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Textófilos y bibliómanos

Por 16 de enero de 2011

El siglo XX vio nacer, desarrollarse y perecer a todas las formas de archivo sonoro que la humanidad ha conocido1. De los cilindros de cera y derivados a los platos de pizarra, de vinilo, las cintas magnetofónicas, los compact discs y los archivos MP3. Con todo, los aficionados a la música se las han apañado para desarrollar sus modos de escucha, sus fetichismos y sus rituales particulares en función de los diferentes soportes, de modo que, incluso ante el panorama incesante de cambios en el terreno del formato, ciertas especificidades se mantienen y ciertos soportes son adorados como relucientes y paganísimos becerros de oro, resistentes al progreso y reducto inexpugnable de grupos de deliciosos y extravagantes fanáticos. Si esto sucede en un caso de tan extrema juventud como el de la música grabada, puede cada cual imaginar la resistencia numantina que un sistema de archivo textual como el libro, robustecido por el paso de dos milenios, puede llegar a ofrecer.

Las relaciones entre texto y libro son complejas: un libro es un soporte para un texto, pero no cabe duda de que un libro es más que un texto. El libro es la materialización tangible de un texto, más allá de su mera impresión en un soporte físico, porque el libro es el principio de individuación de un texto. Dos libros con el mismo texto no son el mismo libro dos veces, sino que son dos libros distintos. El libro es el medio por el que el texto deja de ser única y exclusivamente un discurso para convertirse en un personaje dentro de nuestras vidas. El libro es el medio por el que un texto es también una textura, una coloratura, un peso, un aroma, una resistencia táctil, una fuerza que se nos opone; mediante el libro el texto se convierte un objeto externo, extraño e inerte que debe ser apropiado, conquistado, con cuyo espesor tenemos que vérnoslas. La evanescencia ultraterrena del texto se contamina con la corporalidad triste y fragante de la madera, de la celulosa, la tinta, el hilo y el sudor de nuestras manos.

El libro, además, es el ámbito de la fijación del texto: el libro es esa herramienta extraña que permite, albergando en su interior siempre el mismo contenido, aplicar múltiples capas de sentido sobre el mundo, en función de las diversas interpretaciones que la fijación misma del texto habilita. Un texto siempre mudable no es interpretable: hace falta un sustrato inamovible que permita el cambio y la confrontación de las lecturas. Solo el libro puede ser adorado porque su contenido no cambia, y solo el libro puede hacer nacer la conciencia de la libertad individual de apropiárselo: así la disputa religiosa en el seno del cristianismo por la autoridad lectora de un libro. Pero también, muchos siglos antes, el descubrimiento que sacudió el mundo helénico: al comparar textos, al comparar libros, los lectores de las diferentes polis descubrieron que los mitos se contaban de distinta manera aquí y allá, y aprendieron que los dioses y los héroes se comportan de modo distinto en función de cuál sea el hogar de su mito.

Todas estas notas secundarias, todas estas apelaciones al fondo del paladar del lector, son en realidad consustanciales al modo de empleo de la lectura desde hace ya bastante tiempo. Sin duda desde la privatización de la lectura, y mucho más desde que la alfabetización social se ha situado en el centro de la conquista educacional. Desde luego, los nuevos soportes digitales son fabulosos archivos para textos, pero no parecen —desde luego no a corto o medio plazo— una amenaza real para el libro, como la comida en cápsulas para los cosmonautas no ha supuesto amenaza alguna para la comida puesta en un plato sobre una mesa.

Un escritor rara vez se sentirá feliz por haber terminado un texto, sino más bien por haber completado un libro, o un texto para un libro. El libro es siempre más que el texto y los aficionados a la lectura, por ese motivo, no son conocidos como logómanos o textófilos, sino como bibliómanos. La industria editorial hará siempre bien en recordarlo.

  1. Por supuesto, también la música es un archivo textual, pero evidentemente este formato imprime unas condiciones de acceso complejas: hay —como en cualquier texto— que aprender a leer. Sin embargo, el código de lectura de la música, como el de la lógica formal, al no ser una codificación de un lenguaje natural, opone una resistencia mayor que el de la media de las escrituras alfabéticas. []