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La ficción es cosa de dos: una conversación con John D’Agata

Por 2 de octubre de 2014
Sobre una montaña - Levi

«Sobre una montaña» sale a la venta el 6 de octubre de 2014

 

Mientras estábamos preparando la traducción de Sobre una montaña tuve la suerte de poder entrevistar a su autor, John D’Agata. Es un hombre tímido que medita mucho sus respuestas y contesta siempre con una franqueza que, en ocasiones, puede jugar en su contra. La entrevista fue muy muy larga y me alegra decir que pude aprender mucho, no solo acerca de su trabajo y del libro que nos ocupaba, sino también acerca del oficio del ensayista y de cuán en serio uno ha de tomarse la postura desde la que lo aborda.

Durante las próximas semanas iremos publicando diferentes extractos de la entrevista, pero he querido comenzar por el final y publicar primero el último intercambio que nos cruzamos. Creo que, después de leerlo, será fácil comprender por qué John decidió pasar nueve años de su vida escribiendo Sobre una montaña, y también por qué yo decidí montar una editorial para publicarlo.

DIOPTRÍAS: Parte de lo que me ha llevado a ser editor —y ser editor, en mi caso, es tratar de responder a ciertas preguntas, aunque sea a través de los libros de otros— es intentar comprender algo que un profesor me dijo cuando estaba aún en la facultad. Aquel profesor decía que el sentido de la ficción es lo propio del adulto: lo propio de los niños es absorber las historias que se les cuentan y tomarlas como verdades, mientras que lo propio de los adolescentes es repensarlas, rebelarse ante ellas y denunciarlas como mentiras. Más allá de ambas actitudes reside la del adulto, que sabe que esas historias no son verdades ni mentiras, sino ficciones. Ser adulto es saber que las ficciones no son verdad ni mentira, pero también saber diferenciar qué ficciones nos hacen mejores y cuáles nos hacen peores. ¿Tú qué opinas? ¿Crees que hay ficciones mejores y peores en ese sentido?

JOHN D’AGATA: Creo que voy a tener que darte una respuesta un poco larga para poder contestar a esto. Como sabes, hay un chico que se quita la vida en Sobre una montaña: su nombre es Levi Presley. El motivo por el que comencé a escribir sobre él es porque, durante la época en que estuve investigando acerca de Yucca Mountain y Las Vegas, yo colaboraba con una línea de ayuda telefónica para suicidas, y durante un tiempo llegué a pensar que Levi había sido una de las personas a las que yo había atendido. Al final resultó que no, que él y yo nunca llegamos a hablar, pero antes de descubrir esto hice todo lo posible por saber cosas acerca de Levi, porque su muerte me había afectado mucho. Y, en el proceso de investigar su muerte —que como explico en el libro tuvo lugar lugar de manera muy pública un sábado noche en el Strip de Las Vegas— empecé a darme cuenta de que, por muy traumática y descorazonadora y llamativa que fuese su muerte, lanzarse desde la azotea del hotel más alto de la ciudad no era una muerte especialmente rara en Las Vegas. De hecho, otras dos personas más se suicidaron en la ciudad el mismo día que Levi. Y de hecho, con el tiempo llegué a enterarme de que Las Vegas es la ciudad con más suicidios de los Estados Unidos de América: en Las Vegas la gente se suicida casi a diario.

Pronto descubrí también que era precisamente la altísima tasa de suicidios de Las Vegas lo que hacía que nadie quisiese hablar acerca de la muerte de Levi: es un asunto incómodo de tratar en una ciudad que se vende a sí misma como un parque temático de atracciones para adultos. Pero, aunque me encontré con muchos obstáculos para investigarla, seguí preguntando e intentando comprender la muerte de aquel chico. Quería saber qué le había sucedido a Levi. Así que fui a entrevistarme con los policías que atendieron el lugar del suceso, fui a entrevistarme con el forense que determinó la causa de su muerte, fui a entrevistarme con algunos de los testigos que le vieron caer. Llegué incluso a contratar a un detective privado para que averiguase todo lo posible sobre Levi. Y, aunque todo aquello me hizo saber un montón de cosas nuevas acerca de aquel chico, acabé por darme cuenta de que no había tanto que saber: el «¿qué?» de Levi estaba ya decidido: Levi estaba muerto, se había suicidado. En eso estaba de acuerdo todo el mundo, igual que todo el mundo sabía que en Las Vegas se suicida más gente que en cualquier otro lugar de Estados Unidos.

Pero acerca del «¿por qué?», del motivo por el que Levi había decidido quitarse la vida… sobre eso no había acuerdo alguno. Por qué alguien puede llegar a suicidarse parece una de esas cosas casi imposibles de decidir. ¿Y por qué esto pasaba tanto en Las Vegas? Fui a entrevistar a un doctor que había recibido una sustanciosa cantidad de fondos estatales para investigar exactamente eso, pero me dijo que después de llevar a cabo numerosos estudios, no había sido capaz de llegar a ninguna conclusión definitiva. Fui a hablar con los padres de Levi, y me dijeron que no tenían ni idea de por qué lo había hecho. Me dediqué a observar con detenimiento los dibujos y pinturas que Levi había hecho en el instituto para intentar localizar en ellos algún indicio o algún anuncio que pudiese haber hecho presagiar su muerte. Llegué a consultar docenas y docenas de estudios que investigaban el suicidio desde las perspectivas más dispares: algunos decían que la gente con más empastes en sus dientes es más propensa a suicidarse, o que lo son quienes lucen ciertos tatuajes en ciertas zonas del cuerpo, o que lo es quien pertenece a un signo concreto del zodíaco, a un cierto origen étnico o tiene los ojos de determinado color, etc.

