Escribir es lo más difícil del mundo

Publicado por Víctor Manuel Martínez el 22.01.2012, en la categoría Del leer y del escribir
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El 20 de noviembre de 2011 se emitió en Estados Unidos el sexto episodio de la vigésimo tercera temporada de Los Simpson, titulado The Book Job. Bien. Este episodio nos interesa especialmente aquí, en Dioptrías; veamos por qué después de una breve sinopsis.

Por pura casualidad, Lisa conoce a T. R. Francis, la autora de su saga favorita de young-adult fantasy books; las referencias son evidentes. A Lisa le extraña enormemente que la escritora esté trabajando en un espectáculo local, disfrazada de dinosaurio. Francis no tarda en sacar a la niña de su engaño: no existe ninguna T. R. Francis, ella es sólo una actriz a la que contrataron para sacarse la foto que aparece en el guardapolvo, y su franquicia de libros de fantasía para adolescentes está escrita, pensando ante todo en el dinero, por un equipo de recién licenciados en Literatura a las órdenes de esmerados departamentos de marketing que estudian concienzudamente las tendencias, los gustos y las aspiraciones de los lectores más jóvenes. Lisa, destrozada y desencantada, se lo cuenta a sus padres, mientras Homer va trazando en su mente un maquiavélico plan: capitaneará un grupo de cinco escritores y entre todos darán forma a una nueva saga de fantasía young-adult con la que conseguirán un contrato de publicación de un millón de dólares. Lisa, molesta por los planes de su padre por, evidentemente, ir en contra de la novela como visión artística personal e intransferible de su autor, decide escribir su propio libro para demostrar a Homer y sus compinches (Bart, Skinner, Patty, Moe y el adorable nerd Frink, a los que se une pronto Neil Gaiman; un cameo sensacional) que el arte, enfrentado con el marketing, siempre gana.

El episodio entero es fenomenal (está armado alrededor de una parodia a Ocean’s Eleven que identifica la escritura a múltiples manos siguiendo los dictados del mercado con el atraco a un casino; no faltan tampoco el buen puñado de referencias geniales que suele ser norma en Los Simpson), pero me interesa especialmente la parte en la que ambos equipos, el de Homer y sus farsantes y el one man army de Lisa, empeñada en devolver una honestidad que cree perdida en la literatura juvenil, trabajan en sus novelas. El equipo de Homer tiene una rutina de trabajo profesional: hacen reuniones, brainstormings, sesiones de redacción y corrección en las que todos releen lo que llevan hasta pulirlo. Lisa, por su parte, trabaja de una forma que más de uno (si sólo soy yo, felicidades: sois los mejores) reconocerá: se sienta al escritorio para escribir pero, después de teclear en el procesador de textos Chapter 1, se da cuenta de que le falta un hilo musical que facilite el trabajo; al echar un vistazo a su colección de CDs, se da cuenta de que Bach está al lado de Muddy Waters e identifica en esa falta de orden un problema para su escritura: no puede llevar a cabo una redacción ordenada si está rodeada de desorden. Después de ordenar los discos, se sienta de nuevo (Chapter 1, se puede leer) y decide marcar una partida a un juego de ordenador como punto de inflexión: después de echar la partidilla empiezo a escribir, se dice a ella misma. Luego se entretiene haciendo castillos con lápices; luego, mirando una mancha en el cristal, que cómicamente se afana en limpiar de mil y una formas mientras en su pantalla sigue viéndose, huérfano de texto, el título del primer capítulo. Cuando el equipo Homer ha terminado de escribir el primer volumen de su saga fantástica (titulada The Troll Twins of Underbridge Academy), Lisa sigue dándole vueltas a qué carajo escribir, y sobre qué.

Esto me ha recordado a algo que Stephen King (mencionado también, por cierto, en el episodio, en uno de los chistes más desternillantes) dice en Mientras escribo, un libro con el que mantengo una tensa relación de amor-odio. No puedo citarlo con exactitud, pero King venía a decir que es mejor no ser demasiado tiquismiquis con las condiciones en que se escribe, y que si la ceremonia previa a la escritura de 1.000 palabras es tan compleja que no puede ser replicada en una habitación de hotel, una caravana o el cuarto de las escobas de un colegio, difícilmente llegará el texto a buen puerto. Aunque no explícitamente, de este episodio se extraen conclusiones similares: mientras que Lisa necesita tener su templo de la literatura perfectamente preparado para acometer la escritura de su novela, Homer y sus amigotes lo hacen en la barra del bar de Moe, en un comedor, encima de una mesa de billar y donde haga falta. El objetivo es escribir.

Cualquiera que haya escrito o esté escribiendo una novela tendrá que estar de acuerdo con Lisa cuando esta, desesperada, se arrodilla ante su cama y grita: Writing is the hardest thing ever! Es tan difícil que no tiene sentido, al final, ponerse zancadillas a uno mismo haciendo que el miedo de no escribir en las condiciones adecuadas sea un bloqueo fatal. A la escritura, como al toro, no hay que tenerla miedo: hay que respetarla.

