Es muy fácil, si lo intentas

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 19.06.2011, en la categoría Del leer y del escribir
19:

Explica Julien Gracq el auge de la crítica novelesca y su preponderancia sobre el resto de las formas de crítica literaria:

«El mecanismo novelesco es tan preciso y sutil como el mecanismo de un poema, pero en razón de las dimensiones de la obra, y a diferencia de un soneto, pongamos por caso, desanima a un trabajo crítico completo. Así pues, dado que la complejidad de un análisis verdadero excede las posibilidades del intelecto, la crítica de novelas solo trabaja sobre mecanismos intermedios o arbitrarios, grupos simplificadores muy vagos y tomados en masa: escenas o algunos capítulos, por ejemplo, en lugar de un análisis palabra a palabra, como el que es habitual en un crítico de poesía. Y sin embargo, si la novela vale la pena, su avatar transcurre línea a línea, y debería discutirse línea a línea. No hay más “detalles” en una novela que en cualquier otra obra de arte, aunque su masa así parezca sugerirlo, y también el prejuicio (muchas veces acertado) de que el novelista no ha podido controlarlo todo. Por eso los críticos que resumen, agrupan y simplifican, pierden todo derecho a ser tomados en serio y arruinan su crédito, en este género, y en todos los demás»1.

A lo que no añadiremos más.

  1. Gracq, J.: Leyendo escribiendo, Fuentetaja, Madrid, 2005. [volver arriba]

La textualidad como striptease

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 15.05.2011, en la categoría Del leer y del escribir, Literatura
15:

Así se titula la conferencia que Morris Zapp pronuncia casi al comienzo de El mundo es un pañuelo, la desternillante novela de David Lodge. La novela, que sigue las andanzas de un grupo de críticos literarios que coinciden en simposios, ciclos de conferencias y seminarios sobre literatura por universidades de medio mundo, está repleta de fecundas propuestas acerca de qué es leer, qué es escribir y qué hacen autores y escritores cuando, de esa manera casi mística que caracteriza su encuentro, se topan unos con otros en las páginas del libro. Por ejemplo, en el siguiente fragmento:

«Leer es, desde luego, diferente de conversar. Es más pasivo en el sentido de que no podemos interactuar con el texto, no podemos afectar al desarrollo del texto mediante nuestras propias palabras, toda vez que las palabras del texto ya vienen dadas. Tal vez sea esto lo que estimula la búsqueda de interpretación. Si las palabras quedan fijadas de una vez por todas, ¿no es posible fijar también su significado? Pues no, porque el mismo axioma —cada descodificación es otra codificación— se aplica a la crítica literaria de un modo todavía más drástico que al discurso hablado corriente, el ciclo interminable de codificación-descodificación-codificación puede concluir con una acción, como ocurre por ejemplo cuando digo: “La puerta está abierta” y alguien dice “¿Quiere indicar que le agradaría que que yo la cerrase?”, y yo digo: “Si no le importa” y ese alguien cierra la puerta, en cuyo caso podemos dar por sentado que, a un cierto nivel, mi significado ha sido comprendido.

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Y siempre me respondes…

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 24.04.2011, en la categoría Del leer y del escribir
24:

La semana pasada, al hilo de las desventuras de George R.R. Martin, acabamos discutiendo acerca de los problemas y las peculiaridades de la literatura de género. Nos planteamos la cuestión de si la literatura de género puede ser buena literatura y hasta qué punto los corsés del género limitan a estas obras y las circunscriben a un ámbito en el que sus logros y su calidad son solo relativas. En los comentarios de la entrada anterior acabamos planteándonos cuál es el papel que desempeñan en el género las convenciones y las directrices productivas que lo caracterizan, y nos dio a todos la impresión de que la literatura de género siempre tiene algo de literatura de manual, de equivalente literario del painting by numbers, y aquello no nos pareció a ninguno especialmente positivo, por el grado de restricción creativa que parece conllevar. Pero, como en este terreno de la literatura nada hay que no sea matizable, este domingo nos hemos decidido a plantear el asunto desde el lado contrario: ¿acaso no puede haber algo valioso en esa restricción compositiva?

