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El fin de la infancia

Por 23 de diciembre de 2012

«Son demasiado importantes para ser mentiras. Ficciones, quizás, pero más auténticas que la verdad.»1

Hay algunas pocas cosas con las que enseguida acaba teniendo uno montado el tinglado entero de la cultura: como saben bien los antropólogos, basta con algunas reglas —qué se come y qué no, con quién puede uno acostarse y con quién no, qué se hace con los muertos, dónde empieza y dónde acaba la casa, quién habla y quién escucha, y dónde— y poco más para tener una cultura, ese dispositivo pensado para ponerle barreras al tiempo, para levantar un muro de contención ante la naturaleza. Y quizás uno de los elementos más significativos en todas las culturas es el universo de operaciones y ritos relacionados con el tránsito de ser un proyecto de hombre a ser un hombre hecho y derecho, sustanciados en el concepto mismo de la mayoría de edad. La mayoría de edad supone casi siempre pasar por un proceso de doloroso trauma físico, un trauma cuya existencia se conoce, teme y desea durante la infancia, y cuya atroz realización se sabe puerta de entrada compartida a la comunidad de los adultos. Tatuajes, circuncisiones, escarificaciones, cicatrices, cortes, quemaduras y otras mutilaciones varias han marcado a los hombres desde que el mundo es mundo, y no sin motivo: solo a través de la marca distintiva que la cultura impone sobre la piel —la marca ha de poder sostenerse en el campo de la apariencia inmediata: aunque la marca suponga siempre un cambio interno, debe comenzar siempre siendo un cambio externo—, el niño deja de ser propiedad de su familia para ser parte de la comunidad, deja de ser un objeto privado para ser un sujeto público.

Con estas consideraciones en mente, cabe preguntarse la naturaleza de los ritos de paso a la mayoría de edad en el mundo contemporáneo. En otro tiempo reciente, estos ritos de paso tenían que ver con algunas vivencias personales relacionadas con la clase socioeconómica: ir a la universidad, encontrar un trabajo, hacer el servicio militar… Pero ahora que la vida de instituto viene a prolongarse hasta bien entrada la treintena —y no olvidemos que los treinta y tres años son una edad crucial, que marca la entrada no ya en el mundo de los adultos, sino en el de la madurez—, ¿cómo alcanzar la mayoría de edad? ¿Cuál es el criterio de lo adulto, toda vez que hemos dejado atrás las marcas visibles de la comunidad, o cuando la comunidad a la que nos adscribimos al dejar de ser niños es tan tenue como para no poder dejarnos marca alguna?

Si la Ilustración es, en palabras de Kant, el abandono por parte del hombre de una minoría de edad auto-culpable, puede ser identificada con una lucidez acerca del carácter ficticio de la ficción. Propio de la «minoría de edad» es, en efecto, confundir la ficción con la verdad (como hacen a menudo los niños) o con la falsedad (como hacen frecuentemente los adolescentes) y, en definitiva ignorar que la ficción es aquello que no puede ser verdadero ni falso, que no es susceptible de verificación ni de falsación.
(…) El sentido común que se atribuye a la condición de adulto no es «sentido de la realidad» sino en la medida en que es también «sentido de la ficción»: mayor de edad es quien distingue entre ficción y realidad, quien reconoce el valor de la ficción precisamente en cuanto ficción (ilustrado, decía Kant, es quien no teme a las sombras). Y, por el contrario, menor de edad (en sentido culpable) es quien se deja llevar por el prejuicio de que la ficción es algo «más verdadero que la verdad», es decir, más auténtico que la verdad por acuerdo obtenida en el espacio público o que el significado explícito de las palabras logrado del mismo modo2.

«Sentido de la ficción», es decir: la asunción de que las ficciones no son verdades, ni son mentiras. La asunción de que la ficción recibe su utilidad, su extrema y determinante importancia, del hecho de no ser nunca verdad, y de no ser nunca mentira. Aferrarse a la idea de que la literatura y sus ficciones han de entrañar alguna verdad, es seguir leyendo como niños. Decepcionarse con que la literatura nos engañe y nos presente solo mentiras, es seguir leyendo como adolescentes. El secreto de la mayoría de edad es interiorizar ese como si3 en el que consisten todas las ficciones, es la fuerza de voluntad necesaria para leer las ficciones de la literatura como si, puesto que —en realidad— no hay otra lectura posible. La mayoría de edad es, a fin de cuentas, reconocer el auténtico valor del subjuntivo: ser adultos entre nosotros no es mucho más que comprender con profundidad la diferencia entre los modos del verbo, las potencialidades de la palabra.

Como propina, escuchemos a Sherezade hablando con Dunyazade en la Quimera de John Barth: «’pequeña Doony’ me dijo, como en sueños, y me besó: ‘imagina que toda esta situación fuese la trama de una historia que estuviésemos leyendo, y que tú y yo y Papá y el Rey fuésemos personajes de ficción. En esta historia, Sherezade encuentra la manera de hacer cambiar al Rey de opinión sobre las mujeres y lo convierte en un marido amable y gentil. No es muy difícil imaginar esa historia, ¿verdad? Bueno, da igual cuál sea la manera que encuentre —tanto da que sea un hechizo mágico, una historia mágica con la respuesta en su interior o un lo que sea mágico—, al final son solo palabras en la historia que estamos leyendo, ¿no? Y esas palabras están hechas de letras de nuestro alfabeto: apenas un par de docenas de garabatos que podemos trazar con esta misma pluma. ¡Esa es la clave, Doony! ¡Y también el tesoro, si logramos atraparlo! ¿Es como sicomo si la llave del tesoro fuese el tesoro mismo!»4.

  1. Barth, J.: Chimera, Fawcett Crest, New York, 1972, pág. 61. La traducción es nuestra. [volver arriba]
  2. Pardo, J.L.: Políticas de la intimidad (Ensayo sobre la falta de excepciones), Madrid, Escolar y Mayo, 2012, pág. 61. [volver arriba]
  3. Y no se puede obviar la importancia que el como si tiene en la filosofía kantiana, aunque sería demasiado largo de explicar aquí. [volver arriba]
  4. Barth, J.: Chimera, Fawcett Crest, New York, 1972, pág. 15. La traducción es nuestra. [volver arriba]