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Ah, el lector

Por 2 de diciembre de 2012

Hablábamos hace una semana de cuánto importan o dejan de importar los libros, de cuánto importa o deja de importar la lectura, y quizás nos valga para contrapear la vehemente opinión de Goytisolo un ejemplo sacado de otro escritor de fuste como es Stanisław Lem, aunque primero hay que ponernos en antecedentes: esta cita la tomamos de la preciosa edición española de su Vacío perfecto1, que es una joya metaliteraria, muy en el espíritu de Borges, compuesta de breves relatos bajo la forma de reseñas de libros que no existen. Uno de esos fantasmales libros reseñados lleva por título Do yourself a book, y en su reseña se nos cuenta la historia de cómo la editorial Universal se dedicó a publicar cajas que contenían clásicos de la literatura troceados de manera que cada lector pudiese alterar a su gusto el orden de la novela, los personajes que intervienen en las escenas o los lugares en los que estas suceden, convirtiendo la experiencia de la lectura constructiva en una especie de juego que lo mismo familiariza al jugador con las reglas compositivas de la literatura como le permite un camino de autoconocimiento no muy diferente del tarot («Dime qué hiciste con Caperucita Roja y te diré quién eres»).

Por supuesto, los críticos vieron como efecto inevitable de esta libertad —no muy diferente de la que no tarda en llenar con imágenes de penes una pared alejada de la vista o el interior de un retrete público—, la imparable aparición de todo tipo de versiones sexualmente alteradas de clásicos como Crimen y castigo o Anna Karenina, y no tardaron en poner el grito en el cielo, imaginando con qué impunidad serían vejadas las grandes instituciones literarias de nuestro tiempo. El público, imaginaron los críticos, se abalanzaría sobre este «sadismo nuevo, entendido como agresión a los valores constantes de la cultura». Sin embargo, nos dice el reseñista2 que los Do yourself a book apenas se vendían. ¿Por qué? ¿Cómo es que el público no se lanzó en masa a participar en este acto de degradación que facilitan los libros constructibles?

Veamos su explicación, y conjuguémosla con lo que leíamos a Goytisolo decir en nuestra entrada anterior: según el reseñista, para los críticos y expertos literarios, los personajes de la literatura clásica

«son personajes bien conocidos, íntimos, incluso a veces más corpóreos que muchas relaciones de carne y hueso. Para el gran público son sonidos huecos, unos nombres que no designan a nadie. Por lo tanto [a los críticos], la unión de Svidrigailov con Natasha nos horrorizaría, mientras que al público le importaría lo mismo que la unión de Fulano con Mengana. Al no poseer para el público el valor de símbolos estables —tanto de la nobleza de sentimientos como de la maldad depravada—, esos personajes no incitaban a ningún juego, perverso o no. Eran, simplemente, del todo neutros. No interesaban a nadie. Los editores, a pesar de su cinismo, no se dieron cuenta de esa circunstancia, porque no calibraron correctamente la situación de la literatura en el mercado. Si alguien ve un valor enorme en un libro, el uso de este libro para restregarse en él los pies le parecera no solo un acto de vandalismo, sino una especie de Misa Negra (…).

Pero la indiferencia hacia esta clase de valores culturales ha ido en nuestro mundo mucho más allá de lo que imaginaban los promotores de la empresa. Nadie quería jugar a Do yourself a book, no porque se negara noblemente a depravar los tesoros de la literatura, sino porque no veía ninguna diferencia entre el libro de un escritorzuelo de cuarta fila y la épica obra de Tolstoi. Ambos le tenían totalmente sin cuidado. Aun si el público tuviera “ganas de pisotear”, desde su punto de vista “no había nada interesante que pisotear”»3.

Por supuesto, al darle forma a esta idea, tuvo en mente Lem publicaciones atrevidas como los Cent mille milliards de poèmes de Raymond Queneau (que precede en una década a Vacío perfecto), y no tardaron en aparecer en el mercado editorial propuestas que, hasta cierto punto, reflejaban parte de lo que Lem describe, como la serie de libros infantiles Elige tu propia aventura, de tan grato recuerdo para todos. Sin embargo, no ha sido hasta hace bien poco que ha aparecido una estela de libros que —no en la forma, pero sí en el fondo—, se han empleado en ejercer este efecto de necrofilia literaria4 con clásicos cuyos derechos han prescrito: libros como Pride and prejudice and zombies, Sense and sensibility and sea monsters o Android Karenina sí que hacen algo bastante semejante a lo descrito por el reseñista de Do yourself a book, es decir, rebajan textos canónicos mediante la institución gemela de la pornografía, que es el terror5. En cualquier caso, operan rebajando a género lo que, por su esencia, es supragenérico.

Pero, para sorpresa de Lem y a diferencia de lo que nos cuenta en Vacío perfecto, los libros parodia de Jane Austen o Tolstoi sí que venden. Quizá sea porque, contra lo que piensan su reseñista y Goytisolo, ni siquiera los lectores cultos están exentos del impulso desacralizador de la parodia y no se escandalizan ante Misas Negras.

O quizá sea porque, en el fondo, no existe tal cosa como el lector culto.

  1. Lem, S.: Vacío perfecto, Madrid, Impedimenta, 2008. [volver arriba]
  2. No nos atrevemos a escribir “nos dice Lem”, porque acaso haya entre el reseñista y Lem más distancia de la que podamos asumir sin crítica en el caso de hacerles uno. Una pista de ello es que la reseña que abre el volumen es precisamente la de un libro llamado Vacío perfecto, obra de Stanisław Lem, y no es especialmente favorable. Maravillas de lo metaliterario. [volver arriba]
  3. Lem, op. cit., pp. 147-148. [volver arriba]
  4. No pun intended. [volver arriba]
  5. Quizás —y ojalá— en otra ocasión o en otro lugar tengamos tiempo suficiente para entrar en mayor detalle en el por qué de esta pareja. [volver arriba]