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Vom lesen und schreiben (und lieben)

Por 10 de julio de 2011

Ya hemos hablado aquí en alguna ocasión de las diferentes maneras de leer, de los diferentes modos en que los lectores abordamos los textos. No nos atreveríamos a ordenar los diferentes modos de lectura en una jerarquía, pero en muchas ocasiones los tres que aquí escribimos nos sentimos tentados por un pensamiento: ¿y si <a href="esta forma nuestra de leer los textos no es en realidad sino una corrupción? ¿No nos parecemos en ocasiones a amantes fugaces y egotistas, que <a href="no encuentran placer en la lectura misma, en lo que el texto nos propone, sino que realmente solo buscamos el goce en el ejercicio voyeurístico y destripador de averiguar cómo el texto está construido? ¿Es eso realmente amar la lectura? Eso nos preguntamos y os preguntamos esta semana, y nos permitimos parafrasear a Nietzsche1 para hablar de leer, escribir y amar.

—Víctor Manuel Martínez:

Una de las peores consecuencias de conocer, o comenzar a conocer, los rudimentos de algo es la pérdida de cierta pasión inicial que nos servía de combustible para que el interés siguiera vivo; me pasa con la cocina, donde ya no veo comida deliciosa y que me encanta comer sino meticulosas combinaciones de ingredientes de las que quizá podría extraer algo para mejorar mis propios platos, y me pasa en la literatura, donde las aventuras e historias han dejado paso a la estructura, las metáforas, las referencias y alusiones, los artificios. Forma contra fondo, estilo contra argumento; inevitablemente he pasado a ver la literatura desde el lado del escritor.

Una de las primeras señales de que cambiaba de lado fue que, al buscar en librerías, ya no me fijaba en las portadas o en los géneros o en las sinopsis, sino en los autores, en las nacionalidades y en las editoriales. Me explico: a medida que lees, si lees bien (leer bien vs. lectura amateur, combate del siglo), unos libros te llevan a otros. Las referencias te llevan a buscar autores nuevos, no la publicidad; ciertos temas te llevan a buscar autores alemanes, argentinos, franceses; ciertas experiencias te llevan a buscar libros de unas editoriales concretas (hace poco, en un artículo sobre algunos nefastos traductores de Anagrama, el autor decía que había toda una generación que debía gran parte de su fondo cultural a la editorial de Jorge Herralde, y no andaba nada desencaminado). Vas a leer cualquier cosa de Nabokov o de Sebald o de Roth sin fijarte siquiera en el argumento, porque la experiencia de la lectura concreta de ese autor, el descubrimiento o redescubrimiento o simplemente sentir presentes las técnicas, trucos y trampas del autor es lo que acaba resultando interesante, y no tanto de qué trate el libro, qué romances se den en él, qué aventuras vivan sus personajes; comienzas a apreciar los temas y las reflexiones más que las peripecias.

No creo haber perdido la pasión por la lectura, cierta pasión primaria e inocente por dejarme fascinar y atrapar por un libro; no creo que eso sea posible, porque si algo tiene de bueno la literatura es que lo es todo. Cuando comienzas a leer desde la posición del escritor (los que hayan estudiado algo relacionado con el cine conocerán esa sensación de ver películas fijándose en la velocidad de los planos y contraplanos, la frecuencia de los planos secuencia y la plasticidad de los encuadres) se abre, de hecho, una nueva puerta: sabemos que está (casi) todo ya escrito, pero al mismo tiempo tenemos la esperanza, casi la certeza, de que podemos ser nosotros los que escribamos lo que todavía falta. Como mínimo, aquí estaremos para leerlo.

