Inicio Archivos Temas Autores

“América” como victoria de la literatura

Por 11 de junio de 2010

Ésta es una historia fabulosa, tanto que siempre he querido escribir un relato sobre el tema: todo el mundo sabe que en 1492 —el 12 de octubre, si hay que creer las crónicas (y así debemos hacerlo)— Cristóbal Colón, marino de nacionalidad difusa, capitanea la flotilla europea que pone por vez primera pie en tierra de Indias. Se especifica “europea” porque parece que, como muy tarde en 1421, barcos chinos habían alcanzado ya la costa del Nuevo Mundo; pero ésa es otra historia. Colón, sufragado por la casi recién nacida corona española, explora tímidamente las nuevas tierras. Si era consciente desde el comienzo —quizás incluso desde su misma partida del puerto de Palos— de que aquello no era la India, o si la idea se le fue condensando a base de patear el territorio, es algo que no se sabe con certeza, aunque parece que aún a comienzos de 1497 Colón pensaba que era una zona desconocida de las tierras del este. En cualquier caso, no tarda mucho en colegir que el suelo bajo sus pies no es el destino esperado por Isabel y Fernando. La expedición regresará a tierras castellanas y el camino será reemprendido por el mismo Colón en sucesivas tandas de exploración y, también en gran medida, de conquista; primero en las islas y más tarde en el continente, no sólo Colón sino también otros capitanes tocan tierra en la Vera cruz, como la llaman los portugueses.

En sus estancias en el lugar, Colón escribe a sus pagadores largas cartas que describen con detalle la flora, la fauna y a los habitantes de estas tierras extrañas. Son cartas directas que tienen como fin subrayar la importancia económica e histórica del descubrimiento y convencer a los reyes de que su dinero no podría haber sido mejor gastado. La corte española dibuja en su mente una imagen de aquellas lejanas tierras. Colón no es un gran escritor, pero es un relato aceptablemente fiel de sus experiencias y de las cosas, sin duda fabulosas, que ha visto allí, con sus propios ojos. Las Indias Nuevas, como se las llega a conocer, guardan un pedazo de tierra para Colón, que es nombrado Virrey, Almirante y Gobernador de La Española. Colón fallece en 1506, no sin haber conocido sus últimos años todo tipo de altibajos y de reveses en su relación con los católicos reyes.

En 1507, apenas unos meses después de la muerte de Colón, aparece publicada en la abadía de Sant-Dié des Vosges la Cosmographie Introductio de Martin Waldseemüller. Se trata de la primera representación cartográfica de las tierras a las que Colón había arribado en 1492, y en ella, el continente aparece con el sorprendente nombre de América. ¿Por qué “América” y no “Colombia”, como hubiese sido lógico? ¿De dónde salía aquello de “América”?

Acompañando al cuidado retrato cartográfico de Waldseemüller, la Cosmographie Introductio incluía en su primera edición una justificación del uso de este nuevo nombre y la traducción al latín de un texto titulado Quatuor Navigationes, firmado por un tal Américo Vespucio. En la justificación del editor se hace referencia a la importancia y la relevancia del texto de Vespucio, explicándose así el porqué del nombre del nuevo continente. Sin embargo, no existen datos, aparte del mismo texto (unas cartas del propio Vespucio) que confirmen que Vespucio hubiese siquiera pisado aquellas costas. De haber viajado hasta allí, no hubiese sido como jefe de ninguna expedición y, en todo caso, habría sido después de Colón y también después del primer explorador que se plantó no en una isla sino en tierras continentales (Giovanni Caboto, bajo las órdenes de la corona de Inglaterra). Así que no había ninguna razón de prioridad para elegir a Vespucio, de quien ni siquiera se sabía a ciencia cierta que hubiese estado allende el mar.

La justificación de Waldseemüller es muy otra: no importa quién llegó primero, o quién fue consciente en primer lugar de que aquellas tierras eran un continente nuevo. Lo importante era quién había contado mejor la aventura. Mientras las cartas de Colón eran apenas un registro de lo que había encontrado, un documento de lo vivido expuesto para conocimiento de los reyes católicos, el texto de Vespucio es una pura fabulación dirigida al lector, con una estructura totalmente retórica en la que se van dejando caer pequeñas dosis de información que se va completando poco a poco en las páginas siguientes, lleno de exageraciones y de sensacionalismo acerca de las costumbres de los indios (canibalismo, sexualidad…) y de sus rasgos físicos, incluyendo mentiras flagrantes como que los nativos varones eran, de media, muchísimo más altos que los europeos. Vespucio no quiere contar lo que ha visto, sino cautivar la imaginación del lector. Y, desde luego, había cautivado la imaginación de Waldseemüller hasta el punto de que el cartógrafo consideró la aportación de Américo como más digna de homenaje y recuerdo que la de Colón.

Y, así, todos los atlas que después han venido, recogerían aquella lección que supuso el bautizo del nuevo mundo: si quieres narrar algo, más te vale inventar algo verosímil y contarlo eficazmente que contar la verdad desnuda tal cual se presenta. El poeta, como decía Pessoa, es un fingidor; esto que Colón ignoraba, Vespucio lo sabía perfectamente.

Yo supe de esta maravillosa historia por la lectura del fascinante libro de Tzvetan Todorov Las Morales de la Historia (Paidós, 1993), y desde entonces siempre quise escribirla, con toda la ironía, el sarcasmo y el humor que se merece. Pero hace no mucho descubrí que el estupendo Stefan Zweig (Américo Vespucio, bellísimamente editado por Capitán Swing Libros) se me adelantó, como suele suceder: una historia tan buena siempre tiene dueño.