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Leer a medias

Por 6 de julio de 2010

El otro día, hablando un poco sobre todo con un amigo, estuve pensando un rato sobre el leer a medias: leer en diagonal (como en diagonal hablaba con mi amigo), hojear los libros con desidia cuando algún fragmento no nos atrapa, ir de libro en libro como quien va a solas de bar en bar buscando a alguien aunque ese alguien no acabe de aparecer nucna. Llegué a la conclusión, ese día, de que existían tres tipos de lectura no apasionada:

a) La lectura diagonal, el clásico, la lectura a medias canónica. Desligado de la trama por torpeza del autor o por descuido, el lector echa un ojo a las páginas, buscando los puntos clave para desentrañar el texto pero sin pararse demasiado a saborear su poesía. Importa el qué, no el cómo: si estamos ya un poco hartos del detective, con enterarnos de quién ha sido el asesino nos sirve, no queremos conocer los entresijos de la aventura.

b) Leer picoteando, el modelo que llevo poniendo en práctica desde hace unos años, el modelo desastroso. Cuando una novela pierde momentáneamente la capacidad de fascinarme, la magia, digamos, uno visita su biblioteca en busca de otro libro para suplir el bajón, y lo empieza; sin embargo, el otro no se deja de lado, sino que se pone en stand by: cuando tengamos más ánimos seguiremos con él. Nos interesa saber quién es el asesino y qué hace el detective para descubrirlo, pero no tenemos paciencia suficiente para que nos cuenten toda la historia ahora mismo, puede esperar. No pasa demasiado tiempo hasta que se amontonan los libros en la mesita de noche, en el escritorio, en el suelo, y se van formando torres de libros empezados, hasta que nos ponemos serios y los acabamos todos sin irnos por las ramas.

c) Lectura sin piedad: cuando un libro no acaba de convencernos, o tiene altibajos, o sencillamente nos cansamos de él, lo devolvemos sin pensarlo dos veces a su sitio en la biblioteca. Tuvo su oportunidad y la desaprovechó. Mejor suerte la próxima vez. ¿El detective? ¿El asesino? Bueno, si fuera importante no me habrían invitado a dormirme cada dos páginas, piensa este tipo de lector.

Generalmente, leer todo el contenido sin perderse ni una letra, ni una coma, es habitual cuando todavía no nos tuteamos con la lectura; cuando la toreamos con miedo, sin soltura. Es común, a medida que vamos dejando de darle tanta importancia al hecho mismo de leer y pasamos a apreciar más el tiempo limitado que tenemos para dedicar a la lectura, perderle un poco el respeto a la letra impresa, al esfuerzo del autor, que tan miserablemente ha puesto todas las letras una detrás de otra, y leer en diagonal, o leer mientras pensamos en nuestras cosas, o directamente no leer y pasar a otro asunto. El problema viene cuando los propios autores escriben en diagonal, plagando sus textos de pasajes infumables y páginas aburridas. No sabemos si fue primero el lector descuidado o el escritor despistado, o lo que es lo mismo: no sabemos si fue antes el huevo o la gallina. Incluía Daniel Pennac en Como una novela los diez derechos del lector, que empezaban así:

1. El derecho a no leer
2. El derecho a saltarnos las páginas
3. El derecho a no terminar un libro

Porque la lectura, en cualquier caso, debe ser un acto voluntario. Para forzar al lector (seguramente diagonal) de este texto a llevar a cabo, como ejercicio psicológico, estos tres derechos fundamentales de Pennac, traemos a colación el décimo y último derecho de su lista, no sin antes animar a los lectores a —como, por otro lado, recomendamos siempre— no seguir nuestro ejemplo y comentar todo lo que les sea grato. Termina la lista con:

10. El derecho a callarnos.