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Los niveles del estilo: literatura y deporte con John McPhee

Por 22 de Abril de 2015

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En aquella época, cuando Dioptrías era todavía solo un blog, nos comportábamos como una muy voluble manada de lectores maníacos: cada pocos meses alguno aparecía y soltaba «Que dice Bolaño que este libro es una demencia», o «Mira, Vila Matas es muy fan de este tío», o «A Borges le chiflaba este libro», y entonces nos saltaban los resortes y nos poníamos a buscar como fuese libros de Rodolfo Wilcock y de Daniele del Giudice, o copias raras del Beowulf. Eran fiebres compartidas a las que yo personalmente les debo haber descubierto un montón de libros y autores sin los que no sabría ni dónde tengo la mano derecha.

Fue en una de esas fiebres compartidas cuando descubrimos a John McPhee. El autor febril en aquel momento era David Foster Wallace y, por lo visto, DFW sentía a su misma vez una admiración desmedida por McPhee, de quien decía que había escrito el mejor libro de tenis del mundo: Los niveles del juego. Teniendo en cuenta que esto lo decía alguien que había escrito Federer como experiencia religiosa y que por aquel entonces estábamos todos como locos con el tenis por culpa de La broma infinita, estaba claro que había que buscar aquel libro como fuese y leerlo a toda prisa.

Lo compramos y lo leímos y Wallace tenía toda la razón: Los niveles del juego era un libro prodigioso. Sí, era un libro sobre tenis (un magnífico libro sobre tenis), pero era también un montón de libros más: un libro sobre el movimiento por los derechos civiles, un libro sobre los años sesenta, un libro sobre política, un libro sobre racismo, un libro sobre la revolución.

Desde luego era a primera vista un libro sobre un partido de tenis entre dos hombres al mismo tiempo muy parecidos y muy, muy distintos: Clark Graebner era republicano, conservador, calculador, consistente, predecible y blanco; Arthur Ashe era demócrata, liberal, imaginativo, espontáneo, imprevisible y negro. Y, aunque ambos eran deportistas excepcionales y resultaba imposible decir cuál de los dos era técnicamente mejor, uno acabó siendo una leyenda del deporte y del otro ya casi nadie se acuerda. La diferencia no la marcaban solo la calidad y la destreza, sino su manera de ser, su estilo: es el estilo el que determina realmente los niveles del juego.

Como Los niveles del juego era un libro de estilo y sobre el estilo, era también un libro sobre el esfuerzo, sobre la inspiración, sobre la suerte, sobre buscar el límite, encontrarlo y dominarlo: McPhee estaba hablando nominalmente sobre el tenis, pero bajo esa capa deportiva se ocultaba también un libro sobre el oficio mismo de la escritura y de la literatura.

Decía McPhee en Los niveles del juego que «El estilo de un tenista nace de su naturaleza y de su historia, y sale a la luz a través de sus mecánicas motoras, concretándose en ciertos patrones de tiro y en ciertos perfiles de juego», y sus palabras no podían dejar de evocar las de Roland Barthes en El grado cero de la escritura: «La lengua está más acá de la Literatura. El estilo casi más allá: imágenes, elocución, léxico, nacen del cuerpo y del pasado del escritor y poco a poco se transforman en los automatismos de su arte». Aunque en campos distintos, el problema del estilo se resuelve en términos análogos, dejando a tenis y literatura como ejemplos de un mismo ejercicio de excelencia.

McPhee era un tipo listo que había sabido ver algo que después DFW había rescatado para La broma infinita: en el tenis, como en la literatura, el otro no es un oponente, sino un compañero de juego. El tenista que aguarda al otro lado de la red y el lector que espera al otro lado de la página son los aliados que nos empujan a arriesgar más y mejor y descubrir cuál es la medida auténtica de nuestro esfuerzo, del afán por dominar el límite: «El verdadero oponente, el límite envolvente, es uno mismo (…). El oponente que hay enfrente no es el enemigo, sino más bien un compañero de baile; es más bien una excusa o una ocasión para enfrentarse con uno mismo. La raíz de la infinita belleza del tenis es que es autocompetitivo: compites contra tus propios límites para superarte a ti mismo, tanto en imaginación como en ejecución. Desaparecer en el juego, atravesar límites, superar, mejorar: ganar».

Estas palabras de DFW en La broma infinita, absolutamente inspiradas por Los niveles del juego hasta el punto de resumirlo a la perfección, ilustran la lección que McPhee nos ofrece acerca del deporte, de la literatura y, también, de la vida, haciendo buena la frase del ilustrado conde de Buffon: «El estilo es el hombre mismo».

Los niveles del juego, de John McPhee, está a la venta en vuestras librerías de confianza y aquí en nuestra web. Esperamos que os guste tanto como a nosotros.