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De la necesidad de la literatura

Por 25 de noviembre de 2012

Empecemos, de nuevo, con una cita —en este caso, quien habla es Luis Goytisolo (Diario de 360º, Siruela, 2010. Páginas 58-59)—:

«Si la creación literaria siempre ha sido cosa de pocos, la lectura de la obra literaria nunca ha sido cosa de muchos. El que la gente que realmente lee sea en la actualidad escasa comparada con la que se entrega a otras aficiones, no significa que su número sea proporcionalmente inferior al de otras épocas, cuando no existían ni la televisión ni el cine. El gran público siempre ha estado más familiarizado con otras artes (…). Pocos eran los lectores en épocas de las que hoy se tiene a suponer lo contrario, como el Renacimiento o el Siglo de las Luces. Y sin embargo esos pocos han sido suficientes no ya para salvar mil años de oscuridad, sino para transmitir el saber de los antiguos y generar, a su vez, nuevas formas de creación susceptibles de iluminar al ser humano acerca del significado de su propia existencia. Una tarea que brilla (…) tanto más cuanto el que lee lo hace también por el que no lee, que se beneficia, sin saberlo, de las lecturas del otro. El que se pregunta “¿de qué me sirve a mí esto?” para explicar su renuncia a conocer qué es la creación literaria, ignora que su vida no sería lo que es de no ser por las lecturas que otros han hecho».

Consideraciones encontradas con respecto a estas palabras de Goytisolo. Por un lado, es cierto el apunte final de que quien lee, lee siempre también por quien no lo hace: todo el resto de los muchos productos de entretenimiento, la masa toda de las demás formas artísticas, nacen siempre de creadores que apenas en rarísimas ocasiones no son también ellos mismos lectores. Desde ese punto de vista, está bastante claro que la tradición cultural puede pasarse con ese alto grado de desinterés por la tradición literaria: con que los pocos que crean sean, al mismo tiempo, parte de los pocos que leen, parece suficiente. Por otro lado, ese final no puede dejar de sonar a superioridad moral y, hasta cierto punto, a ese victimismo que parece querer decir que “ante la irresponsabilidad de las huestes iletradas, la heroica intervención de los santos de la lectura mantendrá con su esfuerzo viva la llama intelectual de la humanidad”.

De la misma manera, es verdad que, aun con el prodigioso logro de la disminución del analfabetismo que se alcanzó durante el siglo XX (fruto de los avances en el estado social del bienestar, con esos sueños suyos de educación universal y gratuita que ahora nos están arrebatando y tirando por el retrete), el porcentaje de no-lectores es siempre alto, en comparación con el de lectores; aunque habría, seguramente, que hacerle a Goytisolo una matización: Goytisolo habla de quienes “realmente leen”, como habla después de “conocer qué es la creación literaria”. Está claro que Goytisolo no piensa en esa gran masa del público consumidor de libros que está formada por gente que compra y lee best-sellers o literatura de sombrilla, sino que piensa en el público que atiende a lo que se suele llamar “alta literatura”. Y, de nuevo, nos encontramos con ese aire de superioridad moral: “ante la irresponsabilidad de quienes leen para evadirse o entretenerse, la heroica intervención de los que leen de verdad, de los que leen aquello-que-merece-ser-leído, mantendrá con su esfuerzo…”, etc.

Nos parece que esta superioridad moral descansa sobre la más que probable asunción de Goytisolo de que “la literatura es necesaria“. ¿Cómo discutirle a Goytisolo este punto? Desde luego, para él, como para nosotros, la literatura en sus diferentes formas es una necesidad insoslayable, algo sin lo que no podríamos pasarnos, o sin lo que pensamos que no merecería la pena pasarse.

Pero corremos el riesgo de tomar nuestra constitución por ley universal y obviamos un elemento fundamental, y es que esta peculiar naturaleza nuestra, de naturaleza no tiene nada: la literatura es un hábito adquirido y, como tal, siempre contingente, nunca natural, nunca necesario. La mejor prueba de esto es que, de hecho, hay una inmensa cantidad de gente que se las pasa sin literatura, y sin necesidad de ella.

La manera que Goytisolo tiene de circunvalar ese argumento en contra es una suerte de ampliación de su primera asunción: “la literatura es tan necesaria que, incluso los que creen no necesitarla viven también de ella”; y es verdad que esa pervivencia de la literatura en el medio cultural se da, pero habría que plantearse el experimento mental de ver cuánto y cómo afectaría su efectiva desaparición a quienes no leen.

El resultado de ese experimento mental, como todo subjuntivo que se precie, puede no aportarnos demasiado conocimiento, pero quizás deba enfrentarnos a un grado mayor de humildad.