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Que hoy Antonio Tabucchi se ha convertido en volátil. Recibe un abrazo, querido: gracias por ser mejor que todos nosotros.
Que hoy Antonio Tabucchi se ha convertido en volátil. Recibe un abrazo, querido: gracias por ser mejor que todos nosotros.

Ya hemos hablado aquí en alguna ocasión de las diferentes maneras de leer, de los diferentes modos en que los lectores abordamos los textos. No nos atreveríamos a ordenar los diferentes modos de lectura en una jerarquía, pero en muchas ocasiones los tres que aquí escribimos nos sentimos tentados por un pensamiento: ¿y si esta forma nuestra de leer los textos no es en realidad sino una corrupción? ¿No nos parecemos en ocasiones a amantes fugaces y egotistas, que no encuentran placer en la lectura misma, en lo que el texto nos propone, sino que realmente solo buscamos el goce en el ejercicio voyeurístico y destripador de averiguar cómo el texto está construido? ¿Es eso realmente amar la lectura? Eso nos preguntamos y os preguntamos esta semana, y nos permitimos parafrasear a Nietzsche1 para hablar de leer, escribir y amar. Leer más »
¿Acaso no os llega nuestro amor como una ola, amigos y amigas lectores de Dioptrías? ¿Nos os deseamos lo mejor y os cubrimos de parabienes en nuestras plegarias nocturnas? ¿No sois nuestros soles y estrellas? Pues precisamente por eso os vamos a recomendar la lectura de una página amiga, vecina y esporádica amante. Acaban de empezar, pero ya son allí más guapos, más altos y más listos que nosotros: se llaman Mamajuana y la suya es la revista cultural más estupenda de las que os podáis encontrar gratis por el mundo, así que echadle un ojo y decidles lo bien que les ha quedado todo. Podéis visitarles pinchando aquí.
Si les decís que vais de nuestra parte, igual os invitan a algo. Eso no lo sabemos seguro, pero por intentarlo, que no quede.
Hoy hace un año que nació Dioptrías.net. En este tiempo hemos tenido la fortuna de que un pequeño pero sabroso grupo de lectores, irreductibles como galos, nos hagáis el honor de visitarnos en nuestra excursión (casi) semanal por los terrenos de nuestras preocupaciones literarias.
Aquí se ha hablado sobre todo de qué es eso de leer y de escribir, y qué hacemos cuando leemos o escribimos; dos cosas que parecen engañosamente familiares y que, quizás por eso, no siempre recogen el interés de la reflexión. Hemos intentado plantearnos por qué hacemos como escritores y lectores las cosas que hacemos, qué relación extraña mantenemos con el lenguaje y sus códigos, cómo leer ha configurado nuestro mundo y cuáles son los términos de nuestro acuerdo mutuo cuando nos plantamos ante un texto literario.
En este nuestro primer cumpleaños queremos agradeceros vuestras lecturas, vuestros comentarios y vuestro apoyo. Los tres mariachis que hacemos esto os estamos en deuda y prometemos seguir dando la matraca con estos asuntos que nos traen de cabeza.
Recibid todos un abrazo y estad preparados, porque la semana que viene tendremos (si los elementos no se conjuran en nuestra contra) entrada colaborativa: “Cine y Literatura”. Esperamos vuestros comentarios como agüita de mayo.
Hasta entonces.
Cómo nos gusta cuando los escritores se ponen a parir los unos a los otros; este reducto de bronca barriobajera entre representantes de la cultura (sea lo que sea que tal cosa pueda querer decir) es cosa que nos alboroza, que nos alegra el día y llena de gozo morboso nuestro interés, habitualmente puro, por ese nebuloso constructo que se ha dado en llamar la república de las letras, que jamás ha estado más exenta de rincones oscuros y navajadas traperas que la república de andar por casa. Reyertas de este tipo las ha habido a miles (dentro de no mucho dedicaremos en Dioptrías una serie de posts a nuestras preferidas) pero hoy hemos querido centrarnos en la última y más reciente, que ha tenido como protagonistas a Javier Cercas y Arcadi Espada.
Aunque está claro que estos dos se la tienen jurada desde hace ya tiempo (especialmente por el lado de Espada, que es de poco aguantarse los berrinches), y que esta trifulca tiene mucho de vendetta personal y mala leche extraliteraria, es también verdad que la excusa para batirse el cobre ha tenido un pretexto y un subtexto que a la redacción de Dioptrías le ha parecido interesante: la discusión acerca del papel de la ficción en el marco del periodismo. ¿Hasta qué punto un periódico puede contener ficción? Esta es la pregunta que nos hemos planteado y para la que intentaremos ofrecer algunas respuestas con algo más de seso y algo menos de sangre de la que se estila en los dos periódicos mayores del reino, que vaya tela marinera hay que cortar a este respecto.
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Hace bien poco hablábamos aquí del lector medio y sus cosas y, comentando esta entrada, llegamos a un a pregunta que nos pareció muy interesante: ¿quién demonios es el protagonista en un libro y, más exactamente, en una novela? ¿Es el argumento, el lector, el personaje principal, el estilo, el autor? Así, nos propusimos poner en claro entre los tres dióptricos cuáles eran nuestras ideas al respecto y, de paso, trasladar la pregunta a aquellos (pocos, pero buenos y muy queridos) que nos leéis. A continuación tenéis nuestras tres respuestas, siempre provisionales, y en los comentarios esperamos leer las vuestras.
