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La influencia de las angustias

Por 24 de junio de 2010

Si hace bien poco hablábamos por aquí del excéntrico Leopold Bloom, hoy vamos a hablar del anglocéntrico Harold Bloom. Bloom, crítico sagaz pero algo sesgado —profundo su resentimiento contra críticos marxistas, estructuralistas, de género y multiculturalistas—, acuñó el concepto de la «angustia de la influencia» allá por los primeros años setenta para desarrollar una teoría de la poesía. En un libro de longevo éxito y que conoció una segunda edición revisada en 1997 (que puede encontrarse en Trotta), Bloom da toda clase de ejemplos para explicar cómo las influencias literarias funcionan, cuando menos, en un doble sentido sobre los autores. Por un lado, los escritores asumen como propio el marco poético que heredan de la tradición y de ciertos autores, y lo hacen crecer con sus aportaciones; por otro lado, la influencia de los maestros genera cierto estrés literario, puesto que es difícil medir cuánto puede uno adherirse a ese marco, cuánto puede la propia obra recibir de ese legado sin llegar a considerarse como una mera copia. Así, los que Bloom llama los «poetas fuertes» son aquellos capaces de reinterpretar lo que la tradición les deja en herencia y de producir, sin embargo, una obra suficientemente consistente por sí misma como para ampliar el marco poético en el que se insertan. Así, la literatura es un campo de fuerzas de atracción y repulsión, de reinterpretaciones y malinterpretaciones de unos autores por otros, un terreno de disputa en el que tendremos líderes y meros seguidores.

De esta idea central a las dos líneas de fuerza de la crítica de Bloom hay sólo un paso. La primera de estas líneas viene recogida explícitamente en el título de la que seguramente es la obra más famosa de Bloom fura del ámbito estrictamente académico, El Canon Occidental. En él se afirma que hay una colección de autores centrales en la tradición, entre los que se juega el grueso del tesoro literario universal y esta colección viene encabezada por la terna de lujo (Dante, Cervantes y, por encima de todo el panteón literario, Shakespeare). Este punto de partida de la literatura moderna encaja con lo que Bloom llama «edad aristocrática» en una periodización de la historia de la literatura que va desde la teocracia de los textos fundacionales de occidente hasta el caos globalizado del siglo XX, pasando también por una edad democrática en la que hasta mujeres hay en el canon.

Según el paradigma descrito en La Ansiedad de la Influencia, estos autores conforman un polo de atracción y, al mismo tiempo, un proceso de depuración inversa o, si se prefiere, de diseminación histórica: tenemos un edificio literario en el que el pyramidion está constituido por este trío lalalá de la literatura inmediatamente postmedieval —adecuadamente acompañado del mortero de Chaucer, Montaigne y Milton—, sobre cuyas cabezas está el firmamento mítico de los autores de la antigüedad clásica. (Ni qué decir tiene que el mayor de esos autores míticos del pasado no es otro que el mismísimo Dios Todopoderoso de la tradición judeocristiana, encarnada su obra literaria en la Biblia —aunque Bloom tenga la manía de asegurar que la Biblia tuvo que ser escrita por meros mortales, claro—). Bajo los pies del selecto núcleo de escritores fuertes de la época aristocrática nos encontramos con escalones de creciente perímetro, puesto que el ejercicio de la literatura se va democratizando y cada vez hay más autores, y de más variada procedencia. Y, como esos malditos degenerados que confunden libertad con libertinaje, llegamos al caos de la época actual, en la que gentes de todo el mundo, de todas las razas y de todas las condiciones no hacen sino escribir y heredar las poéticas que el canon y sus integrantes han ido elaborando. A uno le da siempre la sensación de que Bloom casi piensa que el talento literario es una constante histórica y, conforme aumenta el número de autores sobre el planeta, menor es la cantidad de talento a la que toca cada uno.

Esto casi concuerda con la segunda línea de fuerza de la crítica de Bloom, que es la muy hegeliana noción de que (como dice en su prefacio a La Ansiedad de la Influencia) «la historia poética es indistinguible de la influencia poética». Enunciada así, desde luego, la idea es perfectamente sensata, pero Bloom la desarrolla hasta el punto en que parece que hubiese una suerte de espíritu absoluto poético que se fuese encarnando sobre la tierra en un proceso histórico paradójico. Digo paradójico porque parece que ese condensado de espíritu poético estaba ya al inicio en forma nebulosa en la etapa teocrática de la literatura, se hizo hombre en Shakespeare y sus adláteres aristocráticos y luego se fue dispersando en el resto de los autores canónicos posteriores hasta demostrar su infinita potencia mediante su capacidad de alentar la energía poética de toda la humanidad incluso en el escenario adverso de haberse visto multisegmentado y dividido entre toda la plétora de escritores de la edad caótica. Pero, sirviéndose de esta hegeliana astucia del genio poético, la poesía se ha ido conformando como una sola entidad, una columna vertebral sólida y referencial para la humanidad. Hay una poesía verdadera, conformada por este hilo de influencias canónicas. Reminiscente de la noción popperiana de verdad como proceso inacabable de búsqueda (pero infinitamente menos exacta y menos acertada), la concepción de Bloom acerca de la poesía es también una especie de búsqueda sin término de algo que ya estaba ahí desde el principio.

Aún con la certeza de que esta caracterización de las posturas de Bloom es un tanto reduccionista, puesto que —principalmente con el bienestar de los pocos lectores de Dioptrías en mente— paso por alto matices y explicaciones detalladas de su obra (La Ansiedad de la Influencia no es precisamente un libro sencillo), no la creo exenta de cierta verdad de fondo. Hay un eco de misticismo, de teodicea, de revelación divina, de aire teológico, de elitismo, en lo que Bloom dice. No seré yo quien discuta que el arte es una disciplina elitista en todas sus facetas, pero creo que se tratan de élites diferentes la que el arte ejecuta y la que Bloom tiene en mente. Principalmente porque Bloom pone en relación historia y literatura en términos de un progreso-regreso casi absoluto y, con ello, tiene que asumir todas las contingencias de la historia como necesidades poéticas. Bloom no puede pretender arrogarse las bondades totalizadoras del espíritu hegeliano de la historia sin heredar él mismo también sus cláusulas menos atractivas.

De todos modos, es cierto que eso que Bloom llamó la angustia de la influencia es una realidad para los escritores. De lo que restan dudas es de que funcione tal y como Bloom lo describe. Es más probable pensar en algo de lo que dos autores como Borges y Perec son clarísimos ejemplos: los escritores elaboran un marco referencial mediante su asimilación de una tradición que es multifactorial (su idioma materno, todas las lenguas adicionales en que sean competentes, sus lecturas y gustos peculiares, sus obsesiones personales, sus capacidades expresivas y las herencias de sus aspiraciones), y tienen siempre en mente este modelo. Sin embargo, son conscientes de sus limitaciones y saben que éstas les imponen dificultades que sólo su ingenio les permitirá superar de alguna manera. El resultado de esta mezcla entre deseos, limitaciones e ingenio acaba por conformar la peculiar poética de cada autor, la manera en que su estilo y su escritura son capaces de sobrevivir a las exigencias del propio autor con respecto a sus propias aspiraciones. Borges y Perec, cada uno a su manera, supieron reconocer no sólo sus limitaciones para intentar superarlas, sino también el valor intrínseco de la limitación como condición de posibilidad del triunfo.

Y triunfaron.