Lo que aprendí, en otras palabras, es que nadie tiene la respuesta a nada de esto, y cuanto más lejos llevaba mi investigación, menos conseguía entender por qué, y poco a poco fui hundiéndome más y más en la pregunta.

¿Cómo es que sucede esta cosa terrible, no ya solo a Levi, no ya solo en Las Vegas, sino en cualquier parte, a quien sea? ¿Por qué hay gente que se siente tan terriblemente mal que llega a no poder contemplar más salida que la muerte? ¿Por qué existe una tristeza así? En cuanto me vi preguntándome este tipo de cuestiones, me di cuenta de que estaba en un terreno completamente diferente al que esperaba: esas preguntas no iba a poder responderlas a base de apilar datos. A esto no se responde apuntando la fecha y la hora exactas de la muerte, o cuántos segundos tardó su cuerpo en llegar desde la azotea del casino a la acera. Y me di cuenta de que, aunque no pudiese contestar a estas preguntas de manera directa y precisa, lo que sí que podía hacer era tratar de hacer entender a quien me leyese por qué motivo esto había pasado en Las Vegas, así que decidí que lo que tenía que hacer era hacerle llegar a quien pudiese leerme una idea acerca del sentido de la ciudad, al menos del sentido que Las Vegas me ofrecía a mí: tenía que recrear una atmósfera en la que tuviese sentido que los suicidios se apilasen día tras día, y la única manera de hacer eso era describir lo que vivo cada vez que estoy en Las Vegas.

Voy a Las Vegas bastante a menudo, mi madre vive allí. Pero mi Las Vegas es y siempre ha sido también una Las Vegas triste, y para poder transcribir esa sensación en el texto traté de conformar el ambiente del libro usando los materiales típicos de la zona que con mayor claridad expresaban esa tristeza. Lo hice, por ejemplo, cuando reuní en la misma fecha la muerte de Levi y la votación en el senado sobre el proyecto Yucca Mountain. En realidad, ambos eventos tuvieron lugar con unos pocos días de separación, pero decidí presentarlos simultáneamente para que se cargasen con un mayor peso emocional.

Desde luego, mi vivencia de Las Vegas como un lugar triste diferirá de la experiencia que otros puedan tener de la ciudad: por eso es mi vivencia. Y, además, esa vivencia mía es por esencia algo inverificable: lo único que los lectores pueden hacer es confiar en que esa atmósfera emocional que he creado en el libro es una representación real de lo que siento.

Eso es lo que busco encontrar siempre que me acerco a una obra de arte, ya sea literaria, visual, cinematográfica o de cualquier otra especie: busco una representación auténtica de la experiencia que el artista ha tenido acerca del asunto que ha elegido tratar, y no un discurso que simplemente confirme mis pensamientos u opiniones acerca de ese asunto, ni tampoco una confirmación de lo que nuestra cultura o nuestra historia han determinado que aquello quiere decir. Si me involucro y me dejo llevar por una obra de arte que trata, por ejemplo, de Las Vegas, es porque quiero exponerme a la experiencia que el artista ha tenido de ese lugar.

Lo que quiero decir es que para hacer esto se requiere una cierta confianza, que es mutua: como escritor, debo confiar en que los lectores van a querer seguirme mientras transito por terrenos que no son objetivamente verificables, adentrándome en lugares a donde los meros hechos nunca podrán llegar. Los lectores, por su parte, deben depositar su confianza en mi capacidad para decidir, si es que tengo que alterar los hechos para crear una experiencia literaria más profunda, cuáles son los hechos que es importante alterar, y en qué grado hacerlo.

A modo de ejemplo: cuando Sobre una montaña apareció en Estados Unidos, el New York Times publicó una reseña en la que se afirmaba que, como yo había decidido unir la muerte de Levi y la votación del senado en la misma fecha, había perdido mi «autoridad moral» y, por lo tanto, no podía decirse que el libro fuese de fiar.

Resultó que en aquella misma semana recibí una carta de los padres de Levi, a quienes había yo enviado una copia del libro. No dejé que leyesen el libro mientras lo estaba escribiendo, pero sabían que lo iba a publicar porque durante ese tiempo habíamos llegado a intimar bastante. Aquella carta tenía un mensaje muy claro: «gracias». Me daban las gracias por haber escrito el libro, por haberlo hecho por Levi, por haber puesto el foco de atención en aquel asunto. «Gracias».

Aquello me quitó un gran peso de encima y al leer su agradecimiento dejó de importarme lo que dijesen en el New York Times acerca de mi autoridad moral, porque los padres de Levi no dudaban de ella: ellos me estaban dando las gracias por lo que había hecho, y me pareció que después de eso ya no me hacía falta demostrarle nada a nadie en ese aspecto.

Después de aquello vi que mi trabajo había sido escribir un libro emocionalmente impactante, y me di cuenta de que es cierto que hay una delgada línea roja que no debe cruzarse cuando uno escribe no-ficción, pero dónde queda esa línea es cosa que difiere de un libro a otro. Yo soy el que está sobre el terreno, investigando, tratándome con el material y convirtiéndolo en algo muy íntimo: ese conocimiento y ese trato son los que dictan dónde cae la línea en cada caso.

Durante los nueve años que pasé escribiendo Sobre una montaña, llegué a comprender dónde caía esa línea para los padres de Levi, y traté de honrar ese espacio y no traspasarla jamás. Como padres del protagonista de mi libro, ellos confiaron en que podría hacerlo. Como lectores, creo que deberíamos ser capaces de hacer eso mismo.

Sobre una montaña sale a la venta el 6 de octubre de 2014. Podéis encontrarlo en todas las librerías, o podéis comprarlo aquí mismo.