—Carlos Cerdeña:

Los gustos literarios, lo que nos atrae de la literatura, como todo en esta vida, son algo en constante evolución. No creo que la pérdida de un cierto interés por la trama en favor de una mayor atención en el engranaje sobre el que funciona nos convierta en peores lectores. Más bien al contrario. Víctor dibuja en su texto, creo que con bastante tino, un símil culinario. En mi cabeza también se forma una imagen al pensar en el tema propuesto, pero es un tanto diferente. Me recuerda a aquellas primeras tardes en la playa, siendo apenas un niño, acompañado por la familia; esas tardes en las que sólo te tienes que preocupar de pasártelo jodidamente bien, de hacer y destrozar castillos de arena o bañarte hasta la extenuación, sin que por tu cabeza pase por un momento tener que preparar antes los bocadillos o meter en el coche la toalla y la sombrilla. Luego te independizas y, aunque el momento central, la diversión, pueda permanecer intacto (yo creo que sí), no puedes seguir siendo tan descuidado con todo lo demás. Quizá por estar aquellos momentos inseparablemente unidos en mi memoria a las lecturas de entonces, identifico la diversión pura y sin distracciones de la playa con las novelas de Sherlock Holmes o de Hercules Poirot. Libros en los que la trama lo era todo, cuando leer para “ser otro” parecía cobrar su máximo significado. Como he dicho, luego los gustos evolucionan, y al releer aquellos libros eres Holmes y eres Poirot de nuevo, pero también eres Doyle y Christie.

—Miguel Ángel Serna:

Nunca he llorado leyendo un libro. Corrijo: nunca he llorado leyendo un libro por lo que le pase a ningún personaje. Los personajes (incluso aquellos que he llegado a conocer como la palma de mi mano, incluso aquellos que me han llegado a parecer de la familia), no me importan demasiado. No me importa mucho lo que sucede en un libro, no me importa que me cuenten el final, que me digan si muere fulanito, o si esta y aquél nunca terminan juntos. Sí que he llorado de emoción viendo el trabajo de algunos autores, viendo lo que su imaginación, lo que su fascinante capacidad creativa me estaba haciendo a mí. Recuerdo leer el final de Cien Años de Soledad y emocionarme por la perfección absoluta de su estructura. Recuerdo leer el final de En Busca del Tiempo Perdido y llorar porque nunca podría volver a leerlo por primera vez. Recuerdo leer Moby Dick y llorar de pura rabia, carcomido por la envidia.

No recuerdo casi el tiempo en que leía para saber qué sucede a continuación. Eso es algo que —paradójicamente— he dejado reservado para los ensayos, pero que ya nunca busco en la ficción. En los ensayos siempre me queda la curiosidad de saber qué pasará después, qué giro tendrá una determinada idea, cómo se engarzará una tesis con el conjunto general de la argumentación. Pero en la ficción voy a tiro hecho: abro un libro y comienzo a leer, buscando los ejes y las articulaciones del texto, buscando las horas de trabajo previo del novelista, persiguiendo los hilos con que está tejida la trama, buscando las pistas que sé que el autor ha tenido que ir dejando en los párrafos para que yo pueda reconstruir el camino inverso, el que va del texto acabado e impreso a las pilas de borradores y a la papelera llena de páginas que no valen.

Así que leo hasta llegar a ese punto en el que más o menos soy capaz de ver cómo está hecha la novela, cómo funciona, cómo se doble y cómo respira. Entonces, dejo el libro: ya he sacado de él lo que necesitaba. Esta manera de leer acaba provocando el abandono de muchos, muchos libros. No es que se dejen a medias porque no gusten o porque sean malos, sino porque uno ha dado de alguna manera con su clave, o con la clave que necesita para asimilarlos. He aprendido mucho, muchísimo, de libros que he abandonado a las treinta páginas, a las setenta páginas a las cien páginas. Sin embargo, he leído libros de cubierta a cubierta que no me han enseñado nada, quizás porque no había en ellos nada que aprender, quizás porque no supe encontrarlo.

El caso es que sigo sin tenerlo claro: no sé si esta es buena manera de leer, no sé si es así como se disfrutan realmente los libros. Creo que amo la narrativa con locura, pero cada vez con menos respeto, cada vez con menos exclusividad, cada vez con menos inocencia. Cada vez de manera más perversa, como si abriendo las novelas en canal, pesando sus órganos internos, separando el tejido muscular del hueso y autopsiando las narraciones, de alguna manera imposible, estas volviesen a la vida. Como si solo cuando están desmembradas en una mesa estuviesen vivas de verdad.

No sé si la ficción será capaz de amarme a mí después de que se lo diga.

  1. Gracias, Albiol [volver arriba]