05:
Henry Miller, mientras escribía Trópico de Cáncer, su primer libro publicado, preparó una lista de once mandamientos que debía seguir a rajatabla para que el proyecto llegara a buen puerto. Eran estos:
COMMANDMENTS
- Work on one thing at a time until finished.
- Start no more new books, add no more new material to “Black Spring.”
- Don’t be nervous. Work calmly, joyously, recklessly on whatever is in hand.
- Work according to Program and not according to mood. Stop at the appointed time!
- When you can’t create you can work.
- Cement a little every day, rather than add new fertilizers.
- Keep human! See people, go places, drink if you feel like it.
- Don’t be a draught-horse! Work with pleasure only.
- Discard the Program when you feel like it—but go back to it next day. Concentrate. Narrow down. Exclude.
- Forget the books you want to write. Think only of the book you are writing.
- Write first and always. Painting, music, friends, cinema, all these come afterwards.

22:

El 20 de noviembre de 2011 se emitió en Estados Unidos el sexto episodio de la vigésimo tercera temporada de Los Simpson, titulado The Book Job. Bien. Este episodio nos interesa especialmente aquí, en Dioptrías; veamos por qué después de una breve sinopsis.
Por pura casualidad, Lisa conoce a T. R. Francis, la autora de su saga favorita de young-adult fantasy books; las referencias son evidentes. A Lisa le extraña enormemente que la escritora esté trabajando en un espectáculo local, disfrazada de dinosaurio. Francis no tarda en sacar a la niña de su engaño: no existe ninguna T. R. Francis, ella es sólo una actriz a la que contrataron para sacarse la foto que aparece en el guardapolvo, y su franquicia de libros de fantasía para adolescentes está escrita, pensando ante todo en el dinero, por un equipo de recién licenciados en Literatura a las órdenes de esmerados departamentos de marketing que estudian concienzudamente las tendencias, los gustos y las aspiraciones de los lectores más jóvenes. Lisa, destrozada y desencantada, se lo cuenta a sus padres, mientras Homer va trazando en su mente un maquiavélico plan: capitaneará un grupo de cinco escritores y entre todos darán forma a una nueva saga de fantasía young-adult con la que conseguirán un contrato de publicación de un millón de dólares. Lisa, molesta por los planes de su padre por, evidentemente, ir en contra de la novela como visión artística personal e intransferible de su autor, decide escribir su propio libro para demostrar a Homer y sus compinches (Bart, Skinner, Patty, Moe y el adorable nerd Frink, a los que se une pronto Neil Gaiman; un cameo sensacional) que el arte, enfrentado con el marketing, siempre gana.
El episodio entero es fenomenal (está armado alrededor de una parodia a Ocean’s Eleven que identifica la escritura a múltiples manos siguiendo los dictados del mercado con el atraco a un casino; no faltan tampoco el buen puñado de referencias geniales que suele ser norma en Los Simpson), pero me interesa especialmente la parte en la que ambos equipos, el de Homer y sus farsantes y el one man army de Lisa, empeñada en devolver una honestidad que cree perdida en la literatura juvenil, trabajan en sus novelas. El equipo de Homer tiene una rutina de trabajo profesional: hacen reuniones, brainstormings, sesiones de redacción y corrección