— Víctor Manuel Martínez:
No sabía ya por dónde empezar a escribir sobre quién es verdaderamente el protagonista de un libro cuando una persona muy cercana a mí, y que cuenta con una inteligencia práctica diez mil veces superior a la mía, me habló de una tienda cercana al lugar donde estábamos en ese momento; le pregunté si vendían libros y me dijo que vendían libros de fotografía, de los que a ella le gustan, aunque —se lo pensó mejor durante unos instantes— también vendían libros de palabras, de los que me gustan a mí. Libros de palabras: tan sencilla era la respuesta que estaba buscando.
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— Miguel Ángel Serna:
Casi dos años estuvimos yendo y viniendo juntos por todo Madrid, Leopold Bloom y yo. Él llevaba una patata en el bolsillo, en mi bolsillo yo le llevaba a él y Joyce nos llevaba a todos en el suyo. En aquel entonces yo admiraba más —era joven, señor juez— a Stephen Dedalus. Le había conocido un libro antes y su estoica renuncia a todo en favor de su propio estilo me parecía irreprochable y ejemplar, así que estaba más interesado en saber qué había sido de sus proyectos personales y literarios que en este tipejo aburrido que no hacía nada más que deambular por Dublín sin hacer nada, despertando las risas y las burlas de algunos, rehuyendo y tropezándose con el amante de su mujer, con el recuerdo de su hija y pensando nada más que en chorradas y en hacer de vientre.
Y, sin embargo, ahora ya no recuerdo nada de Dedalus, o nada que no tenga que ver con Bloom. Porque Bloom se va convirtiendo poco a poco en un punto hiperdenso que lo atrae todo hacia sí. De la misma manera en que Joyce usa la narración magnética para atraer los campos semánticos de sus palabras hacia ciertos focos, Bloom mismo es un polo magnético para todo el libro, todo lo toca, todo lo filtra y todo lo anima, incluso cuando no está presente. Sus estupideces se convierten en nuestras estupideces, sus nimiedades en las nuestras, sus temores en los propios, sus vergüenzas nos sonrojan también a todos los que nos vemos atraídos hacia su paseo interminable por el Dublín que pervivía en la memoria del Joyce exiliado.
Hoy 16 de junio —la misma fecha en que sucede toda la acción de la novela—, no es Stephen Dedalus el escritor el que tiene un día para conmemorar sus hazañas, ni tampoco es el escritor Joyce el recordado, sino Leopold Bloom: el pusilánime, agotado y perdido don nadie. El Bloomsday es un maravilloso día para visitar Dublín y recorrer sus calles y tabernas, para resucitar la comitiva fúnebre de Paddy Dignam, para hablar de Joyce, para seguir asombrándonos ante el Ulises y su inacabable profundidad y para vocear canciones sobre whisky, mujeres pelirrojas y días de lluvia; pero también un día perfecto para sentirnos don nadies pusilánimes, agotados y perdidos que, aún y así, son dignos de ser recordados.
Feliz en tu día, Leopold Bloom, y en el nuestro: el año que viene intentaremos ir a verte.
— Víctor Manuel Martínez:
El Ulises debería estar más en boca de todos que nunca, gracias a Enrique Vila-Matas y su Dublinesca, esa novela en la que un editor retirado logra engañar a unos cuantos amigos para ir a Dublín y asistir al Bloomsday, y de paso dar el salto inglés que tanta falta le hace, afrancesado él. Lo cierto es que el Ulises, la inmortal novela de James Joyce, ha estado desde el día de su publicación en boca de todos dentro de los innegables y tristes límites a los que está sometida la literatura en la sociedad. Desde Borges, que opinaba que era «un fracaso» porque «en el caso de un personaje, en un libro de Stevenson, por ejemplo, un hombre puede que sólo esté presente en una página, pero se siente que lo conoces o que hay más de él por conocer, pero en el caso de Ulises te cuentan miles de circunstancias sobre los personajes», «como si Joyce hubiera pasado por ellos con un microscopio o una lupa», hasta Marilyn Monroe, tan metida en el libro que aprovechaba hasta las pausas más breves en las sesiones de fotos para leer unos párrafos, Ulises ha sobrevolado el mundo de la literatura desde hace 90 años a todos los niveles: desde los escritores, que ven en él una cima, hasta los lectores, que no pueden evitar temer su lectura, todos tienen al Ulises en mente. Y si bien leer la novela de Joyce no es sencillo, ni rápido, ni un camino de rosas, es una experiencia que merece la pena; como un enigma, como un puzzle especialmente complicado, como una prueba de resistencia: todo eso es. Hay quien denosta el libro sólo porque no consiguen leerlo; lo hayas leído o no, nunca está de más saber que el 16 de junio en Dublín hay un rincón para todos los que quieran celebrar, entre alcohol y lluvia, que no somos nadie, y que por eso tenemos todo que ganar.
— Carlos Cerdeña:
Confieso que siento cierta predilección por las novelas breves, esos libritos maravillosos de unas doscientas páginas que te alegran una tarde. Sin embargo, soy consciente de que estas son poco más que ejercicios de estilo, distracciones, altos (muy necesarios, por otro lado) en el nada sencillo camino de la literatura que te permiten coger aire antes de arremeter contra una obra de titánicas proporciones. El Ulises de Joyce probablemente sea la más titánica de todas. Su necesidad es incuestionable y su mérito absoluto, tal como defendía Bolaño: «Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez.»
Feliz Bloomsday.