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Algo parecido al amor

Por 9 de octubre de 2011

Con eso decía David Foster Wallace que, llegada al último termino, tenía que ver la labor del escritor. Concedido que es una metáfora algo trillada y un poco cursi, pero valga para decir que, si es cierto que esto del leer y el escribir tiene algo que ver, en última instancia, con el poder ser amado —y, también, por tanto, con el poder ser odiado—, entonces quizás, como dejamos caer en nuestra más reciente entrada, la crítica literaria, la buena crítica literaria, también tenga que ver con el encontrar la manera de hacer este amor comunicable a los demás.

Por supuesto, no es nuestra intención dictarle a la crítica, que se las sabe haber perfectamente con la literatura sin la necesidad de nuestro consejo, cómo tratar con sus objetos de estudio; tampoco pretendemos establecer una suerte de jerarquía entre las críticas mejores y las peores —aunque debe, sin duda alguna, haber alguna ordenación perfecta esperando a ser descubierta en ese terreno—: no somos en Dioptrías quiénes para hacerlo, y tanto menos en cuanto que en Dioptrías no se hace —y llevamos esta falta bien a gala— crítica literaria de ninguna clase. Comprendemos que hay un nivel en el que el análisis de lo literario debe ser precisamente esto, analítico: una sucesiva descomposición de lo dado en sus elementos ínfimos, y una catalogación precisa de esos elementos en función de toda una serie de criterios que saquen a relucir sus orígenes y funciones en el interior del texto. Este proceso, en el que esos criterios responden a la sociología, a la filología, a la estética, a la semiótica, a la ideología, a la historiografía, sin duda sirven para hacernos comprender el modo en que esas piezas se coordinan y subordinan en el texto. Nos encantan esos estudios y nos apasiona el camino de recomposición a que dan lugar. Ese trabajo de la crítica es insustituible y apasionante.

Pero queda aún otro aspecto de la crítica, un aspecto absolutamente extraacadémico en que el dictamen sobre la obra es irrelevante. En este campo delicado y trufado de falacias, de seducciones, de engaños bienintencionados y de trampas, tiene lugar algo análogo a ese discurso sibilino y cuidadosamente calculado de quien pretende acordar una cita a ciegas entre dos amigos: no se trata de presentarse directamente con un “tengo alguien para ti”, imponiéndose como un comandante celestino, sino de preparar el terreno poco a poco, hilvanando un tejido de sutiles referencias, de pequeños detalles intercalados en la conversación, de guiños mínimos que hagan que el engatusado nos pregunte explícitamente “¿quién es? Quiero conocerlo”. Ahí el daño está ya hecho.

Se trata, en definitiva, de conseguir que quien escucha perciba el amor en nuestra voz de manera suficientemente clara como para quedar él mismo también enamorado, si quiera in nuce. Este amor es el que hace nacer el impulso de llegar a una librería y sacar de los estantes todos esos libros amables de los que nos han hablado, y acercarnos a ellos con la guardia baja, dispuestos a regalar ese amor del que hablaba DFW y que tanto se parece al que refiere Platón en su Banquete.

Este ejercicio de la crítica literaria, que quizás debería llevar más bien el más honesto nombre de proxenetismo literario o —haciendo uso de una expresión que a los que aquí escribimos no podría dejar de parecernos sublime— literary pimping, es al que todos los que disfrutamos de leer y de escribir libros nos entregamos cuando hacemos lo único que nos gusta más que leer y escribir libros: hablar sobre libros.

En mi caso, cuando hablo sobre libros, lo único importante es hacer que los demás se enamoren de David Foster Wallace y odien a George Steiner, que anhelen pasar las tardes junto a Perec y huyan como de la peste de Pérez-Reverte, que deseen dejarse llevar por Borges y no lean a Isabel Allende ni con los ojos de otro. Porque también es la literatura un terreno de afinidades y apuestas, y eso lo entendieron bien quienes, como Vila-Matas y Bolaño, se dedicaron a hacernos amar y odiar en la distancia a autores de quienes no habíamos leído aún ni una palabra. Claro que, para contar convincentemente un amor y un odio así hay que ser un gran narrador, y por eso buena parte del mejor literary pimping viene siempre de otros escritores.

Aún otro buen motivo para amarlos.