en las que todos releen lo que llevan hasta pulirlo. Lisa, por su parte, trabaja de una forma que más de uno (si sólo soy yo, felicidades: sois los mejores) reconocerá: se sienta al escritorio para escribir pero, después de teclear en el procesador de textos Chapter 1, se da cuenta de que le falta un hilo musical que facilite el trabajo; al echar un vistazo a su colección de CDs, se da cuenta de que Bach está al lado de Muddy Waters e identifica en esa falta de orden un problema para su escritura: no puede llevar a cabo una redacción ordenada si está rodeada de desorden. Después de ordenar los discos, se sienta de nuevo (Chapter 1, se puede leer) y decide marcar una partida a un juego de ordenador como punto de inflexión: después de echar la partidilla empiezo a escribir, se dice a ella misma. Luego se entretiene haciendo castillos con lápices; luego, mirando una mancha en el cristal, que cómicamente se afana en limpiar de mil y una formas mientras en su pantalla sigue viéndose, huérfano de texto, el título del primer capítulo. Cuando el equipo Homer ha terminado de escribir el primer volumen de su saga fantástica (titulada The Troll Twins of Underbridge Academy), Lisa sigue dándole vueltas a qué carajo escribir, y sobre qué.
Esto me ha recordado a algo que Stephen King (mencionado también, por cierto, en el episodio, en uno de los chistes más desternillantes) dice en Mientras escribo, un libro con el que mantengo una tensa relación de amor-odio. No puedo citarlo con exactitud, pero King venía a decir que es mejor no ser demasiado tiquismiquis con las condiciones en que se escribe, y que si la ceremonia previa a la escritura de 1.000 palabras es tan compleja que no puede ser replicada en una habitación de hotel, una caravana o el cuarto de las escobas de un colegio, difícilmente llegará el texto a buen puerto. Aunque no explícitamente, de este episodio se extraen conclusiones similares: mientras que Lisa necesita tener su templo de la literatura perfectamente preparado para acometer la escritura de su novela, Homer y sus amigotes lo hacen en la barra del bar de Moe, en un comedor, encima de una mesa de billar y donde haga falta. El objetivo es escribir.
Cualquiera que haya escrito o esté escribiendo una novela tendrá que estar de acuerdo con Lisa cuando esta, desesperada, se arrodilla ante su cama y grita: Writing is the hardest thing ever! Es tan difícil que no tiene sentido, al final, ponerse zancadillas a uno mismo haciendo que el miedo de no escribir en las condiciones adecuadas sea un bloqueo fatal. A la escritura, como al toro, no hay que tenerla miedo: hay que respetarla.
15:
Aunque es muy común referirse a la afición que tenía Sherlock Holmes, el archifamoso detective creador por Sir Arthur Conan Doyle, al consumo de drogas, lo cierto es que sólo en dos ocasiones vemos a Holmes tomando drogas: una vez en Escándalo en Bohemia, donde Watson habla de que el detective apenas sale de su piso en Baker Street, «enterrado entre viejos libros, y alternando de semana en semana entre la cocaína y la ambición, la somnolencia de la droga y la fiera energía de su entusiasta naturaleza»; y, un año antes que ésta, y mucho más interesante, en El signo de los cuatro, segunda novela de Holmes y uno de los libros con el mejor primer capítulo de la historia.
Leer más »
01:

