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La insoportable voracidad del lector

Por 7 de junio de 2010


El lector es una especie insaciable. No importa qué tipo de literatura frecuente: siempre querrá más. La curiosidad es algo positivo y, si nos ha gustado un libro, es absolutamente natural buscar otras obras del mismo autor. Las editoriales, conscientes de esta inclinación, suelen facilitarnos el trabajo publicando (en la medida posible) las obras completas de sus escritores.

La curiosidad tiene un límite claramente delimitado: el final de la bibliografía. Esto cambia en los casos de Isaac Asimov o Stephen King, cuyos límites se desconocen y probablemente no existan. Para todos los demás hay una serie de factores (de los que ya habló Miguel Angel hace poco) que impiden crear una obra infinita y que solo permiten dejar atrás un puñado de novelas, cuentos, artículos, poemas…Aunque el escritor desarrolle su obra hasta las últimas consecuencias, hasta su mismo lecho de muerte como si de Bukowski se tratara, el hecho de que es finita va innegable y dolorosamente ligado a la misma. La desgracia es aún mayor cuando resulta bruscamente cortada por la trágica muerte de su autor: en ese caso la sensación de orfandad de sus lectores se multiplica pues sienten que podría haber dado mucho más de sí.

(El eterno tema de Van Gogh y el reconocimiento a un artista durante su vida1 no lo voy a tratar por ahora, pero sin duda también está relacionado con esto.)

No sabremos, por ejemplo, cómo un viejo y decrépito Arturo Belano termina sus días o de qué habría sido capaz Perec de no haber fallecido con 46 años. Es precisamente esta imposibilidad de saber la que incita la curiosidad (aunque también la morbosidad) de los lectores. Ante tal demanda las editoriales responden publicando cualquier texto que venga firmado por un autor tocado por la fatalidad: novelas perdidas en cajones, borradores inacabados, aforismos, entrevistas, conferencias, ensayos, la lista de revistas a las que estaba suscrito y que le gustaba leer en el servicio…

La parte positiva de esta avalancha de textos es que, en ocasiones, nos permiten conocer los entresijos de la creación literaria de sus escritores. En otros casos no hacen más que empañar la buena memoria que de ellos se conserva: obras oscuras y que no mantienen el nivel de trabajos publicados y más elaborados.

La publicación de obras póstumas tiene además otra lectura: se posterga la aceptación de la muerte, de algún modo se mantiene la ilusión de que el autor sigue con vida. Afrontémoslo: Bolaño ha muerto, David Foster Wallace ha muerto, Larsson ha muerto (ATENCIÓN, en la lista anterior sobra un nombre, adivina cuál). Cuanto antes lo aceptemos antes dejaremos de necesitar cualquier nuevo texto de dudosa calidad que aparezca. El propio Bolaño lo dijo en alguna ocasión: «Aunque se acaben los libros no se termina de leer.»

  1. Aparece esporádicamente en la obra de Woody Allen, pero recomiendo en concreto la genial Bullets over Broadway en la que el tema es el centro de una de las primeras escenas: ‘No truly great artist has ever been appreciated in his lifetime.’ []