpamos o nos casamos diciendo “sí, quiero”. Es verdad que, para que estos “actos de habla” tengan algún tipo de validez o se lleven a cabo afortunadamente, se requiere el cumplimiento de una serie de metacondiciones, que tienen todas que ver con la actitud pragmática de los hablantes y su audiencia hacia los actos mismos.

Esto, desde luego, invalidaría la aplicación de la idea de hacer cosas con palabras en literatura por el mismo motivo que aduce Zapp, es decir, la no-inmediatez entre lector y escritor, a diferencia de la interactividad entre interlocutores: no hay lugar para el cumplimiento de esas metacondiciones, no hay lugar para la comunión pragmática entre el lector y el escritor. Sin embargo, se nos hace difícil concebir que las palabras en la literatura no hagan ellas también cosas. Desde luego, no hacen cosas en el mismo sentido en que las hacen los actos de habla, y no hablamos aquí tampoco de la obviedad de que las proferencias verbales de la literatura inducen estados de ánimo o provocan reacciones en los lectores —cosa que se descarta porque no es a eso a lo que se refiere Austin—. La literatura tiene la extraña peculiaridad de hacer algo más extraño aún: consigue que las cosas que hace, que son todas intratextuales, las veamos como relevantes a un nivel extratextual. Consigue que la extensión ficcional de su dominio nos importe, consigue que trabemos relación con la ficción qua ficción, que nos la tomemos como si importase. Es decir: consigue hacer que la ficción sea ficción y no mentira. De alguna manera, aunque no debería funcionar, aunque no debería hacer nada… funciona.

He ahí el auténtico arte del relato.

  1. Lodge, D.: El Mundo es un pañuelo, Barcelona, Anagrama, 1996, págs. 46-47. [volver arriba]