Que Nabokov era un grande es algo que ya sabéis, o deberíais saber: lo dijimos hace bien poco. Lolita es su libro más famoso y duele que sólo se le recuerde por ella, siendo su obra completa una de las más interesantes y poderosas del siglo pasado. En Desesperación, escrita veinte años antes que Lolita, el protagonista habla la letra con la que ha manuscrito todas sus novelas. De paso, nos regala una frase absolutamente deliciosa en la que Nabokov reflexiona, él mismo, sobre la letra manuscrita misma.
Tengo, en cifras exactas, veinticinco clases de caligrafía, la mejor de las cuales (es decir, la que uso más a menudo) posee las características siguientes: es redonda y diminuta, con las curvas agradablemente rollizas, de manera que cada palabra parece un pastelillo de fantasía recién sacado del horno; también tengo una letra que es una cursiva rápida, afilada y maliciosa, el garabateo de un jorobado garboso, con sobreabundancia de abreviaturas; y una letra de suicida en la que cada letra es un dogal y cada coma un gatillo; y la que más valoro: grande, legible, firme y absolutamente impersonal; tal como escribiría la mano abstracta que sale del sobrehumano puño de camisa que solemos ver representado en los indicadores y en los libros de texto de física.
09:

Qué manía de buscar la verdad en los libros, qué manía. Recuerdo que en la universidad me decían que en los libros estaba la verdad, que buscara la verdad en los libros y no en Internet o en otro sitio; que consultara los libros para documentarme y no Wikipedia o cualquiera de las otras miles de millones de webs que nos hablan de tantos miles y millones de cosas en Internet. La fijación de la gente por la verdad de los libros vendió millones de enciclopedias, pero en Dioptrías tenemos otra manía: nos gustan los libros que no contienen la verdad, sino la mentira, y creemos que son estos libros llenos de mentira y falsedad los que más merecen la pena; creemos que es un enorme error buscar la verdad en los libros, teniendo tantos que cuentan mentiras y cuya lectura es mucho más provechosa que la de aquellos que cuentan, insensatos, la verdad.
Son muchos los escritores que han jugado con la mentira con resultados realmente positivos. Dos ejemplos podrían ser Juan Rodolfo Wilcock y sus radicales biografías ficticias o Enrique Vila-Matas, auténtico maestro de la invención y la farsa (tanto, que hay muchas voces que no dudan en decir que Antoni Casas Ros, ese misterioso escritor catalán de educación y tradición tan francesas —esa misma tradición francesa que Vila-Matas, curiosamente, quería quitarse en su última novela, Dublinesca— que tras un accidente de tráfico que le privó de esposa y de rostro, ese escritor horriblemente deforme que se dedica a estar solo y a escribir; ese escritor que, dicen muchas voces, es Enrique Vila-Matas jugando al seudónimo, aunque él ya se haya declarado inocente), tan bien conocido, Enrique, por sus desconcertantes citas. Más reciente es el caso de Rara Avis, el libro de Ignacio Caballero y Blanca Gago que explora la mentira como mecanismo narrativo: por sus páginas desfilan momentos desconocidos de escritores bien conocidos, momentos hasta ahora invisibles y que la Fundación Rara Avis se encarga de sacar a la luz.
Así, buscando verdad nos encontramos con Jean-Baptiste Botul, filósofo nacido y muerto en Lairière en 1896 y 1947, respectivamente, y autor de un libro fascinante llamado La vida sexual de Immanuel Kant. En él, Botul incide en la vida sexual de Kant como pieza clave para comprender su filosofía. Botul, de inmisericorde tradición oral, no dejó legado literario y sólo cuando su compatriota Frédéric Pagès lo rescata del olvido dando un empujón a la publicación de sus conferencias transcritas comienza a ser conocido. Esta vida sexual es una serie de conferencias que Botul pronunció en Nueva Königsberg, pueblo de Paraguay fundado por ciudadanos emigrados de la Königsberg natal de Kant y que siguen religiosamente el legado del filósofo; una conferencia sobre algo tan sucio como la vida sexual de un filósofo tan limpio, tan metódico y rutinario como Kant no pudo ser tomada, claro está, bien en esta Nueva Königsberg paraguaya.
Aquí es cuando entra en juego Bernard-Henri Lévy. El pensador, «a laughing stock», como dicen de él en el Times, fue uno de los insensatos que buscó la verdad en un libro. Así llegó a Botul, a quien citó en uno de sus libros para cargar contra Kant. Qué sorpresa la de Frédéric Pagès, imaginamos, al ver que su criatura, Botul, era tomada tan en serio; porque Jean-Baptiste Botul no es sino un personaje creado por Pagès, una farsa muy bien elaborada y tan apasionante y literaria como los neokantianos de esa Königsberg paraguaya, igualmente inexistente. Conocemos en Dioptrías a más de un profesor de universidad que está convencido de que Botul existe, y que seguramente piensen en hacer una visita a Nueva Königsberg si van de vacaciones a Paraguay. Mala idea haber buscado la verdad en los libros, mala manía, en lugar de en Internet (donde, por cierto, se deja bien claro —¡en Wikipedia!—, que Botul es un personaje de ficción); mala manía esta fijación obsesiva por la verdad de los libros, cuando lo mejor de ellos es su infinita capacidad para la mentira. En Dioptrías, al igual que el infatigable Fox Mulder, esperamos que la verdad esté ahí fuera, bien lejos de nuestros libros.
14:

