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La memoria del lector

Por 11 de noviembre de 2012

Geoffrey Braithwaite odia a los críticos literarios, aunque se apresure a decirnos que no los odia por los motivos que se suponen habituales —motivos como el hecho de que sean los críticos, como suele decirse con inquina, creadores frustrados—. Los odia, dice, «porque escriben cosas como esta:

Flaubert no construye sus personajes, como sí hace Balzac, mediante una descripción objetiva, externa; de hecho, parece importarle tan poco su aspecto externo que en una ocasión le atribuye a Emma [Bovary] ojos marrones, en otra ojos negros y aún en otra ojos azules.

Esta acusación tan directa y descorazonadora la lanzó la difunta Enid Starkie, profesora emérita de literatura francesa en la universidad de Oxford, y su más prestigiosa biógrafa en lengua inglesa»1.

Siendo el propio Braithwaite profesor de literatura, y siendo su obsesión la figura majestuosa de Flaubert, cabe imaginar cierto grado de envidia profesional en su diatriba contra la profesora Starkie, pero enseguida se nos informa de cuál es su exacta naturaleza: para empezar, dice, esta acusación nos pone, de primeras, en contra del autor. ¿Cómo puede el maldito Flaubert ser tan descuidado? ¿Cómo puede haber escrito una obra maestra de la literatura sin ni siquiera tomarse la molestia de apañárselas para recordar el color de los ojos del personaje que da título a la novela?

Sin embargo, en cuanto dejamos el aparente ultraje de lado, los lectores de Flaubert nos damos cuenta de que, sin la profesora Starkie, jamás habríamos caído en la cuenta de este despiste. El propio Braithwaite se pregunta «¿Debería haberme dado cuenta? ¿Deberían ustedes? ¿Estaba yo acaso demasiado ocupado dándome cuenta de otras cosas que la profesora Starkie obvió (aunque en este momento no sea capaz ni de imaginar qué cosas podrían ser esas)? O, dicho de otro modo: ¿podríamos encontrar en alguna parte un lector perfecto, un lector total? ¿Contiene la lectura de la profesora Starkie todas las respuestas y reacciones que yo pude tener mientras leía la novela, y aún otras muchas más, de modo que hace irrelevante de alguna manera esa lectura mía? Bueno, espero que no. Mi lectura puede ser irrelevante para la historia de la crítica literaria, pero no lo es en términos de puro placer. No puedo demostrar que los lectores laxos disfruten los libros más que los críticos, pero sí puedo nombrar una ventaja que tenemos sobre ellos: nosotros podemos olvidar»2.

Los lectores pueden (y deben, parece decirnos) olvidar. ¿A qué puede referirse Braithwaite?

Hay muchos sentidos en los que un lector puede olvidar, pero nos preocupan especialmente dos: por un lado, el lector puede olvidar cuando ya ha leído, cuando hace días, semanas, meses, años, que dejó el libro —terminado o a medias— en la estantería, o perdido bajo los papeles de la mesa. Entonces, al lector bien pueden acudirle a la memoria los detalles del libro que, por el motivo que fuere, dejasen una mayor huella durante la lectura. Quizás aparezcan más bien otros detalles insignificantes por motivos particulares o, incluso, los meandros caprichosos de la memoria —cuánto podría contarnos Proust a este respecto— pueden rescatar tantas cosas ya olvidadas bajo el pretexto de la asociación y la analogía. En cualquiera de los casos, se tratará de un rescate que es independiente de la naturaleza del texto: importa poco si se trata de una novela, de una biografía, de un ensayo sobre mecánica cuántica o de la parte de atrás de una caja de cereales. Como con cualquier otro proceso de la memoria, se dará la paradoja de que para poder recordar es necesario haber olvidado primero —pero ¿cómo recordar lo olvidado, como recuperar lo perdido, de qué manera podemos reconocer lo perdido si hemos olvidado cómo era? Si puede recordarse algo, ¿llegó a olvidarse realmente? ¿No son, en el fondo, la misma cosa recordar y olvidar?—.

Pero hay aún otro sentido en el que podemos decir que el lector olvida, y es el específico de la novela: el lector olvida mientras está leyendo. Un novelista sabe, cuando se pone a escribir su novela —y si el pobre desgraciado no lo sabe aún, lo aprenderá bien pronto—, que le llevará mucho tiempo y dedicación. Desde luego, no será un solo esfuerzo explosivo como la erupción de un géiser, sino más bien como el milenario derrame de la lava de un volcán submarino. Pero en esto, por fortuna, el novelista no está solo: sabe también que el lector estará, por la extensión del texto, obligado a acompañarlo durante varias, quizá muchas, sesiones de lectura; y esa prolongada compañía altera la naturaleza del relato, porque un cuento o una narración breve puede llevarle a su autor días o semanas de trabajo, pero al lector le llevará siempre apenas un rato leerla, y eso se evidencia en la densidad de la composición, en el espesor semántico del texto, en la saturación significativa de cada signo: esta es la razón por la que un relato breve ha de resultar siempre más prieto que una novela; mientras que la novela siempre le impondrá su calendario, porque la novela exige ser abandonada, exige marcar de alguna manera el punto donde la lectura se vio interrumpida para poder ser rescatada de nuevo. En la novela, el lector ha de someterse, y es el trabajo del novelista domar al lector y doblegar su ánimo, forzarlo a abandonar el texto con el suficiente encanto como para que vuelva en otro momento a por más. Y en ese largo proceso, en ese camino que se recorre siempre en varias etapas, el lector vive un doble proceso de aprendizaje, memoria y olvido por el cual algunos pasajes se fijan y otros se desdibujan, por el que algunos personajes mutan de apariencia o incluso de nombre, por el que hay detalles que la marea de la narración empuja hacia el fondo oscuro y frío de la memoria y la lectura.

Ese proceso es el mayor aliado del novelista, que puede comandar a la marea para rescatar según su voluntad lo olvidado por el lector, para reflotar aquello que parecía irrelevante, para salvar aquello que parecía destinado a perderse. En esto el novelista depende de la capacidad de olvido del lector, de su finitud, de su imperfección, y esta amnesia del lector es también la clausura de la posibilidad de un lector total, de un lector perfecto, acerca de la que se preguntaba Geoffrey: este olvido es el origen del sentido, y de la posibilidad misma del sentido; un sentido —y es en este punto donde la crítica literaria errará siempre el tiro si no sabe humillarse, si no sabe situarse ante el texto con humildad— que no se deja agotar nunca de una sola vez, ni aun en multitud de sucesivas pasadas.

Todavía le pegará Geoffrey Braithwaite otro repaso más a la profesora Starkie, pero será mejor si lo leéis por vuestra cuenta; aquí ya hemos destripado demasiado.

  1. Barnes, J.: Flaubert’s Parrot, Vintage, London, 2009, p. 74 (la traducción es nuestra, aunque hay edición española en Anagrama). [volver arriba]
  2. Íbid, p. 75. [volver arriba]