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El deber de estar callados

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 16.04.2011, en la categoría Cosas que pasan, Del leer y del escribir
16:

En un reciente artículo publicado en el New Yorker, el público más amplio ha podido hacerse consciente del revuelo que envuelve la otrora tranquila vida de George R.R. Martin, el autor de la saga de libros A Song of Ice and Fire. Con una serie de la HBO basada en su obra a punto de estrenarse, Martin está en el peldaño inmediatamente anterior a convertirse en una auténtica celebridad, puesto que actualmente su figura ha sido venerada desde hace tiempo, pero solo en los círculos relativamente cerrados de los aficionados a la literatura fantástica.

El trabajo de Martin plantea algunas dudas, y en más de una ocasión me he visto preguntado por algún amigo: ¿realmente merece la pena que empiece a leerme estos mamotretos interminables de rollo medieval y fantástico? ¿No fue ya suficiente aburrirme soberanamente con El Señor de los Anillos? En esas ocasiones, la conversación siempre gira en torno a un tema realmente interesante, porque Martin es el mejor escritor de su clase, y su obra es de lejos lo mejor que ha dado su género, pero lo que la hace buena es lo mismo que la limita: es literatura de género y es lo mejor de entre su género; lo que deja en el aire la cuestión «¿puede ser la literatura de género buena literatura, o en el mismo momento en que se convierte en literatura realmente buena, necesita superar las barreras de su género y abandonarlo?».

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Con el tiempo, todas las cosas

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 03.04.2011, en la categoría Del leer y del escribir
03:

Discute Juan Benet en su El Ángel del Señor abandona a Tobías acerca del orden de prioridad lógica entre palabras y conceptos o, lo que viene a ser lo mismo, entre lenguaje y pensamiento. Tema escurridizo y de difícil arreglo, sin duda, un tema que escapa al ámbito de Dioptrías. Pero más allá de sus aportaciones concretas a la disputa, propias de un buen escritor, quizás menos ajustadas al criterio de un filósofo, llama la atención en primer lugar su análisis de la diferencia entre el enunciado lingüístico (escrito) y la imagen visual (pintada), a propósito del cuadro de Rembrandt del que el libro de Benet toma prestado el título.

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Y, sin haberlo deseado…

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 21.03.2011, en la categoría Cosas que pasan, Literatura
21:

Hoy, veintiuno de marzo, día mundial de la poesía y los poemas, la plana mayor de Dioptrías ha decidido hacerle a la poesía el mejor regalo de que es capaz: hoy no vamos a torturarla escribiendo ni un solo verso, que la pobre no tiene la culpa.

Otrosí —amantes de la poesía como somos—, quisiéramos hacer notar lo significativo de que haya que dedicarle un día de marzo para luego poder obviarla por todo lo alto el resto del año. Se dirá que somos unos plañideros, y quizás se diga con razón.

Y, al tercer día…

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 13.03.2011, en la categoría Del leer y del escribir
13:

En un fabuloso artículo de 19921, David Foster Wallace disecciona un libro de H.L. Hix acerca de este tema que tanto nos interesa en Dioptrías: la muerte del autor. Por aquí hemos sacado de paseo ya a gente como Foucault para denunciar el fetichismo del autor y de la autoría, pero ni tanto ni tan calvo (aunque Foucault fuese calvísimo): el fetichismo del autor es cosa molesta, pero desde luego que la pesadez de los que insisten en que el autor, como en la canción de Aute, “pasaba por aquí” y que está más muerto que vivo no es molestia menor.