La breve y divina crítica literaria (III)

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 21.01.2012, en la categoría Del leer y del escribir, Literatura
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Excluiremos apenas las dos o tres ocurrencias del adjetivo “francés” en este delicioso texto de Julien Gracq1 sobre la pertinaz motivación de los autores consagrados —sea lo que fuere que quiera decir tal etiqueta—:

…porque al escritor le parece que él existe no tanto porque lo lean cuanto porque «hablen de él». Tiene que hostigar continuamente a la prensa, siempre dispuesta a amodorrarse (y no tanto a la crítica como a los ecos de sociedad, que son su suprema recompensa); hay que mantener las lenguas en vilo. Un ansioso, un jadeante «¡Aquí estoy! Que estoy aquí, que aquí sigo» es a veces lo más patético que expresan, para una mirada mínimamente avispada, las páginas de algún que otro novelista famoso, a las que, de repente, nos sentimos en disposición de desearles que la tierra les sea leve: no es nada grave, por lo demás, o, al menos, no es forzosamente, que no tenga ya nada que decirnos; pero es que es su libro anual, es que de lo que se trata es de echar las campanas al vuelo, de impedir que su presencia prescriba.

Que cada cual elija el ejemplo que más rabia le dé. Nosotros no podemos evitar pensar —actualidad obliga— en Luci y otros chicos del montón.

  1. Gracq, J.: La literatura como bluff, Barcelona, Nortesur, 2009, p. 33. [volver arriba]

Un pobre concepto de lo literario

Publicado por Carlos Cerdeña el 12.01.2012, en la categoría Cine, Literatura
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Hace ya algunos meses Roland Emmerich estrenó su última película, Anonymous, en la que exploraba la llamada teoría de la conspiración. En otras palabras, ¿y si William Shakespeare no escribió las obras que tradicionalmente se atribuyen a William Shakespeare? No tengo ningún problema con este punto de partida, una película de Hollywood no tiene la obligación de ser históricamente rigurosa: su único deber es ser divertida, alocada y altamente palomitera. Mi problema viene cuando Emmerich, como parte de la campaña de promoción, graba este vídeo en el que intenta hacer de su película algo que no es, y da diez argumentos para que los más incautos duden y acepten la propuesta de Anonymous como un misterio que tener en auténtica consideración. No. Mi argumento favorito es el tercero (no tengo intención de analizar el resto, pero si a los cuatro que nos seguís os apetece puedo escribir otra entrada): si William Shakespeare nació en una familia humilde, ¿por qué escribía sobre cortes y reyes?¿Cómo sabía tanto sobre las intrigas isabelinas y jacobinas?

Mi intención para la segunda parte de la entrada era dejar que otro contestase por mí. Pretendía pegar aquí un artículo de Simon Leys, pero debido a problemas logísticos (entre el libro y yo median ahora mismo unos 600 kilómetros) intentaré reproducir lo que recuerde de él. Olvidémonos por un momento de Shakespeare y pensemos en otro escritor: Patrick O’Brian. O’Brian escribió una serie de veinte novelas marítimas de gran éxito y que quizá conozcáis por la adaptación que Russel Crowe protagonizó hace unos años titulada Master & Commander. El autor inglés era reacio a dar entrevistas, arisco y poco dado a desvelar datos sobre su vida privada. Algunos años antes de su muerte, cuando ya era un venerable octogenario, O’Brian recibió una carta de uno de sus admiradores: era un magnate estadounidense que le invitaba a pasar un día con él en su yate. A pesar de su fama, y en contra de lo que el propio admirador esperaba, O’Brian aceptó la propuesta. La sorpresa fue total cuando, el autor de una aplaudida saga marítima de 20 entregas, demostró no tener en absoluto conocimientos náuticos. Cero. Ni siquiera era capaz de determinar en qué dirección soplaba el viento tras levantar su dedo humedecido. Más tarde se descubrió que Patrick O’Brian ni siquiera era su verdadero nombre: el autor había dejado atrás su familia y su identidad para dedicarse a escribir.

Ignoro si existe algún grupo de conspiranoicos que defienda la no autoría de Patrick O’Brian. En cualquier caso, dudar, ya sea de O’Brian o de Shakespeare, sólo demuestra una cosa: un pobre concepto de lo literario.

De balística

Publicado por Miguel Ángel Serna Martín el 10.01.2012, en la categoría Del leer y del escribir
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El quince de septiembre de mil novecientos doce anota Kafka en su diario:

El hueco que la obra genial ha dejado al quemar lo que nos rodea es un buen lugar para encender la pequeña luz propia. De ahí la incitación que parte de lo genial, la general incitación que no solo nos induce a imitar

y establece así la correcta cronología que convierte la influencia en creatividad. Del deseo de imitar a la conciencia de la distancia entre el modelo y la copia, de la asunción de los límites propios —porque hay quien, como Perec, necesita límites externos, pero la mayoría vamos sobrados con los límites propios— al trabajo que permite intentar superarlos y que constituye el auténtico mérito del escritor: tratar de incorporar las influencias sin dejarse aplastar por ellas, tratar de llegar tan alto como los grandes siendo pequeño, siendo muy pequeño. De nuevo, funciona la metáfora de la que habla Vila-Matas por la que el escritor, como el artillero, debe apuntar alto porque sabe que la física le hará siempre quedarse corto.

Pero cuidado: si uno apunta demasiado alto, el obús puede caerle a los pies.

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