Recordamos hoy una frase de Borges, ahora que la selección española ha ganado el Mundial, relacionada con el fútbol. No se le escapará a nadie que el escritor era un gran aficionado al ajedrez, del que dijo una vez que «nació, quizás, en la legendaria Atlántida, y muchas de sus piezas han ido cambiando de forma con el tiempo. Por ejemplo, el caballo era el caballero, y el alfil, que es una deformación de marfil, era un elefante». Termina Borges:
Es increíble cómo una cultura que se desarrollaba con juegos como el ajedrez, haya degenerado a juegos tan vulgares como el fútbol.
Cosas que pasan.
06:

El otro día, hablando un poco sobre todo con un amigo, estuve pensando un rato sobre el leer a medias: leer en diagonal (como en diagonal hablaba con mi amigo), hojear los libros con desidia cuando algún fragmento no nos atrapa, ir de libro en libro como quien va a solas de bar en bar buscando a alguien aunque ese alguien no acabe de aparecer nucna. Llegué a la conclusión, ese día, de que existían tres tipos de lectura no apasionada:
Leer más »
09:

1) «El asunto de las medias marcha bien. Tuve que largarlo a un químico haragán que tenía y hacerlo trabajar a otro inglés, con quien iré a medias.» Roberto Arlt intentó toda durante toda su vida hacerse rico con los inventos. En Los siete locos, Erdosain, el protagonista, fantasea con crear «puntillas de oro, visillos de plata, gasas de cobre, y hasta esbozó un proyecto de corbata metálica»; muy parecido a lo que el propio Arlt hizo con sus medias de goma, invento que movió por medio mundo sin demasiado éxito. «Te darás cuenta que sacándole el brillo a la goma (…) el asunto es perfecto. Tendrán que usar mis medias en invierno. No hay disyuntivas», decía él mismo en una carta a su hija; «parecen botas de bombero», opinó en cierta ocasión un amigo suyo. Murió en 1942, de un ataque al corazón; sus medias no tuvieron éxito.
2) Marcel Schwob vio su salud deteriorarse rápidamente a principios del siglo XX, y en 1901 viajó a Samoa en busca de una cura siguiendo los pasos de Stevenson, héroe y amigo. Al contrario de lo que ocurre en la literatura, Schwob no encontró ninguna cura y volvió a París peor de lo que estaba; llevaba diez años gravemente enfermo, prematuramente envejecido y angustiosamente desesperado. En 1905 murió, después de haber pasado sus últimos años encerrado; la pulmonía lo mató mientras su mujer, Marguerite Moreno, actriz y musa, estaba de gira. Paul Léautaud encontró su cuerpo. «Lo que se suele decir es cierto», dijo después, «parecía dormido.»
3) «Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche.» Los diez últimos años de su vida, Jorge Luis Borges se dedicó a recorrer el mundo con su asistenta (y posterior esposa) María Kodama. Borges vio mundo cuando ya su noche era completa, cuando no podía ver más que sombras de colores o cuando no podía ver nada; en 1986 fijó su residencia en Ginebra, se casó con María Kodama y, finalmente, murió, a mediados de junio. Vivía por aquel entonces en un apartamento de la ciudad vieja, uno de los pocos que tenían por aquel entonces ascensor, por lo cual Borges «se había mostrado muy ilusionado».
X) Borges, que veía en el estilo descuidado de Arlt «una especie de fuerza. De fuerza desagradable, desde luego, pero de fuerza», bebió de Schwob mucho; tanto, que su Historia universal de la infamia podría ser considerado una relectura, remake o revisión de las Vidas imaginarias de Schwob. Nosotros bebemos tanto de Borges, de Arlt y, en menor medida, de Schwob, somos tan dependientes, que nuestras obras tienen el peligro constante de pasar a la historia universal de lo infame. Correremos el riesgo.
04:
Si ves Mad Men, la serie sobre la publicidad a principios de los 60, esa es, de hecho, la forma en que la gente solía beber, y no sólo eran los periodistas los que bebían así. Todo el mundo bebía así.
Calvin Trillin, periodista.
28:
«Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada; Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara. Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel, había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.
Los de la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa. Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con voz alarmada:
—Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.»