En su artículo

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  1. Greatly exaggerated, publicado originalmente en la Harvard Book Review y disponible en A suposedly fun thing I’ll never do again, New York, Back Bay Books, 1997. Su título hace referencia a la afirmación de Mark Twain de que las noticias referentes a su muerte habían sido considerablemente exageradas, puesto que seguía vivito y coleando. [volver arriba]

Resistencia del lector

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 13.02.2011, en la categoría Del leer y del escribir
13:

Dice Juan Benet en un prólogo a sus cuentos que, en las páginas del volumen, «el lector que esté ajeno a las modernas teorías textuales y a las recientes elucubraciones acerca de la escritura —más bien de las escrituras— espero que podrá encontrar algo de lo que buenamente se espera de toda lectura; esto es, emociones. Porque el otro no, ya que, por lo general, las teorías textuales dejan una huella imperecedera y establecen, para siempre, la distancia insalvable que debe separar al científico del objeto de sus investigaciones. Hay que ser muy hombre, todo un hombre, para volver a recrearse ingenuamente con la lectura cuando se tiene en el haber propio una parte o la totalidad de una teoría textual. Con una parte ínfima basta; casi con un enunciado que, por lo demás, son raros. Porque, insisto, una lectura analítica de textos, de la mano de uno de los grandes maestros contemporáneos, imprime más carácter que el paso por la Legión». De nuevo, nos encontramos con este asunto del que solemos hablar aquí: cómo leemos los libros que otros señores y señoras escriben. Benet está preocupado porque una lectura excesivamente analítica de sus obras pueda eliminar el trabajo poético por el que tanto se ha esforzado. Sin embargo, las cosas como son, su escritura es lo suficientemente compleja como para necesitar una lectura poco inocente, así que Benet debía ser consciente de que a sus textos no se puede entrar de cualquier manera. Quizás le preocupaba, como a todo buen ilusionista, que la lectura analítica revelase sus hermosos y geniales trucos de mago.

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La ilusión del fin

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 06.02.2011, en la categoría Del leer y del escribir
06:

El respiro que nos tomamos la semana pasada para leer el último libro de Roberto Bolaño ha traído muchas cosas buenas. Para empezar, hemos leído el último libro de Roberto Bolaño (y lo hemos comentado en nuestro rincón dióptrico de aNobii), y eso es ya motivo de suficiente alegría. Pero además de eso, nos hemos reencontrado con una pregunta que ya nos asaltó al terminar la lectura de la obra magna de nuestro chileno miope favorito, 2666: ¿puede una obra inacabada estar, con todo, acabada? ¿Cómo se decide cuándo se ha terminado una historia? ¿Dónde se pone cabalmente el punto final?

En el reverso prolífico del miedo a la página en blanco está el miedo al punto final, la incapacidad para saber cuándo es ya suficiente. En una imagen potente que resulta difícil de olvidar, vemos que eso le sucede al protagonista de Wonderboys: Grady Tripp lleva años esquivando a su agente literario y a su editorial, que le agobian permanentemente con preguntas acerca de su nueva novela. Por supuesto, todos —incluidos el lector y el espectador— piensan que Tripp está holgazaneando, que quizás esté bloqueado por el éxito abrumador de su anterior trabajo, publicado ocho años antes. En la adaptación cinematográfica de la excelente novela de Michael Chabon, Tripp se sienta en su mesa tras una noche agitada y pone un folio en su máquina de escribir. «Mi historia había empezado como un relato corto, de unas doscientas o trescientas páginas», dice, y teclea en la esquina superior derecha el número de página que va a escribir: 261. Entonces («pero se había alargado considerablemente») mira la última página escrita para asegurarse y añade otro uno: 2611. Tripp no puede parar de escribir, y eso es tan peligroso como no ser capaz de comenzar. El problema es que no resulta fácil saber cuándo ha llegado el momento, porque los tiempos han cambiado y ahora el final y el punto final solo coinciden cuando a nadie le importa.

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El día del señor

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 30.01.2011, en la categoría Cosas que pasan
30:

Queridos lectores y amigos de Dioptrías, este domingo no habrá entrada en vuestra página amiga. La plantilla al completo está dedicada en cuerpo y alma a la lectura de Roberto Bolaño, ejercicio que recomendamos a todos sin excepción. Puede pensarse en este fenómeno como si fuese una fabulosa conjunción de planetas en la que estamos todos eclipsados bajo la sombra de un genio.

La semana que viene, empero, tendremos nuestro habitual texto dominical sobre libritos, escritorzuelos y lectorcillos.

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